Como tantos otros, su nombre ha desaparecido de las páginas de textos y manuales. Sin embargo, hacia la década de 1940 sus obras técnicas y de divulgación científica inundaban las imprentas de editoriales argentinas y españolas. El sabio jesuita catalán Ignasi Puig i Simon, quién trasladó su nombre a Ignacio Puig, nació en Manresa el 14 de diciembre de 1887 y murió en Barcelona el 16 de octubre de 1961, a los 73 años.

Si bien realizó la mayor parte de su carrera científica en España, su paso de una década por Argentina, dejó en el país una marca indeleble para la ciencia y los historiadores de la ciencia. Puig cursó sus estudios básicos en Manresa donde se destacó por sus dotes intelectuales. Incentivado por los jesuitas ingresó en 1903 en el seminario de la Compañía de Jesús y fue ordenado sacerdote en 1920. En un principio se dedicó a la enseñanza de la Teología y la Filosofía. Sin embargo se sintió fuertemente atraído por otras cuestiones que interesaban a los jesuitas como eran las relacionadas con la física y la astronomía, en especial la influencia del Sol en nuestro planeta; en la vida en general y en la vida del hombre en particular.

Durante varios siglos los jesuitas crearon observatorios astronómicos a lo largo y ancho del planeta con la secreta intención de develar o respaldar científicamente los misterios de la creación. Sin apartarse del dogma, conocer la edad del Sol y la edad de la Tierra eran las claves para acercarse a los grandes misterios sobre el origen. La ciencia jesuita realizó avances notables para el conocimiento científico universal. No debe olvidarse que fue un jesuita belga, Georges Lemaitre, el primero que planteó lo que hoy se conoce como la teoría del Big Bang. Y como Lemaitre hubo otros cientos de grandes sabios de la orden que se destacaron a nivel mundial. Puig profundizó en tres campos mayores: Física, Química y Astronomía. Fue profesor del Instituto Químico de Sarria desde 1921 hasta 1924. Ya en este tiempo comenzó con la preparación de textos de uso general destacándose los de Química. En 1924 publicó el "Vademécum del Químico". Durante una década, desde 1924 a 1934, fue nombrado subdirector del Observatorio Astronómico del Ebro, en Roquetas, donde se hizo cargo de la sección de corrientes eléctricas, magnéticas, telúricas y atmosféricas. Durante este tiempo publicó asiduamente en revistas técnicas sobre las observaciones realizadas.

Resulta destacable que en 1926 firmó un par de artículos con el famoso astrónomo francés Camile Flammarion en L'Astronomie, "Le Reveil de l'Activité Solaire", y en el Bulletin of the Société Belge d'Astronomie, "Note sur la tempˆte électromagnétique du 25-26 jan 1926". También dio a conocer en 1927 un trabajo sobre "El Observatorio del Ebro". Entre los textos publicados en ese periodo se tienen, entre otros, "Determinación de los coeficientes en las reacciones químicas por valencias positivas y negativas" (1927), "Curso general de Química" (1927), "Astronomía popular" (1933) y "La edad de la Tierra" (1934).

En el ínterin, la Santa Sede le solicitó la creación de un observatorio en Adís Abeba por lo que viajó a Etiopía en 1930, no pudiendo lograr su cometido por la difícil situación política de aquellos tiempos entre el ejército de ocupación italiano y los independentistas etíopes. En 1934 se le confió la creación de un observatorio astronómico en Buenos Aires. Argentina ya contaba con el famoso observatorio de la Academia de Ciencias de Córdoba que había creado Sarmiento y para cuyo fin contrató al norteamericano Benjamín A. Gould a mediados del siglo XIX.

En el Conte Grande

De acuerdo con el historiador de la ciencia S. Paolantonio, Puig llegó a Buenos Aires el 24 de agosto de 1934 a bordo del buque Conte Grande y fue recibido por numerosas autoridades. Fundó el Observatorio de Física Cósmica de San Miguel que aún sigue funcionando. El edificio albergaba los instrumentos de medición y registro de corrientes telúricas, potencial atmosférico, conductividad eléctrica del aire, presión barométrica, dirección y velocidad del viento, el archivo, la biblioteca, el laboratorio fotográfico y al aire libre en casillas de tela metálica, se habían montado aparatos para registros atmosféricos y determinación de números de iones.

El Observatorio de San Miguel se enfocaba en tres secciones a saber: 1) la Astrofísica para el estudio físico de estrellas y planetas, en particular el Sol y la Luna, así como los rayos cósmicos; 2) la Electrometeorología para la investigación de la electricidad atmosférica y de la meteorología convencional, y 3) la Geofísica, para el seguimiento de los fenómenos sísmicos, magnéticos y eléctricos de la corteza terrestre. Es interesante destacar que por primera vez en el país se comienza con el estudio de los rayos cósmicos, las ondas hertzianas y las corrientes telúricas. Puig escribió semanalmente artículos de divulgación en el diario El Pueblo (más de 400 artículos) y dio más de 350 conferencias radiofónicas en la Radio del Estado. Viajó a todos los países limítrofes de Argentina para participar de actos de divulgación científica. Fue nombrado miembro de la Sociedad Argentina de Cosmobiología y miembro honorario de la Academia de Ciencias de Río de Janeiro.

En 1944 regresó a España donde dirigió hasta su fallecimiento la revista científica Ibérica. Entre 1951 y 1960 publicó cientos de artículos en la sección "La ciencia y la técnica al día" del diario La Vanguardia. Fue un infatigable publicista y divulgador científico.

Además de los artículos técnicos, científicos y periodísticos fue autor de un centenar de libros de texto para la enseñanza secundaria y universitaria, así como libros de divulgación.
 Sobre temas de interés médico publicó “El sol y la tuberculosis”, “El sol y el cáncer” y “Las virtudes curativas del cloruro de magnesio”, entre otros. Sobre cuestiones de la Tierra y el cosmos publicó “La expansión del universo”, ¿Cómo empezó el mundo?, “La paralización del mundo”, “Movimientos lentos de la Tierra”, ¿Cómo y cuándo acabará el mundo?, ¿Influye la Luna en la Tierra?, “El fin del mundo”, “La materia interestelar”, “Los rayos cósmicos”, ¿Qué es la física cósmica?, “Materia y energía” e “Influencias lunares”, entre muchos otros. Sobre la vida en otros planetas publicó ¿Hay habitantes en Marte?, “La pluralidad de los mundos habitados”, ¿Existen otros mundos habitados?, y varios textos, atlas y manuales de astronomía. De interés práctico publicó “Manual de pequeñas industrias”, “Manual de industrias de bebidas”, “Gran formulario industrial” y “Química práctica”, entre otros. Como textos de enseñanza secundaria publicó “Química Inorgánica”, “Química Orgánica”, “Mineralogía”, “Geología”, “Física”, “Cosmografía”, “Manual de astronomía” e “Historia natural”. Sobre energía atómica y satélites publicó, cuando estos temas recién comenzaban, libros como “La bomba atómica”, “La energía nuclear”, “El satélite artificial”, “Los satélites rusos y americanos” y otros títulos.
Entre los temas misceláneos pueden mencionarse “Los rayos Gurwitsch o mitogenéticos”, “Las corrientes vagabundas”, “¿Se aproxima una sequía universal?”, “El Observatorio de San Miguel”, “Biblioteca científica del Observatorio de San Miguel”, “Los recientes progresos en electrónica”, “La conquista de la estratósfera”, “Teoría físico-matemáticas”, “La astronomía contada con sencillez”, “Los recientes progresos en química”, “Los accidentes eléctricos” y “El planetario Zeiss”, entre decenas de otros títulos.
Resulta sumamente destacable que este sabio jesuita, astrónomo, físico y químico, haya publicado la parte central de su monumental obra científica y divulgativa en nuestro país. 

 

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