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Todavía no había amanecido cuando las primeras personas se acomodaron sobre la vereda del Hospital San Bernardo. La lluvia era leve, casi imperceptible, pero suficiente para un abrigo de quienes habían llegado antes de las cuatro de la madrugada con la esperanza de conseguir un turno para traumatología. En ese momento, la fila medía unos 50 metros. Con el correr de las horas, creció de forma sostenida hasta alcanzar, cerca de unos 150 metros de extensión.
El trámite era simple y estricto: DNI en mano, esperar el número de atención y aguardar el llamado. Para muchos, la recompensa fue relativa. “Vine a las cuatro de la mañana y conseguí turno, pero recién para febrero”, contó un hombre mayor, con gesto cansado, mientras miraba el papel que confirmaba la fecha. Otros ni siquiera tuvieron esa suerte: los turnos que se otorgaban ya empezaban a proyectarse para marzo.
La escena tenía una crudeza silenciosa. Personas con muletas, otras apoyadas en un bastón, algunas acompañadas por familiares para poder mantenerse en pie durante horas. Una mujer, con la pierna enyesada, explicó su situación: “Me quebré jugando a la pelota en diciembre. Me dijeron que saque turno. Me dan una fecha, vengo ese día y recién ahí consigo el turno. Mientras tanto, sigo esperando con el yeso”.
Los relatos se repetían, con matices, pero con un denominador común: el dolor no espera, pero el sistema sí. La organización se rige por el orden numérico, sin excepciones visibles. Cada número entregado representa un turno y una consulta futura y, para muchos, semanas de espera conviviendo con una lesión.
Puertas adentro, el hospital absorbe una presión creciente. El San Bernardo es el nosocomio cabecera de Salta, el de mayor complejidad y mejor equipamiento tecnológico de la provincia. Esa centralidad lo convierte en el principal punto de referencia para quienes no tienen otra alternativa. Y esa demanda, aseguran quienes transitan a diario el sistema público, se multiplicó en el último tiempo.
El motivo aparece con claridad entre los propios pacientes: pérdida de empleo formal, trabajo en negro y caída de la cobertura de obras sociales. Personas que hasta hace poco resolvían una consulta traumatológica en el ámbito privado hoy se ven obligadas a recurrir al hospital público. “Antes iba a un traumatólogo particular, ahora no puedo pagar ni la consulta”, resumió uno de los hombres que aguardaba en la fila.
Así, la vereda del hospital se transforma en una suerte de guardia paralela, sin camillas ni monitores, pero cargada de historias. No es una emergencia en términos médicos, pero sí una urgencia social que se expresa en cada metro de fila, en cada número entregado y en cada fecha lejana anotada en un papel.
La demanda sigue ahí, latente, y volverá a formarse al día siguiente. Porque, para muchos salteños, esta espera ya no es una excepción: es parte de la rutina.