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Revolución de la derecha en Latinoamérica

Domingo, 15 de febrero de 2026 01:01
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Costa Rica vivió una jornada electoral histórica. Laura Fernández, la candidata oficialista que hizo campaña prometiendo copiar el modelo de seguridad de Nayib Bukele, ganó la elección con el 48,3% de los votos. Álvaro Ramos -su oponente de centroizquierda- quedó 15 puntos detrás de ella.

Costa Rica - conocida como un paraíso turístico tan seguro que no necesitaba un ejército permanente - es hoy uno de los principales puntos de despacho de cocaína del mundo tras la consolidación del Cártel del Caribe Sur; una organización de narcotráfico de escala internacional. "El mandato que me dio el pueblo soberano es claro: el cambio será profundo e irreversible", dijo Fernández.

Este mensaje de "cambio profundo e irreversible" recorre toda Latinoamérica y el triunfo de Fernández confirma el giro a la derecha de la región tras las recientes victorias en Chile, Bolivia y Honduras; aumentando la incertidumbre sobre las elecciones en Brasil y Colombia, hoy gobernados por la izquierda.

Un cambio de signo

Durante gran parte del siglo XX, América Latina fue contada -y se contó a sí misma- como una región destinada a la Revolución; al mito del pueblo en marcha; a la épica de la insurgencia; de la redención social frente a la desigualdad. La historia latinoamericana parecía escrita con tinta roja: guerrillas, caudillos, discursos interminables, banderas contra el "imperio". El rostro más conocido de esa fantasía era Fidel Castro. Su figura -con su uniforme, el cigarro Cohiba y su verborragia torrencial- trascendió la isla para convertirse en un símbolo. No gobernaba Cuba: exportaba un imaginario. Tejía alianzas, inspiraba movimientos, construía un relato.

Pero la historia no es un mural fijo; al contrario, es un animal inquieto. Y si algo caracteriza a la modernidad es la constante reinvención y resignificación de símbolos.

Así, hoy, las dos figuras latinoamericanas con mayor proyección internacional -Javier Milei y Nayib Bukele- no vienen de la izquierda. No enarbolan consignas socialistas sino ideas de derecha. No hablan de emancipación colectiva sino de libertad individual. No hablan de justicia social sino de orden. No prometen igualdad sino disciplina fiscal. Buscan cambiar no sólo la política económica de sus países sino, también, cómo enfrentar al crimen organizado o cómo encaran las relaciones con Estados Unidos y China en toda la región.

Pero, el cambio de signo podría estar mostrando una mutación más profunda.

Un agotamiento social

América Latina está compuesta por naciones con historias y dinámicas políticas distintas pero que, sin embargo, en ciertos momentos de la historia, se han movido en sincronía: las dictaduras reaccionarias de las décadas de 1960 y 1970 tras la Revolución Cubana; la ola de redemocratización de los años 80; las reformas promercado del "consenso de Washington" en los años 90; la "marea rosa" que llevó a Chávez y a otros izquierdistas al poder hacia fines de los 90.

Ahora el péndulo parece estar llevando a la región hacia la derecha. No hacia esa derecha clásica, oligárquica, elitista y tejedora del poder en los salones del Jockey Club; sino hacia una derecha nueva: ruidosa, populista, viral, moralista, securitaria. Una derecha que se presenta a sí misma como revolucionaria; como ruptura. Como "Salida de Emergencia". Y el combustible de este giro no es la nostalgia conservadora ni el rescate de valores arcanos sino, lisa y llanamente, el agotamiento social.

Latinoamérica está mostrando el cansancio ante el estancamiento; ante la inequidad; ante la corrupción; ante la violencia. Está mostrando su cansancio hacia democracias que no ofrecen prosperidad ni seguridad. Y cuando una sociedad se cansa deja de buscar utopías para demandar soluciones.

Un cambio profundo

Una encuesta anual sobre más de 19.000 encuestados en 18 países -realizada por Latinobarómetro- muestra que, en 2024, quienes se identificaban con "la derecha" alcanzaron su nivel más alto en más de dos décadas. Bukele resultó ser el político más popular de toda la región con una calificación promedio de 7,7 de diez puntos y el menos popular fue Nicolás Maduro con apenas 1,3 puntos.

La mayoría de las razones de este ascenso provienen de realidades intrínsecas a la región. En el tope de la lista está la creciente frustración pública con la seguridad y el crimen; fenómeno que ha crecido de manera alarmante en los últimos años. La estadística es irrefutable: mientras América Latina representa tan sólo el 8% de la población mundial, da cuenta de casi el 30% de los homicidios a nivel global.

Asimismo, el dramático y prolongado colapso económico y social de Venezuela y de Cuba deslegitimaron a la izquierda tirando hacia abajo -incluso- la popularidad de candidatos socialistas moderados, percibidos como parte de la misma tribu ideológica.

Otro factor es la expansión del culto evangélico que ha transformado a la política y ha colocado en el centro del debate temas de "guerra cultural" como el aborto y la ideología de género. No menor, la diáspora desde Cuba, Haití, Nicaragua y Venezuela produjo una corriente migratoria sin precedente que provocó cierto malestar en los países receptores; y que varios candidatos de derecha supieron explotar.

La inseguridad como arquitectura política

Parece haber una palabra que lo organiza todo: narcotráfico. El narcotráfico -y el crimen organizado- expone una crisis que devino problema regional. Según la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito, la cantidad de cocaína producida globalmente se cuadruplicó en diez años desde 3.700 toneladas en 2023, a 902 en 2013; y donde casi toda la coca del mundo -materia prima de la droga- se produce en tres países: Bolivia, Colombia y Perú. Según estimaciones de la ONU, América del Norte sigue siendo el mercado principal (27% del consumo global); Europa segunda (24%); pero América Latina y Caribe representan ahora el 20%; con Asia (14%) y África (13%) como mercados en expansión. Esta evolución en el consumo trajo cambios en las rutas de contrabando, en especial en la costa del Pacífico, convirtiendo a países latinoamericanos antes pacíficos como Chile, Costa Rica y Ecuador en campos de batalla de los cárteles por el control de los puertos.

De nuevo, América Latina tiene el 8% de la población mundial pero el 30% de los homicidios a nivel global. Esto no es una estadística; es un diagnóstico civilizatorio. La violencia es un modo de vida. Así, la seguridad se convierte en un eje que reordena ideologías, discursos y votos. La inseguridad se torna arquitectura política.

Bukele entendió esto antes que nadie. Su receta fue brutal y eficaz: encarcelamiento masivo, suspensión de derechos, estado de excepción permanente. Y El Salvador se transformó en una vitrina. Una vitrina que América Latina mira con mezcla de horror moral y de deseo práctico. Cuando el miedo es tangible y cotidiano, el debido proceso se vuelve abstracto.

La nueva derecha

Un dato inquietante pero que no sorprende: 40% de los encuestados manifestaron no tener preferencia por la democracia. La democracia, si no entrega resultados, pierde prestigio. Y -al menos en América Latina- la democracia no logró resolver sus dos heridas estructurales: la desigualdad y la violencia.

Pero el giro a la derecha no se explica sólo por el crimen. También se explica por el vacío ideológico de la izquierda. Venezuela, Nicaragua y Cuba desacreditan al socialismo no sólo como programa económico sino como horizonte moral. El relato de justicia social queda desplazado por la supervivencia diaria. Y la política no gira más en torno a la promesa de un futuro mejor sino en torno al miedo al presente.

Además, la derecha aprendió algo esencial: que no puede gobernar solo para élites; el liberalismo puro no seduce. Bolsonaro expandió las transferencias sociales. Milei, blande la motosierra performática, pero duplica la ayuda a los pobres. Nace un "conservadurismo híbrido": una mezcla de mercado con subsidio; de ajuste con espectáculo y disciplina fiscal. Nace "una derecha de TikTok" que narra el ajuste y la lucha contra el delito como épica. Nace un populismo emocional autoritario que se presenta como "alternativa moral".

Argentina -históricamente un laboratorio de crisis- se convierte ahora también en un laboratorio a cielo abierto para el experimento anarco-libertario. Pero ambos laboratorios no se autoexcluyen y la posibilidad de crisis no queda superada. Sólo que, ante una catástrofe, el Mercado recogerá sus ganancias bien rápido y la sociedad pagará sus costes, agónicamente y por décadas.

Una mutación civilizatoria

América Latina se parece cada vez menos a esa postal del subdesarrollo romantizado por Castro y, cada vez más, a la del laboratorio social del siglo XXI: inseguridad global, fatiga democrática, populismos de derecha, guerra cultural, economía de plataformas, concentración económica y desigualdad. El continente parece decir -con desesperación- primero vivir; después pensar. Y quizás este sea el problema ético más inquietante: cuando una sociedad deja de imaginar justicia para pedir sólo orden, algo se ha roto. No es solo un cambio de formas; es un cambio en el alma.

La pregunta es clave: ¿esto es una Revolución o es sólo otro vaivén del péndulo? El continente podría estar ensayando una mutación profunda. No la revolución que soñó Castro pero que puede terminar siendo, de todos modos, una Revolución; ahora de la derecha.

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