En el área centro andina y especialmente en la Puna Argentina las aguas subterráneas que llegan a la superficie dan lugar a una serie de manantiales de muy diversa tipología. Los hay de aguas frías y de aguas calientes o templadas; de aguas dulces, salobres o saladas; en las quebradas de los cordones montañosos, y en los volcanes o en las márgenes de los salares. Algunas dan lugar a vegas y bofedales, que son preciosos oasis en el reseco desierto. Otros representan lentas salidas de aguas en edificios travertínicos de viejos géiseres extinguidos. Los hay alineados en el borde de los salares y salinas donde las aguas llegan a la superficie disolviendo las arcillas saladas o la sal y dando unos manantiales circulares muy vistosos. Son los llamados “Ojos de Mar”, que de por sí constituyen un gran atractivo turístico. ¿De dónde viene esto de “Ojos de Mar”? Probablemente fueron los españoles de la conquista quienes se cruzaron con ellos en sus derroteros andinos. El color verde a turquesa de las aguas, su formato circular en superficies planas, su forma de ojos con una graduación de tonalidades desde los bordes claros hasta el centro oscuro, la profundidad y la composición salobre a salada de las aguas, fueron motivo suficiente para crear una analogía con algo relativo al mar. Más aún teniendo en cuenta que durante mucho tiempo se explicaba a los propios salares como restos de antiguos mares desecados. Hoy sabemos que los salares andinos nada tienen que ver con el mar y que por el contrario son depresiones cerradas continentales, a 4000 m de altura, que concentraron las aguas que fueron lavadas de las rocas de la región, especialmente las volcánicas, y que esas aguas se evaporaron por la especial situación climática regional de sequedad y aridez. Existen realidades a la par que mitos y leyendas sobre estos curiosos Ojos de Mar. Por empezar hay que descartar que tengan que ver con el mar ya que ello desafiaría cualquier ley física de los vasos comunicantes. Pueden ser todo lo profundos que se quiera, pero esa profundidad tiene un límite que se agota en el acuífero que les da origen. El color de las aguas es producto de la reflexión solar sobre los depósitos que yacen a poca profundidad y son generalmente claros lo que da tonalidades azuladas hasta verdosas. Cuando el fondo es blanco el color de reflexión de las aguas es azul turquesa. El centro es oscuro por la profundidad y el diseño telescópico de los pozos que semejan un embudo con la boca ancha y luego el estrechamiento del tubo que conduce el agua desde los acuíferos profundos hasta la superficie. La primera vez que los vi fue a principios de la década de 1980 en el borde del salar de Antofalla en oportunidad que exploraba la geología de la Puna en busca de nuevos yacimientos minerales. De verdad me pareció estar ante un cíclope que me estaba observando. Al mirarlo fijo tenía una sensación como de estar siendo hipnotizado. Había también una llama flotando que no hizo pie y se ahogó. Luego me enteré que los pastorcitos tenían absolutamente prohibido por sus mayores acercarse a los pugios o puquios como se les llama en quechua. Dicen que estos puquios les atrapan el espíritu. Eso los obliga a que venga el curandero para hacer toda una ceremonia de ofrendas a la Pachamama con el objetivo de traer el espíritu de vuelta a quién sufrió su pérdida.

Es preciso destacar que, existen realidades a la par que mitos y leyendas sobre estos curiosos Ojos de Mar

Una de las ceremonias consiste en ofrecer al puquio el corazón caliente de una oveja negra, convidar a la tierra con comida (corpachar) y vociferarle al espíritu para que regrese. Eric Boman en sus viajes a la Puna en 1901 y más tarde Néstor Homero Palma en su libro de la medicina popular del NOA (1978), se ocuparon de describir estas cuestiones del susto, la pérdida del alma o el “agarrar la tierra”, con el daño físico que producen en los individuos afectados y las correspondientes curaciones. Tal vez el miedo a los puquios, pienso, tenga que ver con que los pastores de la Puna no saben nadar por la sencilla razón de que no hay ríos o lugares donde aprender y además por las bajas temperaturas de las aguas. Probablemente eso dio en el pasado remoto muchos accidentes al tratar de salvar a los animales que se ahogaban o simplemente al caer dentro del pozo y no hacer pie. De allí tal vez el susto y el respeto que estos puquios les imponen. Luego tuve oportunidad de visitar decenas de puquios a lo largo y a lo ancho de la Puna y otros lugares de los Andes Centrales para estudiarlos en su origen y evolución. Salares como Pocitos y Pozuelos toman precisamente el nombre de este fenómeno. Se cuenta que fue en el salar de Pocitos donde los hermanos Acoria hicieron desaparecer el cuerpo del vicuñero catamarqueño Isidoro Reales al cual le robaron los cueros de vicuñas, lo mataron y luego en macabra ceremonia lo asaron y devoraron parte del cuerpo. El célebre comisario Saturnino Puca, que fuera quién los atrapó, a pesar de haber llevado cuerdas y ganchos, nunca hizo fondo en estos pozos lo que aumentó el mito sobre su profundidad y también la postrera liberación de los inculpados al no encontrarse jamás el cuerpo del delito. Uno de los “Ojos de Mar” que tiene fama turística es el de Tolar Grande, lugar donde se descubrieron estromatolitos vivos, esto es unas curiosas estructuras algales carbonáticas como las que se encuentran hoy en las playa marina de Shark Bay en Australia. Estos estromatolitos yacen también de a millones en las formaciones rocosas calcáreas del Cretácico y Paleógeno del norte argentino y se los puede ver excelentemente representados en el perilago de Cabra Corral y en el Cañón del Río Juramento cuando se hace rafting. En realidad los puquios más perfectos son aquellos que ocurren en el interior de viejos géiseres extinguidos. Estos son pequeños “volcanes” formados por antiguas erupciones de aguas calientes, donde se reconoce un edificio carbonático de travertinos formado por un cono, una chimenea y un cráter que pueden estar secos (como los géiseres de Botijuelas en la orilla centro-

occidental del salar de Antofalla) o con aguas salobres y ferruginosas que presentan burbujeo de anhídrido carbónico como los de Volcancito, en el pueblo de Santa Rosa de los Pastos Grandes. En realidad están asociados a la actividad volcánica y están distribuidos en gran parte de la Puna y de los Andes Centrales. Algunos todavía mantienen actividad geiseriana como los de El Tatio en Chile. Mito y realidad, magia y ficción, ciencia y misterio se mezclan alrededor de estos fascinantes fenómenos geológicos de gran valor para la ciencia y para el turismo.

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