El mexicano Carlos Fuentes formó parte del fenómeno editorial conocido como “boom” latinoamericano, que tuvo lugar entre los años 1960 y 1970. Junto al colombiano Gabriel García Márquez, a nuestro Julio Cortázar, al peruano Mario Vargas Llosa y al chileno José Donoso, revolucionó las letras con su trabajo exquisito y experimental. Hoy, Fuentes sigue siendo un escritor pródigo en obras y en análisis de la realidad continental. La semana pasada fue, junto a Eduardo Galeano, el principal invitado en la Feria del Libro de Buenos Aires. Vino a presentar sus dos últimos libros, “La gran novela latinoamericana” y “Carolina Grau”, ambos de Alfaguara. Antes de los actos oficiales ofreció una conferencia de prensa para unos pocos medios, entre los que estuvo El Tribuno.

El autor de “La muerte de Artemio Cruz” y “La región más transparente”, ganador del Cervantes en 1987 y del premio Príncipe de Asturias en 1994 y en 2009, habló, entre otras cosas, de la novela latinoamericana, de las urgencias de los escritores contemporáneos, de las democracias en nuestro continente, de su amistad con García Márquez y Cortázar, y de la tumba que lo espera en el cementerio de Montparnasse.

En “La gran novela...” habla de la potencia de este género, en un momento en que otros hablan de su muerte. ¿Por qué el optimismo?

La novela debió estar muerta hace mucho tiempo. La tendría que haber matado la prensa, la radio, la televisión, el cine, los medios modernos... Pero no ha muerto porque la novela dice lo que no puede decirse de otra manera. “Crimen y castigo” (Dostoievski) era una noticia breve de la prensa, sobre un caso real. “Rojo y negro” (Stendhal), también. Si nos quedamos en la pequeña noticia periodística, la historia pronto se olvida. No sucede eso si interviene la imaginación y la recreación de un novelista.

¿Cómo eligió a los escritores que integran este mapa de la novela latinoamericana?

No es una enciclopedia, es un repaso personal. Yo hablo de lo que he leído y de lo que me interesa. Sé que hay ausencias. Algunas porque me chocan los autores, no me gustan; otras porque no los he leído. “La gran novela...” es un ensayo de mis lecturas.

¿Cómo ve las democracias latinoamericanas, teniendo en cuenta esto de que el novelista cuenta lo que no se puede decir de otro modo?

Uno escribe independientemente del régimen político. Hay quienes dicen “necesitamos dictaduras para escribir bien”, y en cierto modo es cierto. Es más fácil escribir contra una dictadura que en democracia. Pero creo que hoy, la mayoría de los países latinoamericanos podrían calificarse de democráticos. Algunos están en evolución y, aunque hace 20 o 30 años hubieran apelado al golpe de Estado, hoy ya no. Se han abierto muchos caminos de conducta política, en contextos de diferentes grados de democracia.

Hace muy pocos días una periodista mexicana, Lydia Cacho, advirtió que algunos de los carteles de la droga están llegando al noroeste argentino. ¿Cuál es su análisis?

Este es un problema muy grave en México y en el mundo. Subrayo “en el mundo” porque uno podría pensar en políticas de despenalización locales. Pero, por ejemplo, si México despenalizara, toda la droga se iría a mi país. Es decir que es un problema internacional. Mientras no se llegue a un acuerdo, no se puede llegar a ningún resultado. Hace falta consenso para la regulación de la droga, de otra manera no se puede contra ella, ni siquiera actuando bilateralmente.

En referencia a su país, donde habrá elecciones presidenciales en julio, Fuentes fue lapidario: “Los tres candidatos me parecen mediocres, no ofrecen novedades. Yo hubiera apoyado al actual jefe del Distrito Federal, el izquierdista Marcelo Ebrard, pero no pasó a las generales”. Y amplió su mirada sobre la realidad política continental.

Una vez dijo que los gobiernos latinoamericanos no están fundando propuestas diferentes a las europeas. ¿Es una visión determinista?

No, para nada. Simplemente, las sociedades se han desarrollado más que los Estados en América Latina. Y, a veces, las respuestas de los gobiernos son muy inferiores a las demandas de la sociedad.

Hay sociedades muy pujantes. México es un ejemplo. Allí tenemos 50 millones de personas menores de 30 años. Ningún candidato a la presidencia está hablando de ellos. La política tiene que ponerse a la altura de la sociedad, y no a la inversa. América Latina tiene una continuidad cultural extraordinaria que no se corresponde a la discontinuidad política y económica. Cuando unamos estos dos factores vamos a ser una gran potencia.

Usted tuvo una infancia y una adolescencia bastante trashumante, debido a la profesión de su padre. ¿Cómo lo afectó eso?

Mire, hay muchas maneras de vivir la vida. Yo tuve esa infancia trashumante en que lo primero que aprendí fue a adaptarme a las escuelas, a los nuevos compañeros, a los maestros, a los idiomas de los países adonde iba. Agradecí esto, porque me tocó vivir el nuevo trato de Franklin Roosevelt, a Lázaro Cárdenas en México, al Frente Popular en Chile... Adquirí también una temprana conciencia política, porque mi padre me admitía en las conversaciones de los grandes. De manera que no hay mandamientos. Depende de quién es la persona, cómo aprovecha el tiempo y sus circunstancias. Por otro lado, mantuve a mis viejos amigos. No sé qué fue de las niñas bonitas de mi escuela primaria en Washington; las queríamos mucho pero ahora deben tener unos 80 años. Ojalá se mantengan guapas como eran entonces.

¿Cree que las urgencias de los escritores actuales son muy diferentes a las de su generación?

Hoy ha crecido la cantidad de escritores en América Latina. En el “Boom” éramos diez; en la actualidad hay cientos y la temática es muy diversa. Los del “boom” sentíamos una obligación de contar lo que no se había dicho sobre la historia, pero la generación actual escribe de veinte mil asuntos: de su vida familiar, divorcios, ocupaciones, pesadillas... Pero no hay tema banal si el escritor es bueno.

Entonces no podemos esperar un nuevo “boom” latinoamericano...

No, ya no volverá a existir, a menos que se mueran todos y queden seis.

¿Cuáles son los temas que aborda su nuevo libro, “Carolina Grau”?

Hay un tema muy evidente que es que Carolina Grau, una única mujer protagonista de ocho cuentos diferentes en los que a veces aparece como sirvienta, a veces es una diosa indígena, a veces una mujer de ciencia... Va transfigurándose. Es un juego que hago porque quería pasar de la formalidad de la novela y el cuento a un cuento-novela o novela-cuento.

 

 Aquellas salidas con García Márquez y Cortázar


Carlos Fuentes mueve efusivamente las manos mientras habla, como dibujando en el aire los geniales personajes que, a pedido, rescata del pasado.

 Es amigo de García Márquez y de Vargas Llosa. ¿Alguna vez se reunieron los tres?

Sí, hace mucho tiempo. Celebramos un Año Nuevo en Barcelona, en casa de José Donoso. Eran otros tiempos. ­Qué lástima! Me da mucha pena porque la distancia derivó de malos entendidos.

En 1968, Fuentes viajó a Praga con Cortázar y García Márquez, invitado por Milan Kundera. Checoslovaquia quiso hacer de cuenta esa vez que la invasión rusa no había ocurrido y siguió adelante con la Primavera de Praga. “Llegamos en medio de un frío escandaloso. Pronto nos dimos cuenta de que había un divorcio entre el sistema totalitario y la sociedad. Pero igual nos divertimos. García Márquez se fue a escuchar música sinfónica, Cortázar, jazz. Y a mí me dijeron: "Tú Carlos, les hablas a los obreros'”, recuerda risueño.

El mexicano está escribiendo otro libro, “Federico en su balcón”, basada en Federico Nieztche. “Dios decide darle una segunda oportunidad y lo regresa a la tierra”, adelanta. Para el final, Fuentes deja una confesión: hay una lápida con su nombre, con fecha de nacimiento y puntos suspensivos, en el cementerio parisino de Montparnasse, donde están Cortázar, Porfirio Díaz, Sartre y Beauvoir. “Tengo un monumento muy bonito esperándome”, dice con calma.

 
 

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