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Cansancio, bronca e impotencia atraviesan el testimonio de Rosana Sosa. Pese a invertir en cámaras, cerco eléctrico, iluminación y concertina -un tipo de alambre con puntas punzantes-, los robos a su vivero se repiten sin que aparezcan los responsables ni lo sustraído. El último ataque terminó con una descompensación de ella en plena calle.
"Vamos por el robo número 21". La frase resume años de pérdidas, denuncias y frustración que vive Rosana Sosa, ingeniera y propietaria de un vivero en la localidad de Embarcación, en el norte provincial. Su emprendimiento fue atacado repetidamente, aun después de reforzar la seguridad con todo lo que estuvo a su alcance.
Sosa explicó que realizó numerosas denuncias, aunque no todas: "Perdí la cuenta de cuántas hice. Al ver que no ocurría nada, que no aparecían mis cosas ni había ladrones atrapados, dejé de hacerlas". El derrotero comenzó incluso antes de abrir formalmente el lugar. "Cuando me instalé puse electricidad y focos; esa misma noche me robaron todos los focos", recordó.
Desde entonces, cada refuerzo resultó insuficiente. Colocó concertina, reflectores y mejor iluminación; luego herramientas para trabajos de mantenimiento de jardines. "Se robaron todas mis herramientas… no quedó ninguna", contó. Probó incluso con un cerco eléctrico y con dejar a su perra en el predio mientras se terminaba de instalar. "No fue suficiente. Entraban igual".
Las cámaras llegaron después de escuchar repetidamente la misma respuesta: "Me decían que me faltaban cámaras. Hoy las tengo y por eso puedo saber quién entra, tengo fotos y videos". Aun así, sostiene que nada cambió. "Presenté imágenes, nombres, situaciones, pero nunca aparecieron mis cosas ni los ladrones".
El último robo
El último robo ocurrió durante una jornada de lluvia, cuando un corte de energía dejó la zona a oscuras. Según relató, vecinos advirtieron movimientos sospechosos y llamaron a la policía. "Salí corriendo de mi casa y llegué cuando el ladrón estaba ahí, saliendo del vivero con plantas". El daño mayor no fue lo sustraído, sino la destrucción: "Al romper un alambre del cerco eléctrico tengo que cambiar todo el perímetro".
La tensión acumulada tuvo consecuencias físicas. "Me desplomé. No podía respirar, no me respondían las piernas", contó. Fueron los vecinos quienes la asistieron hasta que logró recomponerse. Luego volvió a entrar al vivero para dimensionar los daños y formalizó la denuncia.
El costo económico se repite y se acumula. "Arreglar el cerco eléctrico, comprar reflectores, focos y el sistema eléctrico me costó más de 500 mil pesos", detalló, y recordó que situaciones similares ya habían ocurrido en 2024. "De estos 21 robos no apareció absolutamente nada".
Estado ausente
Más allá del caso puntual, Sosa advirtió que la situación preocupa a otros vecinos. "No soy la única que reniega con esta situación en Embarcación". Y lanzó una pregunta que resume su reclamo: "¿Quién es el responsable de la seguridad acá? ¿La policía? ¿La fiscalía?"
Hasta el cierre de esta edición, nadie respondió sobre las denuncias y robos. Hoy, el vivero permanece cercado, iluminado y vigilado, pero la sensación de vulnerabilidad persiste. "Nada los detiene", afirmó Sosa, y concluyó con un pedido que excede su historia: que el robo tenga consecuencias reales y que trabajar en Embarcación no implique vivir bajo amenaza constante.