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Nueva era de la guerra informativa

Viernes, 06 de marzo de 2026 01:23

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Los hechos recientes acaecidos en Medio Oriente parecen repetir ciertos patrones de algunas guerras pospandemia -ahora llamadas con eufemismo "ataques preventivos" u "operaciones especiales"-, en las que el arma más destructiva es la información.

Guerras eran las de antes

La "justicia" de las guerras de antaño y sus correspondientes "declaraciones", parecen haber quedado relegadas al olvido o a los recuerdos de algún romántico que se arrodillaba por conquistar o defender lo que ama, pues en la nueva configuración global, el Derecho Internacional y sus principios se aplican en última instancia, si es que aún quedan países dispuestos a respetarlos. La nueva normalidad de saltear toda instancia internacional e incluso nacional (vgr. autorizaciones de la ONU o de cada Congreso), nos llevará indefectiblemente hacia un estado de anomia inédita en este capítulo de la historia de la humanidad.

Las guerras posmodernas aplican de manual la teoría del caos para crear situaciones de control político en regiones con recursos estratégicos que no están dispuestas a negociar. Ahora bien, el orden global que venía construyendo desde la Segunda Guerra Mundial, planeado y ejecutado analíticamente desde la diplomacia del más fuerte, parece no ser suficiente privilegio para sus arquitectos, a quienes parece beneficiarle más el río revuelto y la inmediata etiqueta de terrorista para el que quiera imitar el mismo método.

Desde el "sur global", nuevo concepto que aparentemente nos incluye, nos toca mirar la guerra física filtrada por los contenidos aceptados por cada red social, pero al menos con el privilegio de una cómoda butaca alejada de todo foco de conflicto ante la eventualidad de una escalada nuclear. No obstante, nuestra participación pasiva viene impuesta desde el virus del odio de los bandos implicados a través de noticias falsas y discursos violentos que incitan a la hostilidad, y a que participemos activamente de ella.

Libertad de expresión

En este nuevo escenario, la libertad de expresión atraviesa una transformación profunda. No ha dejado de ser un derecho fundamental, pero ha cambiado el terreno donde se ejerce, que la degrada en su manto sagrado que la protegía y la manipula a a su conveniencia.

Históricamente, la censura era una potestad estatal. El Estado decidía qué se podía publicar y qué no. Hoy el panorama es más complejo: los Estados intentan controlar la información, pero quienes realmente administran los flujos masivos de información son plataformas digitales con más poder que muchos gobiernos, y son quienes determinan qué contenido se visibiliza, cuál se desindexa, qué discurso se amplifica y cuál se bloquea por infringir "normas comunitarias". Estas reglas no surgen de parlamentos elegidos democráticamente, sino de directorios corporativos.

La paradoja es evidente: en nombre de combatir la desinformación, se crean sistemas de moderación algorítmica que pueden terminar configurando nuevas formas de censura privada. Y esa censura no siempre responde a criterios jurídicos, sino muchas veces a posiciones ideológicas, presiones comerciales, y alineamientos geopolíticos de sus accionistas o de quienes financian esas empresas.

El Estado, por su parte, se encuentra en una encrucijada. Si regula demasiado, cae fácilmente en autoritarismo, y si regula poco o nada, resulta cómplice de manipulación masiva o de divulgación de noticias falsas o discursos de odio, que luego le vuelven como un boomerang. Controlar la información falsa en tiempo real es técnicamente casi imposible sin afectar, colateralmente, expresiones legítimas. La línea entre desinformación, opinión polémica y discurso político es extremadamente delgada, y nadie la quiere cruzar, porque es un precio político muy alto. Pero para quienes no son elegidos, la censura es un activo más a disposición del mejor postor.

El rol de la IA Generativa

La dinámica de la economía de la atención convierte la indignación en moneda de cambio. Cuanto más extrema la noticia u opinión, más viral; cuanto más viral, más rentable. Los medios tradicionales, obligados a reconvertirse a los formatos de texto y videos cortos, no saben cómo recuperar la atención de hace unas décadas ni mucho menos cómo dejar de perder la carrera del último momento sin dejar atrás sus obligaciones éticas de chequeo de fuentes de información. En algunos casos, las fake news se filtran, en otros, son parte del negocio.

En este contexto, irrumpen con fuerza las empresas de inteligencia artificial generativa. Estos sistemas, entrenados con enormes bases de datos, producen textos, imágenes y videos con una apariencia de realidad y objetividad técnica. Sin embargo, no son ni reales ni neutrales.

Toda inteligencia artificial tiene sesgos, sea que deriven de los datos con los que fue entrenada, de las decisiones de diseño de sus desarrolladores, o de los filtros que determinan qué respuestas son aceptables y cuáles no. Esos sesgos, muchas veces invisibles, terminan formando parte de artículos periodísticos tradicionales, análisis académicos e incluso posteos en redes sociales que utilizan estas herramientas como fuente de información.

Así, la guerra informativa ya no se libra únicamente entre Estados, o en determinadas plataformas, sino también entre algoritmos de distintas empresas. El ciudadano común consume contenido que puede haber sido redactado por una IA, corregido por otra, amplificado por una plataforma y moderado por una tercera, todo sin advertirlo. El resultado es una percepción de realidad mediada por capas tecnológicas cuya lógica interna desconoceremos hasta tanto exista una ley que exija una transparencia algorítmica.

Oasis digital

La gran dificultad de las regulaciones tradicionales -leyes con aplicación nacional- es que su límite territorial no alcanza siempre a plataformas que operan globalmente. Una norma nacional puede ser inaplicable frente a una empresa con sede en otro país. Pero la soberanía sobre lo digital, acaba por convertirse en una aspiración, en un oasis que nunca se alcanza.

Europa es la jurisdicción con más avances regulatorios, pero en la práctica, se limita a aplicar sanciones a empresas extranjeras más que a fomentar innovaciones. Estados Unidos, que prioriza la libertad de empresa, prefiere la autorregulación para sus empresas y la regulación para empresas extranjeras. China integra el control informativo dentro de su modelo estatal. América Latina oscila entre intentos regulatorios y vacíos normativos.

Argentina no es ajena a esta discusión. Nuestra Constitución protege la libertad de expresión con una intensidad histórica notable. Pero el desafío actual no es solo proteger al ciudadano frente al Estado, sino también frente a conglomerados tecnológicos que pueden moldear el debate público sin responsabilidad democrática directa. Por ahora, la regulación de los riesgos que la IA trae aparejada no aparecen en el umbral de prioridades a legislar por el Congreso.

Conclusión

La guerra informativa no se combate con misiles, sino con narrativas, propaganda y pagando por censurar al otro. No se gana sólo ocupando territorios o posiciones tácticas, sino dominando los hashtags y las tendencias en redes. La verdad se vuelve relativa cuando se distorsiona con miles de versiones filtradas y amplificadas algorítmicamente.

La libertad de expresión sigue siendo un valor irrenunciable, pero cada vez más manipulable, pues debe prosperar en un ecosistema donde los Estados intentan restringirla, las plataformas filtran el contenido de acuerdo a sus propias normas y criterios, y los sistemas de inteligencia artificial que automatizan la generación de contenidos con sesgos que no se informan al consumidor de las noticias.

Esta nueva dimensión a la que ingresa la libertad de expresión pareciera ser menos libre, más filtrada por la tecnología y menos alcanzada por las normas jurídicas; no obstante, ello debe interpelarnos a actuar con mayor responsabilidad: responsabilidad estatal para no censurar bajo pretexto de combatir noticias falsas; responsabilidad empresarial para no imponer agendas ideológicas encubiertas; y responsabilidad individual para no consumir ni difundir información falsa ni discursos de odio. Si cualquiera de ellas falla, nuestro inmanente e incesante sentido de la justicia y de la libertad nos hará buscar otras formas de expresión donde el filtro sea el criterio humano propio.

 

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