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En la tarde de ayer, el comandante de las Fuerzas de Defensa de Israel, Eyal Zamir, anunció la destrucción del 60% de los lanzadores de misiles de Irán y una nueva etapa en la que intensificarán el daño en las bases del régimen y sus capacidades militares.
Al mismo tiempo, el National Security Council of Israel advirtió que se detecta un aumento significativo de intentos de ataques contra israelíes y recomienda a los que están en el exterior extremar precauciones, evitar vuelos con escala en Emiratos Árabes Unidos, limitar la difusión de su ubicación en redes sociales y mantenerse alejados de lugares identificados con Israel o la comunidad judía.
Testimonios desde el "teatro de operaciones", ambos mensajes ofrecen elementos como para empezar a responder a preguntas cada vez más extendidas en el mundo y, también, en la Argentina: ¿Hasta cuándo se extenderá esta guerra y cuánto afectará al mundo? ¿Podría derivar en una tercera guerra mundial?
La mayoría de los expertos coinciden que, en el tétrico escenario de las negociaciones sobre la guerra y la paz, las potencias que podrían desencadenar una conflagración global no lo harán. En primer lugar, porque el armamento nuclear de que disponen cumple solo función disuasiva; si alguno de ellos lo utilizara, las consecuencias serían un suicidio colectivo y absolutamente sin límites. Ni los Estados Unidos, con o sin Donald Trump, ni China, ni la Rusia de Vladimir Putin estarían dispuestos a un holocausto del que nadie saldría ileso.
China y Rusia mostraron significativa prudencia frente a la incursión norteamericana que detuvo a Nicolás Maduro en Venezuela, y ahora, ante el despliegue militar de EEUU e Israel que decapitó al régimen de los ayatolás en Irán y a sus organizaciones terroristas aliadas, Hezbollah y Hamas.
Ambos países tienen poderío militar y vínculos muy cercanos con Irán, pero sus metas son mucho más ambiciosas. Xi Jinping, con filosofía inspirada en las tradiciones imperiales chinas, sabe que su país tiene muchas posibilidades de convertirse en la primera potencia económica en pocos años y su estrategia, que rige su diplomacia y sus decisiones militares, está orientada a disuadir sin derramamiento de sangre. Vladimir Putin, que no quiere ser furgón de cola de Pekín, cuenta además con el tácito (e hipotético) compromiso de Trump para poder resolver favorablemente su invasión a Ucrania, a cambio de no obstruir el expansionismo del poder americano.
Sin embargo, para el resto del mundo es tranquilizante que se destruya la infraestructura nuclear de un país como Irán, que desde hace 47 años tiene el terrorismo suicida como estrategia ofensiva. Algo que los argentinos conocemos perfectamente.
Esto no supone un aval para los ataques de estos días, que pueden tener derivaciones impensables. Pocos creen que esté cercana la caída del régimen teocrático y su capacidad para realizar atentados y ataques focalizados. La catástrofe económica y la violencia represiva, incluida la utilización de la horca como elemento disuasivo han creado un clima de rechazo interno, pero cuya vertebración como organización es débil. El foco de resistencia, con cierto potencial para acciones militares, son las fuerzas kurdas (iraníes) que operan a lo largo de la frontera entre Irán e Irak. Estas planean una operación terrestre para presionar a las fuerzas de seguridad del régimen y dispersarlas en varios frentes. Confían en obligarlas a desplegarse en la frontera oeste para facilitar así las protestas y los levantamientos civiles en las principales ciudades de Irán.
La reacción de Irán tras la muerte del líder supremo del régimen, el ayatola Ali Jamenei fue un despliegue de ataques y provocaciones a los países árabes y a la OTAN. Lo que cabe esperar, entonces, no es una guerra mundial, pero es probable una intensificación de los ataques terroristas en cualquier lugar del mundo y una conmoción interna de desenlace imprevisible, que se sumen a las consecuencias económicas con efecto multiplicador que se deriven de la incipiente crisis petrolera.
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