Que sea un baño de humildad

Que esta piña sea el baño de humildad necesario antes de la tan proclamada “refundación” que se impone. Porque para refundar, primero hay que saber dónde estamos parados, observar, repasar los errores aunque duelan, machacarlos y aprender de ellos para enriquecerse, un proceso necesario para cualquier proyecto que intente ser competitivo con el foco puesto en esos tortuosos cuatro años entre mundial y mundial.

Otra vez, las imágenes del gesto impávido de Messi y las lágrimas de Mascherano vuelven a ser las diapositivas de una película repetida, aunque esta vez no habrá excusas sustentadas en situaciones puntuales de juego que juzgan a un chivo expiatorio por una ocasión dilapidada, porque la caída fue inapelable.

Nos ganó, y bien, un equipo ampliamente superior que nos dio un sopapo de realidad que nos obligará a volver a empezar, conscientes de lo que tenemos, entendiendo que ya no se gana con “mística, camiseta, historia, garra y corazón”, y que ya no somos la potencia futbolística de antaño, mal que nos pese. Cada vez son menos los jugadores argentinos que pelean primeros puestos de Champions League, como referencia para entender dónde estamos hoy.

Ahora, con el final de una generación de grandes futbolistas, que no pudieron acumular un solo título con la selección mayor, habrá que rearmar las migajas con la percepción de que un vacío generacional se aproxima.

El pésimo trabajo de las selecciones juveniles, la crisis estructural del fútbol argentino y la escasa proliferación de futbolistas que vienen “desde abajo”, sobre todo en defensa, vislumbra un panorama poco alentador. Pero hay que levantarse igual. Y volver a rearmarse con lo poco que tengamos.

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