El Museo de Bellas Artes Benito Quinquela Martín cumple 50 años

Reza un adagio que el hombre superior no guarda lo que tiene para sí, sino que lo da a los demás y cuanto más da a los demás más tiene para sí. El significado profundo de esta sentencia les sale al camino a Carlos Alejo (72) y Alberto Amelio (61) Ronco cada vez que visitan Rosario de la Frontera y los pobladores les recuerdan la labor que dejó allí su padre, Amelio Ronco Ceruti. 
El 12 de octubre del 1968 Amelio fundó el Museo de Bellas Artes Benito Quinquela Martín, que hoy cumple 50 años. 
Ronco Ceruti nació en Santa Isabel, un pueblo del sur de Santa Fe. Tanto la estancia durante cinco años en su casa del escultor y tallista italiano Carlos Scappa como el hecho de que viviera cerca de allí Domingo Zuliani, pintor de la Academia de Brera (Italia), hizo surgir en Amelio una irrenunciable vocación por el arte. 
Así, a los 18 años se estableció en Buenos Aires y se inscribió en el colegio Pío IX de Cultura, Arte y Oficios, de donde egresó con medalla de oro y donde tuvo como profesor al gran escultor Juan Solé y Valls. Luego, estudió en la Escuela Nacional de Bellas Artes Prilidiano Pueyrredón. En la década del 70 el pintor, escultor, profesor de arte y coleccionista visitó Rosario de la Frontera con su esposa, Adela Álvarez, y su hijo menor. 
La ciudad termal y su gente le despertaron sentimientos que lo llevaron a comprar una casa derruida en la calle San Martín 456, desde donde se propuso promover las artes visuales entre los niños de la zona. “Mi papá era un apasionado por la difusión del arte. Su lema era ‘arte argentino, cultura para el pueblo’, y buscaba que en cada rincón de Argentina se conociera el arte. El de Rosario de la Frontera funciona en simultáneo como escuela de arte y museo. También fundó otro en la ciudad de Metán, que lleva su nombre, y casi 200 escuelas y talleres de arte, incluso en Perú, Bolivia y Paraguay. Las creaba donde hallaba apoyo de artistas y sociedades de fomento”, relató Carlos a El Tribuno. 
En 2002 Amelio vendió la casa a la Provincia de Salta y donó su biblioteca personal especializada en arte y más 260 piezas que habían sido compradas por él o intercambiadas por obras suyas a sus amigos artistas. De esta manera la colección del Benito Quinquela Martín se compone de esculturas, pinturas, dibujos y grabados de artistas argentinos de mediados del siglo XX, como el pintor de La Boca, Noé Da Prato, Pablo Tenti, Luis Perlotti, Torcuato Tasso, Agustín Riganelli, Antonio Pujía, Medardo Pantoja y Santiago Chierico, entre otros. Su cercanía con Quinquela Martín lo hizo destinatario de elementos que formaban parte del taller del célebre pintor de La Boca, como la mampara. 
“En sus últimos años Quinquela Martín no salía de La Boca ni viajaba a ningún lado, pero se tomaba un colectivo o lo llevaban en auto hasta Vicente López, a la casa de mis padres. Fueron muy amigos y él le presentó a otras figuras como Juan de Dios Filiberto”, recordó Carlos. Él es anticuario y en el arte incursionó en escultura. Leonor Inés (69), la hermana que le sigue, es profesora de Arte y se dedicó a la enseñanza y Alberto Amelio, el menor, fue anticuario y ejerce su profesión de abogado. 
“Cuando llegamos nos sorprendimos por cómo lo recuerdan tan bien a mi padre. Decía Benito Quinquela Martín que ‘la felicidad no consiste en poseer, sino en dar’ y que él se sentía feliz cuando veía que otros lo eran por el esfuerzo de él. Creo que esto, además del arte, lo unió tanto a mi padre. A él no le importaba el valor económico de las obras, aunque valen mucho dinero, sino que las disfrute la gente que no tiene posibilidades de acercarse al arte”, comentó emocionado Carlos. Y la comprensión de Amelio de por qué las clases populares debían tener acceso al arte cabe en un fragmento de entrevista que concedió al diario Río Negro, poco antes de morir, en 2002: “Trabajaba en los ferrocarriles del Estado en Boulogne para hacer la limpieza de talleres desde las 4 de la madrugada hasta las 15. Luego me tomaba el tren a Retiro para ir a la Academia, a la que llegaba corriendo 25 cuadras, no sin antes recalar en un bar donde me esperaban con un café con leche y un sándwich. Estudiaba hasta las once de la noche”. 

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