Entiendo que la insaciable curiosidad humana nos lleva una y otra vez a recorrer algunos sitios ya visitados y tratar de descubrir de nuevo, ángulos insólitos que puedan justificar volcar en palabras, las impresiones que provoca recibir determinadas imágenes a través de todos nuestros sentidos. Gracias a mi labor periodística por años, sigo dispuesto aún a encontrar lo que merece la pena describirse y espero hacerlo con la debida claridad y entusiasmo.
 

Yo había estado antes en la ciudad de Colonia, Alemania, gracias a una invitación del Gobierno Federal hace 15 años. Y hace poco, gracias a la invitación de un hijo profesional becado allá, volví a esa hermosa urbe, de casi un millón de habitantes, la cuarta ciudad más grande del país.
Desde luego que tenía que entrar una, dos o más veces a su enorme catedral (Koln Dom), el templo más grande que jamás construyeran los fieles católicos del mundo, obra iniciada en 1248.
Milagrosamente esa obra gigantesca se salvó de ser destruida por los bombardeos aliados en la Segunda Guerra Mundial, como les gusta contar a los locales, “por milagro”. Cuando uno aprecia impresionantes fotos de su entorno en 1944 y 1945, con todos los edificios a la vuelta demolidos hasta el suelo, se queda con la incógnita: ¿Habrá intervenido el Altísimo para salvar ese monumento de valor inconmensurable?
En las guerras se cometen tremendas barbaridades, y los símbolos de la cultura y la historia resultan los más dañados, para siempre...
Tras subir una buena cantidad de escalones del frente, desde la estación ferroviaria que corre sumergida por ahí cerca, se ingresa por uno de los portones laterales a la “Dom” y comienza un periplo al asombro. Dicen los habitantes de la Renania que esta obra fue construida (y ojalá que así sea) “para la eternidad”.

La mayor sobre la tierra

La Koln Dom fue concebida desde el principio, por ilustres arquitectos, para que fuera “la mayor catedral de la Tierra”. Debía tener 144 metros de longitud y más de 70 de ancho, con dos torres de 157 metros de altura, que serían las más altas de toda Europa. Los edificios que la rodeaban tenían, cuando se inició la obra, unos 20 metros cuando mucho.
Fue una obra colosal e infinitamente arriesgada para terminar, teniendo en cuenta los escasos conocimientos técnicos de que disponían los arquitectos entonces, hace la friolera de 700 años. Debía ser las obra de estilo gótico alemán más importante y aparece ahora casi completa, aunque sigue construyéndose o reparándose de continuo. Nunca la he visto sin andamiajes o cubierta de plásticos. Siempre hay gente trabajando allí, ultimando detalles inconclusos aún hoy. En 1996 fue declarada monumento de la humanidad por la ONU.
Cuando se inició la obra hubo una extensa historia de incidentes y fue necesario hacerle reparaciones, apenas se demolió la primitiva iglesia en la base, levantada en el siglo IX, durante el reinado de Carlomagno. Esa se había construido sobre las ruinas del templo romano de Mercury -Augustus.
Diversos grupos de frailes constructores vinieron desde lejanas tierras -eran franceses o italianos- para seguir adelante con la obra, y cada grupo dejó su impronta. Esos obreros, contados por centenares, marcaron con sus personalidades, ideas y formas la construcción, zafándose rebeldemente de las indicaciones que les daban por años y años los directores técnicos de cada sector. Llegaban, construían y, agotándose en interminables esfuerzos, envejecían y morían ahí mismo, tras décadas de ardua tarea.
Pero por varios siglos no se hizo nada y, como pasó con el Coliseo Romano, la “Dom” permaneció abandonada. El ejército de Napoleón (c. 1860), la usó de corral de su ganado o como prisión. No fue hasta 1880, cuando un rey prusiano le inyectó fondos para continuar, que se colocó la última piedra de las torres. Tan fenomenal y preciso fue el trabajo que gran cantidad de arquitectos e ingenieros de los Estados Unidos, decididos a inundar la ciudad de Nueva York de rascacielos, cruzaron el Atlántico en lentos cruceros para aprender algunos de los secretos de la fenomenal construcción y la forma de trabar los tramos pétreos, dispuestos como las piezas de un inmenso rompecabezas, para lograr equilibrio y altura.

Los tesoros ocultos

La catedral guarda tesoros de inconmensurable valor: un sarcófago con incrustaciones de piedras preciosas es uno de los que mayor admiración motiva. Justamente es ese el que ha atraído a millones de peregrinos, a través de centurias, teniendo en cuenta que recién hace poco más de un siglo y un cuarto que están disponibles para admirarlas.
En ese cofre doble se conservan los restos de los Reyes Magos. Está en la parte del fondo de la catedral, detrás del Altar Mayor y es de color oro. Esos restos fueron traídos desde Milán como botín de guerra por un ministro del emperador Federico Barbarroja (c. 1190). Los visitantes, que suman cientos por hora, toman fotos desde todos los ángulos.
Lo mismo ocurre con los vitreaux que ocupan 11.500 metros cuadrados en los ventanales. Las partes que quedan iluminadas, filtrando la luz desde atrás, son dignos de mirar en detalle, por sus infinitos detalles. Aseguran que tienen 72 colores.
Hacia el final del templo hay, además, un sótano apenas alumbrado, en cuyo interior aparecen escritos en una enorme lápida los nombres tallados de algunos de los hombres más devotos que en vida pasaron por el sitio. Destaca en letras romanas el de Santo Tomás de Aquino, entre varios otros.
Otros tesoros de inmenso valor en exhibición es el enorme crucifijo de Gero, del año 970; la Sillería del Coro, tallada en roble con enorme maestría, de 1310; o la pintura del altar, datada en 1450, realizada por el pintor Stephan Lochner.
Las campanas de la catedral son también enormes y de una sonoridad extraordinaria. Sus tañidos pueden escucharse desde kilómetros a la redonda. Una, la mayor, la San Pietro, tiene un peso de 23 toneladas. Otra, algo más pequeña y de sonido cristalino a la que llaman “La Pretiosa”, acompaña al resto. La torre sur tiene un ascensor siempre abarrotado de turistas, y para llegar a la cimas hay que trepar 509 escalones.
 

La inmensidad del interior pone los pelos de punta. Una cúpula está a 47 metros de altura. La aguja se estrecha hasta el final, más arriba. En la base, caminan innumerables turistas. Vistos de lejos aparecen del tamaño de ratones de pie junto a un muro de decenas de metros de alto.
Días después y poco antes de la partida, estábamos instalados en una banca al lado del ancho y turbio río Rhin, que mostraba su “piel” barrosa y era surcado por pocas barcazas de carga gigantes y apenas un bote de pasajeros, de los que suben y bajan por el curso de agua. Estábamos a seis kilómetros de distancia y podíamos observar el contorno de las grandes torres de la catedral, emergiendo entre la niebla invernal vespertina. Fue entonces que, como una despedida algo tristona que conmueve hasta lo más profundo de nuestro ser, escuchamos los lejanos tañidos de las campanas, que estamos seguros resonarán en nuestros oídos mientras vivamos. Partimos convencidos que hemos podido admirar una de las joyas que ha conseguido construir la humanidad, desde tiempos sin memoria...
 

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