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15 de Febrero,  Salta, Centro, Argentina
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Un salteño que sigue presente entre nosotros

Domingo, 15 de febrero de 2026 01:01
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Para el pensamiento moderno, la muerte no es un misterio: es apenas biología, un hecho inevitable, el apagarse natural de la materia. El cristianismo -postura con la que comulgamos- la entiende, en cambio, como tránsito trascendente, como paso redentor. Y nuestra época, mezcla de pragmatismo y frivolidad, ha degradado aún más la idea: el hombre ya no muere, simplemente se descarta, como un envase vacío o un detergente biodegradable.

Las religiones, particularmente el catolicismo, le han impuesto a la muerte un sello cultural fúnebre, trágico y desgarrador. Pero desde nuestra óptica, el hombre muere de verdad sólo cuando se convierte en una lápida anónima, condenado al olvido, expulsado del recuerdo de su pueblo.

Por eso decimos que hay seres que no mueren, y uno de ellos es Roberto Romero, cuya talla ha ingresado ya en el espacio del mito. Condición reservada únicamente a quienes han marcado con su paso no sólo la historia propia, sino también la de sus semejantes.

El alelado, el desprevenido, acaso encuentre en estas expresiones un panegírico exaltado, cuando en realidad estamos aplicando a este caso una cuestión profundamente ontológica: la trascendencia frente a aquello que el sentido común reduce a un certificado de defunción.

La comprobación es simple: ¿acaso todos los hombres de la política salteña permanecen vivos en el imaginario colectivo provincial? ¿Cuántos, una vez trascendidos, continúan suscitando el debate áspero, la diatriba demoledora, o siguen convocando a amigos y adversarios décadas después, alrededor de su nombre?

Desde este último punto, incluso hemos de admitir que ni el mismo General Juan Domingo Perón resulta hoy tan convocante. Los homenajes al líder reúnen apenas un puñado de nostálgicos, sobrevivientes de una épica que se diluye en la burocracia del recuerdo.

Pero Roberto Romero mantiene su presencia. Ya sea como recuerdo de haber hecho tal o cual cosa, o como inevitable punto de comparación: "Romero hizo esto y ahora…". O la frase más sufrida, la que se escucha con resignación popular: "Si estuviera Don Roberto, haría…". El hombre continúa presente tanto en el elogio como en la denostación.

La sociedad acumula muertos de todo tipo: ricos que en vida fueron omnipotentes y ahora se vuelven polvo en tumbas olvidadas; hombres que se destacaron en alguna disciplina y se baten por mantenerse en la memoria a través de libros o retratos; y otros -los menos- que conservan una identidad inmarcesible, tanto que todavía presentan batalla a sus enemigos.

No exageramos entonces al afirmar que Roberto Romero ocupa ya ese lugar que la historia académica reserva bajo un rótulo implacable y selecto: el de "los grandes muertos".

Nuestro maestro Félix Luna enseñaba que quien durante veinte años sigue pensando exactamente lo mismo ha renunciado al pensamiento. Por eso, quienes lo combatimos con fiereza en su tiempo, con el paso de los años comprendimos que su figura imponía otra pedagogía: la de discernir entre el hombre y el mito que enseña.

A la distancia comprobamos las diferencias. Y comprendimos también lo bueno de tener enemigos: buenos enemigos. Porque los enemigos convocan a los grandes muertos con mayor intensidad que los amigos. Porque se saben pequeños, distantes, y en el fondo presienten que ellos sí serán apenas lápidas desteñidas por el implacable paso del tiempo.

Aprendimos de Roberto Romero que la política debía servir al progreso. Que había que soñar en grande, como Walt Disney, con convertir a Salta en un Epcot Center. íQué falta nos haría hoy el tren elevado que él proponía! Donde seguramente luciría más destellante la propaganda que diga: "Visite Jujuy".

Aprendimos de él, que en política había que enfrentarse con los de su tamaño, pero protegiendo a los más humildes. Porque él venía de muy abajo, y desde esa complexión vital enseñó que la grandeza no es un sueño ingenuo, sino el resultado de una mente que mira más allá de la coyuntura y del aplauso.

Más virtudes

Podríamos predicar de Roberto Romero muchas virtudes más. Sus defectos -como los de todo hombre- pertenecen al fuero íntimo, al juicio de Dios y a esa zona oscura donde la historia rara vez es misericordiosa.

Lo real, lo definitivo, es que Roberto Romero continúa vivo en la memoria popular. Y por eso, cada vez que en la reunión de políticos, de amigos y de enemigos, se pronuncia su nombre, como si Saúl volviera a invocar al Elías del Más Allá, él se levanta otra vez de su tumba.

Porque la muerte es biología.El olvido, en cambio, es condena histórica.

 

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