El Norte tiene un futuro harto promisorio frenado por el avance de asociaciones como Greenpeace o Fundapaz.

Hasta el humo del palo santo espanta cada vez menos al mosquito portador de enfermedades endémicas.

Caciques sobornables, curacas alucinados, ganaderos en tierra momentáneamente usurpada por ellos, ocupadas sin más apoyo que el clima político del país.

Este es el panorama que nuestra gran Nación, hoy convertida en republiqueta de mentalidades enajenadas que las gobiernan, exhibe ante el mundo una pesadilla grotesca, remedo para el asombro del otrora poderoso Estado donde la propiedad privada era el orgullo de sus habitantes y el ideal de laboriosos inmigrantes.

Hoy, con su Noroeste devastado por una enorme mancha amarilla con jalones de rojo sangre en el mapa de nuestra provincia, escarnio en las rutas tomadas por piqueteros, amargura en grandes superficies demoradas para entrar en producción por leyes dictadas desde la izquierda especuladora que lucra con un gobierno totalitario y otro, provincial, complaciente y al sol que más calienta.

Tomemos como referencia los cuatro puntos cardinales de la geografía de Salta, comenzando por la zona Norte y caliente que limita con Bolivia, de tierras ubérrimas y feraces, con futuro harto promisorio frenado por el avance de asociaciones como Greenpeace, Anglicanos, Fundapaz, ocupas por naturaleza, malacostumbrados para fomentar justificativos y medrar con el apoyo del oficialismo, obsesionado por captar votos a cualquier precio.

La zona se ha marcado de un amarillo, como si la peor de las ictericias hubiera señalado con un lamparón la imposibilidad de realizar desmontes y desbajeramientos con el objetivo de aumentar las superficies cultivables de soja y maíz.

Los propietarios de este ganado “arman su lazo” para atrapar tierras de la siguiente manera: el comprador de buena fe adquiere, por ejemplo, cinco mil hectáreas sobre la base de títulos perfectos, dice la escritura.

Después de tomar posesión como corresponde, con acta de juez de paz departamental, se presenta en el campo.

Cuando la topadora toca el suelo y quiere avanzar, aparecen dos camionetas todo terreno con veinte indígenas y un cacique. Todo esto con exhibición de hachas, machetes, escopetas y revólveres de grueso calibre.

La autoridad policial brilla por su ausencia. Requerida por el desesperado productor, se niega a intervenir porque no tiene órdenes del ministro nacional competente. Total, que el propietario legal se retira, y las huellas y caminos internos siguen siendo transitados entre gallos y medianoche por narcotraficantes.

Trasladamos la observancia al Sur de la Provincia. Allí el progreso, de la mano de productores pioneros, ha logrado adelantos de orgullo.

Una familia tradicional de esta zona proyecta realizar en un faldeo, aledaño a la ciudad, de extraordinaria belleza por su verdor e infraestructura, un country con todas las comodidades que exige la época, cien hectáreas listas para el alambrado perimetral, y a comenzar con la construcción. Pero en un atardecer, que se alarga hasta las primeras horas del día siguiente, se han trasladado más de doscientas familias con carpas, invitando a otros habitantes de los aledaños a invadir el predio. Cuando amanece, los propietarios requieren el auxilio de la fuerza pública. ¿Y quién fue el promotor del atropello? Los intrusos señalan a un edil que les dio la autorización.

Mientras estos hechos se desarrollan en concatenación con otro en pueblo vecino, cinco equipos de camiones con acoplados se han alzado con la cosecha de soja de un productor que de buena fe los había dejado cargar, convencido de que antes de retirarse harían efectivo el pago. El plan del pirata del asfalto era trasladar el producto y pasar la frontera de Brasil. Ya dentro de este país, ¿quién le echa el guante?

Vamos al Este. Chaco salteño. Enormes superficies, de cinco millones de hectáreas, han sido violentadas por la famosa Ley Bonasso, auspiciada por el gobierno nacional. Zona amarilla, como las mariposas amarillas que vuelan a Macondo, para contribuir a que esta tropical región, a la sombra de pueblos, Dragones, Hickman, Pluma de Pato, Morillo, Los Blancos en el límite con Formosa, con esta arbitraria y siniestra ley, quede relegada quién sabe por cuánto tiempo más.

Corzuelas, quirquinchos, chanchos del monte, charatas, base de la alimentación aborigen, van desapareciendo, y hasta el humo del palo santo espanta cada vez menos al mosquito portador de enfermedades endémicas, ya que los lugareños no tienen ánimo ni para soplar el fuego.

Queda, por último, una comarca maravillosa en el Oeste de nuestra provincia: los altos Valles Calchaquíes que discurren desde el pueblo de Payogasta hasta Angastaco y Molinos. Tienen como centro principal el pueblo de Cachi y sus alrededores, custodiados por el imponente Nevado de Cachi. Don Juan Carlos Dávalos en sus veraneos calchaquíes pronosticaba que Cachi, llegado el momento, será la villa veraniega ideal de la provincia de Salta, por su clima, paisaje, ubicación y enclave en las quebradas y valles que los entornan.

Me pregunto, después de hacérselo saber mediante acta notarial a esta enajenada mujer que se hace llamar “Mamusca” con seis o siete autodenominados “caciquejos” que hablan de comunidades originarias en reuniones al estilo Sendero Luminoso, como es que hoy es interlocutora activista en producir malestar social, patrocinado por el INAI. Aquí se ha trocado la humildad tradicional por la insolencia y el desparpajo, y esto es pésima señal.

Todos ellos y los que vengan, pasarán por la justicia penal como usurpadores. Es de esperar que los fiscales de turno le tomen el peso al problema y la policía de Cachi no sea permisiva, porque para ellos también están los jury de enjuiciamiento o la separación del cargo por mal desempeño y negligencia en sus funciones.

 

 

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