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Cuando el horror se vuelve abstracto

Jueves, 19 de marzo de 2026 02:05

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"En la guerra, la verdad es la primera víctima", dijo Esquilo. La frase del gran dramaturgo griego expone una verdad incómoda: en la guerra, la información —y la desinformación— son un arma más.

Israel asegura ir ganando. Irán asegura ir ganando. Hasta Javier Milei gritó "¡Vamos a ganar!", como si Argentina hubiera entrado en guerra con Irán sin que nadie se hubiera enterado. En su ciego alineamiento con Donald Trump, la escena no sorprende demasiado. En cualquier otro contexto, sí.

EL propio Trump contribuye al clima de confusión. Un día anuncia que Estados Unidos arrasará Irán en cuatro semanas; cuando el precio del petróleo se dispara, declara que la guerra ya está terminada. Al día siguiente recrudecen los bombardeos —desmintiendo sus propias palabras— y el presidente vuelve a minimizar todo asegurando que ya se destruyó el 75 % del potencial misilístico iraní. La respuesta iraní llega enseguida: ataques contra barcos petroleros en el estrecho de Ormuz. Y el ciclo se repite. Y todos aseguran ir ganando.

Mientras tanto, la guerra real —la de los muertos, los heridos, las ciudades destruidas y las poblaciones desplazadas— sigue avanzando.

Pero la guerra se observa –cada vez más– a través de un velo de espectáculo. La manipulación del relato ha dado un paso más. La guerra ya no se libra sólo con misiles, drones y operaciones encubiertas. También se combate en el terreno de la percepción pública, donde la tecnología digital y la inteligencia artificial están transformando el conflicto en un teatro global en tiempo real.

"En esta guerra, no sólo se disputa el territorio: también se disputa la verdad, y cada bando pelea por imponer la suya".

En internet proliferan paneles interactivos que permiten seguir la guerra segundo a segundo: mapas de ataques, imágenes satelitales, rutas de barcos, movimientos de aviones, cortes de energía, comunicaciones interceptadas. Muchos de estos tableros fueron armados en pocos días con herramientas de inteligencia artificial capaces de integrar datos abiertos de todo el mundo.

La promesa es seductora: por primera vez cualquiera puede "ver" la guerra sin depender del filtro de los medios tradicionales. Pero esa aparente transparencia produce un efecto paradójico: nunca fue tan fácil seguir una guerra minuto a minuto; y nunca fue tan difícil entenderla. La acumulación de datos no conduce a la comprensión. Con frecuencia produce lo contrario: la ilusión de estar informado mientras se observa una avalancha de señales sin contexto.

A este fenómeno se suma otro todavía más perturbador: las apuestas.

Junto al seguimiento informativo del conflicto proliferan plataformas de "mercados de predicción" donde miles de personas apuestan dinero real sobre eventos de la guerra. Algunas ya registran cientos de millones de dólares en contratos vinculados al conflicto. En todo el sector, estos mercados movieron más de 44.000 millones de dólares en 2025; con plataformas como Polymarket y Kalshi concentrando gran parte del volumen.

La guerra se ha convertido en otro mercado financiero global donde miles de personas especulan sobre su evolución como si se tratara del precio de la soja o del resultado de una elección. En esos tableros digitales aparecen preguntas que hace apenas unos años hubieran parecido absurdas: ¿Caerá el régimen iraní este año? ¿Habrá un alto el fuego antes de junio? Cada resultado tiene una probabilidad. Cada probabilidad tiene un precio. Y cada precio genera ganancias o pérdidas millonarias.

Pero cuando la guerra se convierte en espectáculo, el horror se vuelve abstracto. La destrucción deja de percibirse como tragedia y empieza a parecer una mezcla de videojuego, bolsa de valores y transmisión deportiva. La banalización de la guerra es también un síntoma de nuestra propia banalización. Que Donald Trump diga que seguirá bombardeando Irán "solo por diversión" no hace más que profundizar la frivolización.

Detrás del espectáculo comienzan a aparecer señales incómodas. Incluso dentro de Israel algunas encuestas muestran que —tras el entusiasmo inicial— empiezan a surgir preguntas sobre el verdadero sentido de la guerra: cuáles son sus objetivos reales y qué plan existe para el día después.

La pregunta es decisiva.

Porque una guerra puede sostenerse durante un tiempo gracias al patriotismo, al control del relato o al atractivo de un espectáculo informativo permanente. Pero tarde o temprano todas las guerras chocan con el mismo problema: la estrategia. Los bombardeos pueden destruir instalaciones, eliminar comandantes o degradar capacidades enemigas. Pero nada de eso garantiza un resultado político estable.

El espectáculo informativo puede maquillar la falta de dirección durante un tiempo. Puede convertir cada ataque en una victoria narrativa, cada misil interceptado en un triunfo mediático y cada operación militar en una promesa de victoria final. Los mapas digitales pueden multiplicarse. Las probabilidades actualizarse en tiempo real. Las apuestas mover millones.

Pero nada de eso cambia la naturaleza del problema.

Porque una guerra no se gana en los tableros visuales, ni en las redes sociales, ni en los mercados de predicción.

Las guerras se ganan —o se pierden— en la estrategia.

Y en el terreno.

Y cuando la estrategia falta, ni siquiera el mejor espectáculo del mundo puede evitar el fracaso.

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