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Hay momentos especiales del año en que el mundo se detiene para hacer memoria de hechos cotidianos que nos duele: la violencia que atraviesa la vida de nuestra sociedad, nuestros cuerpos y marca nuestras historias. La violencia contra la mujer es una herida que insiste en permanecer abierta.
Nosotras cargamos sobre nuestros hombros nuestras propias historias, pero también las ajenas, siempre por silencios impuestos y luchas antiguas. Por eso hoy escribo desde ese lugar, desde una memoria colectiva que no quiere resignarse. Porque nombrar la violencia es el primer paso para desarmarla.
Erradicar la violencia empieza aquí, ahora, con nosotras.
Tener presente ese compromiso es una obligación que importa volver a poner en palabras una verdad que ninguna agenda estatal ha podido ni podrá resolver por sí sola. Porque la violencia contra las mujeres no se erradica únicamente con leyes o declaraciones de los organismos internacionales. Apenas eso constituye un avance, pero el cambio profundo nace en cada rincón de la provincia, en cada casa, en cada gesto cotidiano que educa - o que perpetúa - un modo de mirar a las mujeres.
Esto nos dice de la importancia de la cultura y la educación como fuerzas para modelar una nueva sociedad. Porque el carácter del niño se forma en el humilde banco de un aula. Sin embargo, más importante todavía es, en esta cruzada de formar ciudadanos menos violentos, "la mano que mece la cuna". Es lo que se aprende en la familia lo que marca el espíritu del futuro hombre. Es la valentía de cada mujer que se rehúsa a naturalizar lo que hiere. Es el ejemplo de no aceptar la violencia es la pedagogía silenciosa pero decisiva.
El futuro será sin violencia solamente si lo enseñamos hoy.
El desafío que tenemos las mujeres ante nosotros es imperativo, porque hoy más que nunca debemos redoblar el compromiso con quienes nos siguen, con nuestra descendencia. La tarea no es menor, se trata de desarmar el machismo que se filtra por las grietas de nuestras casas, en un lenguaje que la sociedad ha naturalizado con escenas que los chicos ven y absorben. No sólo en las casas sino en los contenidos de sus teléfonos, en la televisión, en los ejemplos subliminales que este mundo caótico nos propone. Por eso, repito, la tarea del hogar es urgente.
Creo que ese dolor que cargamos - esa mezcla de heridas físicas, silencios impuestos y lágrimas tantas que ya no se pueden contar - tiene que convertirse en una acción reparadora. En memoria de las que faltan, en honor a las que resisten, en nombre de las que vendrán.
Algunas se preguntarán ¿Y qué puede hacer Doña Rosa desde su casa? Mucho más de lo que imagina: enseñarles a sus hijos, a sus nietos, a sus hermanos que la violencia no es opción; que el respeto es el primer idioma; que nadie tiene derecho a lastimar a una mujer.
Así empieza el cambio: en la intimidad del hogar, donde se siembra lo que después florece - o se pudre - en la sociedad.