Mientras la mayoría de los chicos salteños proyectan sus vacaciones en las playas soleadas o en ciudades distantes llenas de cosas para hacer, en la Puna otros chicos no tienen el asueto anual y sus estudios siguen normalmente.

Se trata de las llamadas “escuelas de verano”; establecimientos como cualquier otro, pero abiertos especialmente den la época estival para zonas donde las temperaturas invernales bajan más allá del cero, haciendo difícil para los niños la asistencia diaria a las escuelas.

Las “escuelas de verano” se encuentran en la región de la Puna salteña, en los departamentos de Los Andes y La Poma.

Asisten miles de niños de las zonas altas de la provincia cuya vida en una región, donde hasta respirar cuesta, dista mucho de las comodidades que ofrecen las ciudades.

Justamente la implementación de las “escuelas de verano” buscó facilitar el acceso de los niños de comunidades distantes a la formación escolar que exige la ley argentina, evitando que deban concurrir a sus escuelas bajo condiciones inclementes. Por esa razón las clases bajo este régimen comenzaban en septiembre y terminaban el 25 de marzo.

Pero luego se decidió que las clases comenzaran en agosto y terminaran en junio del año siguiente.

Como se ve, el espíritu inicial del proyecto -evitar que los niños no sufran las bajísimas temperaturas para poder acceder a sus estudios- ha quedado en un plano posterior a la exigencia de ejecutar la currícula, acercándose en su método al régimen de las escuelas comunes.

Nuevas condiciones

Se solicitó a las comunidades locales que ratificaran la necesidad de la existencia de las “escuelas de verano” bajo estas nuevas condiciones y se decidió que las mismas continuaran funcionando con el nuevo almanaque definido.

“De alguna manera, los padres sienten que en la escuela los chicos tienen una contención que no es fácil de brindar. Ese es uno de los puntos fundamentales a cubrir: la contención”, dijo el director de la escuela 4183 “Victorino Sosa”, de San Antonio de los Cobres.

Agregó que “en el departamento de Los Andes no tenemos un gabinete psicológico para brindarle a los chicos una atención más orgánica. Y los maestros tenemos que aguzar la imaginación y ponernos a estudiar para poder ayudarlos con todo este tema”,

Bajo la mirada del cielo

A 4.000 metros sobre el nivel del mar, San Antonio de los Cobres cuenta actualmente con 7.500 habitantes, aunque en el departamento de Los Andes, del que es capital, hay un habitante cada 2 kilómetros y medio. Trescientos noventa chicos de esa región asisten a la escuela de verano en la “Victorino Sosa”.

La mayoría ya no proviene de las grandes extensiones que se abren en nuestra Puna, sino de los numerosos barrios que han ido fundándose en estos últimos años y que han concentrado a la población dispersa.

Barrios como Alto Molino, Pueblo Nuevo, El Carmen, reúnen a pobladores hasta hace poco campesinos, en una ciudad que, como todas, se debate ante la imposición de los cambios tecnológicos y la cultura de la globalidad.

Un recorrido por San Antonio de los Cobres nos da la idea del cambio que en este momento atraviesa, entre una fuerte tradición andina y las transformaciones que exige la cultura del siglo XXI.

La lucha por preservar la cultura

“Es verdad que los cambios han sido precipitados para la gente, pero justamente desde la escuela buscamos reafirmar los valores culturales tradicionales, para que la identidad no sea una carencia”, explicó el director.

En noviembre pasado, los chicos de la escuela presentaron un proyecto para que el Congreso Nacional declare días no laborables al 1 y el 2 de noviembre, cuando se festeja el Día de las Fieles Difuntos.

“Son fechas muy importantes para la gente de la Puna”, afirmó y agregó que “en esos días, en nuestras casas se reúnen las familias y se cocina especialmente para los vivos y para los muertos. También se hacen panes que son obras de arte. Y se vive muy profundamente la relación con los fallecidos de la familia. Ese fue un proyecto que presentó uno de los estudiantes de esta zona, José Luis Carral”.

Córdoba comentó que “en la escuela también tenemos una comparsa, Los Apatamas, con la que los chicos se divierten en la época de carnaval. Cantamos coplas, tocamos instrumentos tradicionales y, aunque nos hace falta un escenario, terminamos el año pasado con un festival que siempre organiza la escuela desde hace unos 35 años”.

“Con estas actividades buscamos generar reafirmaciones de una identidad que no se tiene que perder aunque se adquieran otros conocimientos”, dice el director.

Córdoba es autor de tres libros donde se rescata la cultura andina salteña: “Apacheta”, “Cacharpaya de los Runas” y “Pachamama”.

Con 42 años, hace cuatro que está al frente de la institución. “Yo también fui alumno de una escuela de verano”, confiesa.

Consecuente con su idea, ha escrito canciones y una zamba para el maestro que le heredó su nombre a la escuela que dirige: Victorino Sosa. “Ser maestro en esta zona es duro, pero también es hermoso”, asegura. “Y no hay nada igual a cuando un chico viene corriendo y te abraza. Ese abrazo, lleno de confianza, de agradecimiento, es único, te estremece del cariño”, se emociona el docente.

Características del
niño de la Puna

El aporte de agua sin arsénico es una de las deudas que se mantiene con la población de San Antonio de los Cobres.

El intendente Leopoldo Salva presentó un proyecto -que aún no cuenta con los aportes para concretarlo- para acercar agua desde El Nevado del Acay, que la brinda cristalina y sana, sin ninguna interrupción a lo largo de las estaciones.

“Muchos chicos se hacen atender por dolor de estomago, tal vez sea por eso, no sé. Después del dolor de estomago, el problema más común es el de la vista”, cuenta Córdoba. “Y problemas del habla. Desnutrición no tenemos, al contrario: el comedor escolar trabaja a pleno; surtido muy bien y a lo largo del año, gracias a los programas que son específicos sobre eso”, cuenta el director.

Apenas un murmullo

Como en todas las escuelas, la jornada en la “Victorino Sosa” comienza muy temprano, con sonidos de escobas y pupitres que se acomodan. Y al rato, de a poco, comienzan a llegar los niños.

Hay algo distinto, que nos llama la atención, aunque al principio no supiéramos de qué se trataba. Al rato, después de dar vueltas por los grados y por el hermoso jardín de infantes, notamos cuál es la diferencia con otros establecimientos similares de puntos distantes de la provincia: aquí no hay gritos. Es el murmullo y no la estridencia, el que acompaña la corrida de los chicos. Se trata de una timidez atávica que cuando adquiere confianza, parece, se transforma en cariño.

“La necesidad de una contención afectiva es muy notoria en los chicos de la zona. Nosotros, los 24 docentes que trabajamos en la escuela, hacemos lo que podemos, pero nos quedamos cortos muchas veces”, contó el docente y recordó que “tuvimos un logro cuando organizamos un encuentro con los padres para dar a conocer las actividades que iban a tener los chicos. No vinieron todos pero fueron muchos... Lo que es significativo, teniendo en cuenta la zona”, relata Córdoba.

Cuenta que “se nos hace difícil que los padres pregunten, se interesen por lo que están estudiando los chicos. Ese es el cambio que tiene que venir y va a ser fundamental cuando suceda”.

En la “salita de cuatro”, donde asisten los más chicos de la escuela, uno de ellos nos sorprende escribiendo. “¿Es tu nombre?”, preguntamos. “Ti”, responde y efectivamente es así.

Esfuerzo premiado

“Uno de los mayores orgullos es ver a uno de los chicos que terminó sus estudios en nuestra escuela, inmerso en su sociedad, produciendo acontecimientos. En noviembre los chicos de sexto viajaron a Tecnópolis porque ganaron esa posibilidad gracias a un proyecto que presentaron a la Nación. Los chicos estudiaron la baja en el número de lagartos que se veían tradicionalmente a la vuelta de San Antonio y ganaron. Con eso pudieron conocer Buenos Aires. Tuvieron una experiencia increíble, que nunca se van a olvidar. Se imagina lo que es ir de la Puna a conocer la cancha de Boca, a pasear por avenida de Mayo”... expresa.

Finalmente, aclara que “sabemos que los cambios tecnológicos y culturales son irreversibles, pero hay que acompañarlos, dotarlos de una base firme: la identidad”.

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