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Sociedad fracturada; país fracturado

Domingo, 08 de febrero de 2026 01:01
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Chéjov dijo: "Un escritor no es quien resuelve problemas; sino quien los plantea".

Así, en este espíritu, voy a plantear un problema que anticipo controversial. Y espinoso. De tantas aristas que, quizás, no pueda -o no sepa- cubrirlas todas.

Desde hace tiempo que escala la violencia en la sociedad. Asaltos con golpizas inverosímiles -a hombres, mujeres o niños por igual-; disparos a víctimas que no ofrecen resistencia; robos violentos en extremo para sacar pertenencias baladíes como celulares, mochilas, bolsas de compras o carteras; ataques pirañas en banda con armas de fuego para robar casas, motos, autos o camionetas. Vemos un hecho tras otro y, cada hecho, muchas veces. La televisión tiene ese efecto extraño que horroriza la primera vez y que, luego, tras tanta repetición; anestesia, naturaliza y banaliza también.

Los hechos espantan por lo violentos; por lo incomprensible; por lo innecesario; por lo intrusivo; por lo injusto; por lo evidente que resulta que son personas que no le dan ningún valor a la vida de aquellos a quienes atacan; y que no les importa que los vean, reconozcan o, incluso, que los filmen. Se me ocurre pensar que, quien comete estos actos, con ese nivel de violencia, a plena luz del día, con este grado de indiferencia por las consecuencias -ajenas y propias-; es alguien que rompió el contrato social con el sistema. Que no reconoce vivir en un sistema con determinadas reglas y valores. Que pertenece a un sistema con otro sistema de reglas y valores distintos. Que ambos sistemas no se reconocen el uno al otro. Que se excluyen mutuamente.

Creo que tampoco se llega a estos niveles de violencia -y a estos grados de indiferencia- de un día para el otro. No se rompe con tanta gravedad y alevosía el contrato social de un día para el otro. Por el contrario, imagino que es un proceso largo, penoso y trágico.

No determina, pero condiciona

En los '70, Argentina supo tener la clase media más fuerte de toda Latinoamérica -quizás sólo rivalizando con Venezuela-. Había condiciones de trabajo pleno; movilidad social ascendente; un sistema educativo y de salud que era la envidia de la región. No quiero romantizar esa época; por supuesto que no.

Después vino el horror y la brutalidad de la dictadura y el primer experimento liberal liderado por Martínez de Hoz. En democracia, vino Alfonsín con su fallido plan económico. Y después Menem. En los 90, el éjido productivo de la pequeña y mediana empresa colapsó ante la avalancha de importaciones y, hacia el final del proceso, la balanza comercial sufrió desajustes irreparables. Las privatizaciones y los despidos masivos -sin sistemas de reconversión laboral ni red de seguridad social alguna-, originaron desempleo estructural y las primeras camadas de excluidos a gran escala del sistema laboral.

Si se mira la geología del desempleo, es fácil ver cómo, en esa época, nacieron las primeras generaciones de personas que no pudieron reincorporarse al sistema laboral. Mientras tanto, las indemnizaciones de la clase media se esfumaron en canchas de pádel; lavaderos automáticos de ropa; parripollos y remises que, al quebrar, generaron un fenómeno de movilidad social descendente y un proceso de precarización que no se detuvo más. No fue la falta de reformas lo que condenó al país, sino su aplicación sin equilibrio ni políticas de contención social.

En una maravillosa nota de Juan Manuel Ibarguren publicada en estas páginas -"Espejos de una época"-, el autor dice: "Basta observar cómo se abordan los grandes desafíos sociales de nuestro tiempo: la inmigración tratada como amenaza antes que como fenómeno; la marginalidad aceptada como paisaje inevitable; la desigualdad justificada como mérito natural; la pobreza interpretada como defecto individual. Todo ello sostenido por una indiferencia creciente frente a la responsabilidad social que toda comunidad necesita para progresar y evolucionar". La responsabilidad social que toda comunidad necesita para progresar y evolucionar; algo que, desde hace décadas, dejamos de lado. Ora por una ideología falsa y perversa que romantizó la pobreza y que la utilizó de la manera más cruel y vil; ora por la ideología contraria cuya falta de empatía y de sensibilidad social suena abismal; en ambos casos, como sociedad, elegimos mirar hacia otro lado. Pero, así como sé que la sociedad no determina; es necio lavarse las manos y no asumir que la sociedad, al menos, condiciona.

Sigue Ibarguren: "Sin comunidad no hay progreso posible, solo competencia perpetua. No una evolución hacia formas más justas de convivencia, sino una involución hacia un estado de naturaleza donde prevalece la ley del más fuerte, del más mezquino, del miserable, aunque poderoso".

Es evidente la fractura social. Y una sociedad fracturada necesariamente implica un país fracturado. Hay dos Argentina. Como mínimo.

Dos sociedades; dos países

En los 90, crecieron las primeras generaciones de chicos de familias con padres sin trabajo. A eso les siguieron las segundas, terceras y cuartas camadas. Recuperaciones temporarias y recaídas siempre más profundas. En muchos lugares y contextos las familias se rompieron; el núcleo familiar se hizo trizas; se deshizo la comunidad y los valores sociales dieron una vuelta campana tergiversando las nociones de qué es correcto y qué está mal. El tejido social se fue descomponiendo entre la pobreza y la marginalidad; en la desintegración de los sistemas educativos, de salud y de servicios sociales básicos; en la inequidad cada vez más amplia y lacerante y en la exclusión que la inequidad provoca. En la conjunción de la falta de educación y el avance de la tecnología. En los "soldaditos de la droga" y en la aparición de sistemas precarios de producción y mercadeo de drogas como economía de subsistencia. En familias que, en muchos casos, empujaron a los chicos a delinquir. Ante este proceso, el Estado se retiró a las márgenes de esas sociedades fallidas. Las abandonó a su suerte.

Un Estado representado antes por esa gente de ideología vil y cruel exacerbó la culpa social, desviando toda acción correctiva que los incluyera y contuviera, para poder usarlos a sus propios fines. El de ahora los tilda de "fisurados" y, de ese modo, los deja en un lugar donde parecen no tener posibilidad de redención en esta nueva sociedad. Son "irrecuperables"; "Estos basuras" escuché decir -con alarmante frecuencia- en algunos medios de comunicación. Pero, si tuviera que arriesgar un pensamiento -polémico-, diría que el Estado rompió antes el contrato social que lo ata a estas comunidades y a estas personas. El Estado tiene -siempre- la mayor carga de responsabilidad. El mismo Estado -y sociedad- que ahora les exige vivir, moverse, actuar y comportarse según "nuestras" reglas de juego; con las reglas de juego de "nuestro" sistema. Ese del cual los excluimos antes sin contemplación ni piedad. No sé. No puedo dejar de sentir y de pensar - sin, por esto, ser "garantista"- que, en parte, tenemos responsabilidad.

"Es la inclusión; estúpido"

El problema es tan complejo que no admite ideologizaciones ni chicanas políticas. Menos un uso electoral porque, mientras se siga politizando el tema, el país va a seguir fracturado entre "personas de bien que merecen vivir en un país normal"; y "basuras que no merecen vivir". Y nos van – vamos - a seguir matando en las calles.

Así, sabiendo perfectamente bien que la doctrina del garantismo y de la inimputabilidad de los menores era una aberración tan grande como afirmar que la tierra es cuadrada; me pregunto si la solución a la violencia e inseguridad es bajar la edad de imputabilidad. Creo que no. Acaso ¿estamos seguros de que bajando esta edad va a bajar la tasa de delitos? De nuevo, creo que no.

Si estas personas no valoran su propia vida; si saben que no pueden esperar nada del sistema; si creen que son "descartables", "fisurados", "basuras" e "irrecuperables"; si de veras creen que "sólo lograrán vivir unos pocos años más"; sintiéndose así, no creo que la idea de ir a la cárcel los vaya a amedrentar.

Por otro lado ¿existe la capacidad carcelaria necesaria para menores o los van a mezclar con la población carcelaria adulta? Eso ¿no los expondría a formas de violencia social y sexual inadmisibles? ¿El Estado va a fomentar estas conductas sólo por ceder a una idea ante la cual la demagogia y el populismo de derecha se enamora con tanta facilidad?

No sé. No están los detalles de la norma, pero se me ocurre que antes de bajar la edad de imputabilidad habría que insistir con la inclusión. "Es la inclusión; estúpido" es la única respuesta posible que se me ocurre gritar ante esta idea tan ramplona.

El problema es tan grave que exige propuestas a la altura del desafío. Exige educación, sistemas de salud y de contención social. Exige reinserción. Exige más Estado; no menos. Exige más compromiso social colectivo; no menos. Exige dejar de lado las ideas garantistas absurdas con las que se contaminó a gran parte del sistema judicial, pero, también, abandonar ideas fundamentalistas falaces e incorrectas como "donde hay comercio no hay balas". Debemos dejar de lado, de una vez y para siempre, nuestra tan característica bipolaridad fundamentalista extrema e irracional.

"Un escritor no es quien resuelve problemas; sino quien los plantea". Espero haber logrado plantear -al menos- algunas aristas del problema. Y haber dejado claro por qué no es algo tan fácil de resolver.

 

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