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"La crisis del Estado benefactor y el crecimiento progresivo de la desigualdad"

El modelo de "Estado Benefactor" ha generado sociedades con alto nivel de igualdad social en Europa occidental, aunque no en todos los países con la misma eficiencia. 
Domingo, 04 de enero de 2026 01:09
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En su libro "Repensar la justicia social", François Dubet -probablemente uno de los sociólogos e intelectuales más lúcidos de este siglo-, plantea el tema de la igualdad social, analizándola desde dos de sus aristas: la "igualdad de posición" y la "igualdad de oportunidades"; dos conceptos distintos que llevan a filosofías opuestas y polarizadoras. En este libro, Dubet cita el trabajo de otros dos sociólogos franceses -Marie Duru-Bellat y Antoine Vérétout- quienes, basados en un estudio de varias sociedades, encontraron una fuerte correlación positiva entre lo que llaman un "Estado Benefactor" y el nivel de igualdad que alcanza una sociedad: "a mayor Estado Benefactor se obtiene una mayor igualdad".

Veamos. Si en el eje horizontal se pone como variable a ese "Estado Benefactor" -siendo 0 un Estado nada benefactor y 10 un Estado muy benefactor- y, en el eje vertical, se coloca el nivel de desigualdad de la sociedad -correspondiendo a 0 una sociedad muy igualitaria y a 10 una nada igualitaria-; se obtiene un gráfico que muestra esta correlación de una manera muy potente.

En este gráfico, en el más alto nivel de Estado Benefactor y de alta igualdad, aparece primero Dinamarca y, muy cerca, el resto de los países nórdicos socialdemócratas -Noruega, Finlandia y Suecia-. Pegados a ellos, los países europeos del capitalismo "renano": Bélgica, Alemania, Austria, Francia, Luxemburgo y Países Bajos. Hacia la mitad del eje horizontal pero bastante más arriba en el nivel de desigualdad aparecen países como Portugal, España, Polonia, Italia, Grecia e Irlanda; y en el cuadrante correspondiente al poco o nulo "Estado Benefactor" y a la alta desigualdad, aparecen dos países icónicos: Corea del Sur y, en el extremo opuesto a Dinamarca, Estados Unidos.

Es cierto que la variable "Estado Benefactor" es vaga y "elusiva"; algo que cuesta definir de manera taxativa. Pero dejando de lado la rigurosidad, se puede asumir -a los fines de este ejercicio- que hablamos de Estados ideales que vuelcan "políticas públicas reales y concretas" -en oposición a "políticas públicas falsas y declamativas"- en las sociedades objeto del estudio. Bajo esta premisa, Dinamarca sería un país por emular. Y Estados Unidos un país para evitar copiar.

Más allá de la fuerte correlación que el gráfico muestra a simple vista; las conclusiones de Dubet sobre la inequidad giran en torno a la falta de cohesión social y lo que él llama una "crisis de las solidaridades". Esto lo hace explícito en otro ensayo; "¿Por qué preferimos la desigualdad? (aunque digamos lo contrario)": "la intensificación de las desigualdades procede de una crisis de las solidaridades, entendidas como el apego a los lazos sociales que nos llevan a desear la igualdad de todos, incluida, muy en particular, la de aquellos a quienes no conocemos. ¿Qué podría hacer que nos sintiéramos lo bastante semejantes para querer realmente la igualdad social, y no sólo la igualdad abstracta? Si no se concede a los otros más que una igualdad de principio, nada impide tenerlos por responsables de las desigualdades socioeconómicas que los afectan".

Ambos libros me parecen esenciales como material para pensar y cuestionarnos las bases de nuestra vida en sociedad y de nuestra relación con los otros; en especial con aquellos que no conocemos -que ni siquiera nos resultan cercanos-, pero que pertenecen a nuestra comunidad. A nuestra sociedad.

¿Ineficiencia o corrupción?

Sin embargo, hay algo de sus explicaciones que no me convencen. La falta de cohesión social -y su derivada, la crisis de solidaridades de la que habla Dubet-, me parecen síntomas de sociedades en repliegue y en retirada; antes que la causa última de la desigualdad. Además, estos síntomas cargan "la culpa de la inequidad" en la sociedad. Más extraño; ninguno de los tres sociólogos explica por qué países con un mismo nivel de Estado Benefactor muestran niveles distintos de igualdad social. Por ejemplo, Noruega y España comparten un mismo nivel de "Estado Benefactor" pero, sin embargo, la desigualdad de España es casi tres veces mayor que la de Noruega. Lo mismo sucede entre Bélgica y Portugal. O entre Suiza e Italia. Se me ocurre pensar que hay otra variable que no están considerando.

Una hipótesis podría ser que la diferencia nace de la "ineficiencia" de cada Estado a la hora de volcar en la sociedad las políticas públicas y beneficios. Pero, una "ineficiencia" ¿puede provocar tanta diferencia? Me parece que no; que podría explicar variaciones pequeñas de desigualdad; no rangos del orden del doble, triple o más veces de variación. Pero ¿y si a esta "ineficiencia" no fuera inoperancia sino "corrupción sistémica y estructural"? España, Portugal e Italia son países más corruptos que Noruega, Bélgica y Suiza; lo que podría explicar la diferencia significativa en la desigualdad entre países con igual nivel de presencia de Estado Benefactor.

Pero la corrupción estructural está atada al fracaso de las instituciones; lo cual nos lleva a la tesis de Daron Acemoglu, Simon Johnson y James A. Robinson; - Premio Nobel de Economía en 2024-; quienes prueban cómo el funcionamiento virtuoso o defectuoso de las instituciones afecta a la prosperidad de las naciones. Y cómo las instituciones inclusivas (aquellas con Estado de derecho, derechos de propiedad, y participación ciudadana) fomentan el crecimiento; mientras que las extractivas -las que sólo benefician a una élite-, lo obstaculizan o lo frenan.

Élites depredadoras

Siguiendo esta línea de razonamiento, si tuviera que hacer dos extrapolaciones, y si tuviera que ubicar en el gráfico al gobierno kirchnerista; este sin duda quedaría a la altura de España o Portugal en el eje horizontal -o quizás, incluso bastante más hacia la derecha-; pero, mucho más arriba en la desigualdad. O sea, declamando la acción de un Estado presente y benefactor, una pequeña élite captura gran parte del ingreso nacional, mientras el resto se reparte lo que queda. A esto me refería con "políticas declamativas y falsas".

Es paradójico pero, si tuviera que ubicar al gobierno de Milei en el mismo gráfico, compartiría el diagnóstico: una pequeña parte de la población -otra élite; distinta de la anterior-, vuelve a capturar la mayor parte de la renta nacional mientras el resto se reparte las migajas; con la única distinción de que Milei busca tener un "Estado nada benefactor", aborrece el concepto de "justicia social", e, incluso, invoca la falacia de pretender no tener Estado alguno. Así, se ubicaría cerca de Corea del Sur o de Estados Unidos; el país a no copiar. En ambos casos, una élite pequeña y depredadora captura la mayor parte de la renta nacional y se la queda para sí misma; dejando poco para los demás; fomentando la desigualdad.

Durante el gobierno K, esa élite depredadora fue una cleptocracia extractiva. La representaban Néstor Kirchner y Cristina Elisabet Fernández de Kirchner; Julio De Vido y los infinitos adláteres, secretarios, cocineros, costureras, choferes, afortunados jubilados e inexplicables monotributistas que se hicieron de riquezas inconmensurables e injustificables. De la mano de una élite empresarial que es la que hoy desfila en el juicio a la corrupción más grande de la historia argentina: la causa "Cuadernos de las Coimas".

Ahora, con Milei, gana espacio otra élite; una "nueva burguesía". Igual de depredadora y también, igual de extractiva. Es que los cambios de regímenes depredatorios sólo implican colosales transferencias de dinero -y de poder- de unas élites a otras; mientras el resto de la gente la ve pasar y nada cambia para ellos.

Así, aparecen nombres y grupos económicos -harto conocidos- que se repiten en distintos negocios y rubros con pasmosa asiduidad. O una familia, benefactora histórica del Opus Dei -y mayor aportante de la Fundación Faro (el think-tank de Milei) además de mecenas de la ultraderecha en la Argentina-, que aparece como adquirente de grandes activos empresarios. O un ya viejo empresario tecnológico quien, reforma laboral mediante, podría comenzar a manejar colosales masas de dinero salariales a través de su billetera virtual. La concentración económica se acentúa. Y la falta de Estado y de instituciones fuertes -la misma de antes- es funcional a esta concentración; ahora tan liberalmente arrasadora como lo era la burda cleptocracia anterior. Las reformas (algunas necesarias; otras no) irán a acelerar, sostener y consolidar los mecanismos y el relato depredador.

Muchos aducen que los motivan razones distintas. No aprecio la distinción. Unos lo hacían (en forma de mentira) en nombre de la justicia social y de los derechos del trabajador; los de ahora lo hacen en nombre de la Libertad -una que nunca faltó-; e instalando la "falacia del falso dilema". Al final del día, ninguno de los dos modelos buscó antes ni buscan ahora desarrollar -de verdad y, en serio- al país. Es triste, pero, aun habiéndonos movido de un extremo al otro de ese "elusivo Estado Benefactor" la realidad es que ambos modelos nos condenaron -y nos seguirán condenando- a una inequidad -económica y social- estructural que deberíamos buscar evitar. Para pensar.

 

 

 

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