El lenguaje inclusivo que no “todos, todas y todes” aceptan

En medio de un fuerte movimiento de mujeres y colectivos de la diversidad que claman por derechos, respeto y reconocimiento, empezó a asomar una nueva forma de comunicación que intenta incluir a quienes no se sienten identificados con los géneros binarios de masculino y femenino. 
La exigencia de un lenguaje no sexista permitió referirse a las mujeres nombrándolas específicamente y así empezó a distinguirse entre “ellas y ellos”, “nosotros y nosotras” y “todos y todas”. Después apareció la “X” o el @, más vinculados con la diversidad de género y con la oposición a ese sistema binario que impone dos géneros como único. 
Pero en medio de las marchas, protestas y exposiciones a favor de la ley de despenalización del aborto, empezaron a escucharse (sobre todo en los más jóvenes) expresiones que reemplazan las “O” de los masculinos genéricos por la “E”, una vocal neutra que no se identifica con ningún género y a diferencia de la “X” o el @ puede trasladarse al habla sin inconvenientes. 
Francisco “Paco” Fernández, profesor extraordinario consulto de la UNSa y que dictó por mucho tiempo la cátedra de Historia de la Lengua en la carrera de Letras, dialogó con El Tribuno sobre este movimiento que genera controversias entre adeptos y detractores. “Una aptitud intelectual de la media para arriba que intenta imponer desde un grupo influido por algunas personas no es lo propio del idioma. Por eso se escuchan muchas opiniones distintas cuando un grupo de personas quiere innovar de esta manera, puede hacerlo si es que tiene escucha y repuesta en los demás y lo va pergeñando y lo va imponiendo. Pero cuando normalmente se producen modas que aparecen y desaparecen cuando no hay una aceptación que se incrementa de lo poco hacia la generalidad, que es el criterio que tiene la lengua, desde abajo hacia arriba. Y no como intentan hacer con este lenguaje desde arriba hacia abajo”, sostuvo el docente. 
Para Fernández, estas propuestas tienen una “media” aplicación porque cuando avanzan “dos o tres renglones o 15, 20 palabras cometen el error de no ser consecuentes con lo que proponen”. 
“La propuesta es a medias. Para que cambie tendría que tener un tiempo de uso de mucha gente para que además el cerebro se prepare para eso. Por generaciones hablamos con el masculino inclusivo, y por más que tengamos que reprocharle que viene de una actitud machista y no queremos sostenerla, pero estamos todos condicionados por eso. Incluso en la lengua espontánea tendríamos que controlarnos para no hacerlo así como nos han enseñado nuestros padres y nos ha transmitido la sociedad entera”, acotó. 
Por supuesto que hay quienes valoraron positivamente la introducción de la “E” para referirse a colectivos que aglutinan, no solo a mujeres y varones, sino también a otras identidades que no se sienten comprendidas en ese binomio.
Tal es el caso de Fernanda Álvarez Chamale, profesora que cuenta con licenciatura y doctorado en Letras, además de estar especializada en Sociología de la Lectura y la Escritura a través de Flacso y actualmente está al frente de tres cátedras en la Facultad de Humanidades de la UNSa. “Es necesario diferenciar que el sistema de la lengua brinda una serie de normativas vinculadas al uso gramatical, mientras que el uso de la lengua es la comunicación que llevamos adelante en distintos contextos a diario y tiene sus propias reglas”, señaló. 
“Desde que existe el discurso feminista, pero por sobre todo las prácticas feministas hay una especie de resistencia en relación con lo que impone la lengua en su eje heteronormado. De hecho, la lengua castellana, tal como está regulada y como se la enseña, está fundamentalmente atravesada por ejes de carácter que rigen la normativa de género masculino. El masculino puede nombrar lo universal, no así lo femenino. Lo femenino, o el uso de la ‘A’ nombran a una singularidad”, describió Álvarez. 
Es importante destacar que la profesional es una activista feminista y aclara que no existe una teoría feminista que diga: “Vamos a hablar con lenguaje inclusivo”. 
Según indica, el feminismo lo que hace es resistir a la norma “heteronormada”, resistir los discursos y las prácticas que tienden a eliminar las diversidades de género, las diversidades sexuales y las diversidades culturales. “El discurso recibe un impacto del feminismo en relación con la posibilidad de ‘deslinguar’, la lengua normada”, aclara. 

¿Llegó para quedarse?
En las últimas horas trascendió la exposición de Milagros Peñalba, la adolescente salteña, en el Senado de la Nación, donde se debate la legalización del aborto y se realizan ponencias a favor y en contra. 
Al finalizar su argumento aclaró que no hizo uso del lenguaje inclusivo “debido a la diversidad de público, pero me hubiese encantado usarlo”. 
De la misma manera consultada por este medio la joven comentó que el lenguaje inclusivo “ya es algo nacional, a mí me está costando pero es algo muy importante”. 
En algunos colegios de Buenos Aires se animaron a bordar en las típicas camperas de fin de curso el término “egresades”. En Salta no hay registro de un atrevimiento similar pero algunos grupos anticiparon que si usarán la “X” en reemplazo de la “O”. 
Para Fernández no es imposible un cambio que acepte e incorpore este lenguaje inclusivo, pero aclara que “si un cambio de esta naturaleza se diera en la sociedad, tendría que generalizarse y además tendría que implantarse de alguna manera en el cerebro para que todo el mundo pueda usar esa innovación. Así surgen las innovaciones.”
“Tenemos un esquema que es bastante complejo, que es la explicación por la cual no es aceptable una propuesta de un grupo que venga desde arriba, por más que sea de mediano conocimiento o lo que sea, y no que venga desde abajo, que es de toda la sociedad implantando eso”, afirmó el catedrático. 
El cambio para lograr una mayor igualdad no se va a lograr con el idioma, sostiene Fernández, quien además considera que no tiene sentido, ya que se hace “en cierta manera, sin ser consecuentes. Lo hacen por un rato pero no siempre”. 
En contraposición la representante feminista cree que esto es una mutación social y que no hay ninguna institución que se ponga a la par de los cambios que se producen por fuera. No hay ninguna institución que se adapte totalmente a las transformaciones sociales, culturales, y de ahí vienen las dificultades para trabajar desde la diversidad. 
“Pero las resistencias lingüísticas y culturales no tienen que ser necesariamente reconocidas por las instituciones. Una vez que se legitima y se institucionaliza una transformación pasa a ser parte de la lengua normada”, apuntó Álvarez.
Y llama a la reflexión sobre el tema de una manera que va más allá del solo hecho de cambiar una letra. “El uso diverso de la lengua tiene que ver con incluir. Pero ¿incluir qué?”. “Cómo hacemos para nombrar a aquellos que no se identifican como varón ni como mujer, cómo hacemos para identificar y nombrar también a identidades disidentes que son muchas, también”. 
No es fácil, el tema es complejo, tiene que ver ni más ni menos con la libertad de identificarse desde un lugar social. “Se están construyendo nuevas identidades sociales, de género, y la idea es que podamos abrirnos a la posibilidad de darles un lugar, incluirlas desde todos los ámbitos, entre esos el del lenguaje, el de la comunicación”, insistió la docente. 
“Francamente, no me imagino un futuro con lenguaje inclusivo totalmente legitimado, pero sí me imagino transformaciones en la lengua, digamos aperturas, como posibilidades de que también se pueda usar un ‘todes’. Pero no sé cuándo la institución se abrirá a eso: por una parte muestra una apertura, pero también puede que esté ‘jugando’ a ser abierta. Desconfío. Pero no desconfío de los niños ni de los adolescentes que lo incorporan de manera natural”, concluyó. 
La resistencia
Julieta Rivera es antropóloga y responsable del área de Promoción de Equidad de las Mujeres de la Subsecretaría de Género de Salta. Para ella, el lenguaje crea y ordena realidades y lo que no se nombra no existe. “Hay una resistencia a visibilizar conjuntos de la sociedad que no son considerados importantes para el discurso patriarcal. Si bien es una tendencia que empezó a gestarse en grupos feministas y en los colectivos de la diversidad sexual, ahora son los más jóvenes quienes están haciendo uso de este lenguaje”, aclaró la funcionaria.
“Por supuesto que genera resistencia. Si hablar en términos de mujeres y visibilizar la presencia de las mujeres genera un rechazo, imaginen un lenguaje inclusivo que amplía el horizonte y rompe con el binarismo”, agregó. 

“Todes” las voces de los especialistas. A favor y en contra 

Julieta Rivera- Antropóloga: “Hablar de ‘chiques’, por ejemplo, genera un espanto para el discurso patriarcal. Pero los discursos son construcciones culturales, no son naturales y tienen una historia de luchas sangrientas. Reconozco que me cuesta incorporarlo, pero celebro que el lenguaje se empiece a democratizar en este sentido”. 

Francisco Fernández- Docente: “El idioma puede contribuir, es cierto, pero más que contribuir en algo, no puede hacer mucho. Lo cierto es que con esta pretensión que tienen algunos grupos, no es posible hacerlo desde arriba hacia abajo. No se puede construir con un cambio radical que se impone desde arriba, una sociedad que deje de ser machista a feminista.” 


Fernanda Álvarez Chamale- Docente: “Lo importantes es que el feminismo no busca imponer nada. Simplemente usa. Usar lenguaje inclusivo en determinados contextos puede generar que se rían o te hagan pasar un mal momento. Pero en otros contextos usar una lengua inclusiva muestra alojamiento del otro, registro de la alteridad que no es poco”.
 

 

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