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"Las grandes obras las sueñan los sabios locos, las ejecutan los luchadores natos, las aprovechan los felices cuerdos y las critican los inútiles crónicos. ¿Y usted… dónde se anota?". La frase interpela, incomoda y obliga a tomar posición. No es una consigna ingenua ni una postal motivacional: es una pregunta política, social y profundamente educativa. En la Argentina de hoy, atravesada por crisis recurrentes, cambios tecnológicos vertiginosos y una discusión permanente sobre el sentido de la escuela, esa pregunta resuena con fuerza en las aulas, en los hogares y en los escritorios donde se toman decisiones.
La educación argentina parece debatirse, desde hace años, entre quienes la sueñan, quienes la sostienen con esfuerzo cotidiano, quienes la usan como trampolín personal y quienes la critican sin hacerse cargo de nada. Soñarla no es malo. Al contrario: toda transformación empieza por una idea que parece imposible. Docentes que imaginan escuelas más humanas, inclusivas y exigentes; estudiantes que sueñan con un futuro mejor; familias que esperan que la educación vuelva a ser sinónimo de ascenso social. Esos "sabios locos" existen y muchas veces son los más castigados por un sistema que no siempre tolera la creatividad ni el pensamiento crítico.
Luego están los luchadores natos. Son los docentes que, aun con salarios insuficientes, edificios deteriorados y programas que cambian sin evaluación real, siguen entrando al aula todos los días. Son directivos que gestionan más con ingenio que con recursos. Son equipos de orientación, preceptores y profesores que contienen, escuchan y enseñan en contextos cada vez más complejos. Ellos no escriben grandes discursos ni ocupan titulares, pero ejecutan la educación real, la que sucede entre pizarrones, cuadernos y miradas cansadas.
También existen los que aprovechan. No en un sentido negativo necesariamente, sino como quienes logran capitalizar lo que el sistema todavía ofrece. Estudiantes que, pese a las falencias, encuentran docentes inspiradores. Familias que acompañan y exigen. Instituciones que sostienen niveles de excelencia. Son los "felices cuerdos" que entienden que la educación no es perfecta, pero sigue siendo una herramienta poderosa si se la toma con compromiso.
El problema aparece con los críticos crónicos. Aquellos que reducen la discusión educativa a consignas vacías, estadísticas sin contexto o disputas ideológicas estériles. Se critica a la escuela, al docente, al estudiante, al sistema, pero rara vez se asume una responsabilidad concreta. Se opina mucho y se hace poco. Se exigen resultados sin invertir, se reclama calidad sin condiciones, se habla de futuro sin escuchar a quienes están en el presente del aula.
La educación argentina no necesita más diagnósticos catastrofistas ni reformas improvisadas. Necesita acuerdos básicos y sostenidos en el tiempo. Necesita volver a poner el foco en el aprendizaje real, en la formación docente continua, en la evaluación seria y en la cultura del esfuerzo, sin caer en nostalgias ni negar las nuevas realidades. Necesita tecnología, sí, pero con sentido pedagógico. Necesita inclusión, pero con exigencia. Necesita derechos, pero también responsabilidades.
La pregunta final de la imagen no es retórica: "¿Y usted… dónde se anota?". Se anota cada docente cuando prepara una clase mejor de lo que el contexto le permite. Se anota cada familia cuando acompaña el recorrido educativo de sus hijos. Se anota cada estudiante cuando entiende que aprender no es un trámite, sino una construcción personal. Y se anota, sobre todo, el Estado cuando decide que la educación no es un gasto, sino la inversión más estratégica que puede hacer un país. La Argentina tiene historia, talento y vocación educativa.
La verdadera discusión no es si el sistema está en crisis —porque lo está—, sino quiénes están dispuestos a dejar de criticar desde afuera y anotarse, de una vez, en la tarea colectiva de reconstruirlo.