Tartagal despide a una mujer visionaria que, en nombre de Cristo, amó y edificó

“Bienaventurados los pobres en espíritu, pues de ellos es el reino de los cielos / Bienaventurados los de limpio corazón, pues ellos verán a Dios” (Mateo 5:3-12).


María era su nombre de nacimiento y lo cambió en julio de 1941 por Antonieta al profesar los votos perpetuos. Había nacido en Nápoles el 10 de abril del 1922 y desde los 15 años desarrolló una extensa y prolífica trayectoria religiosa y educativa tanto en su tierra natal como en Argentina. 
Antonieta estudió la carrera docente en Roma y al llegar a nuestro país se desempeñó en el colegio que la orden de las religiosas Clarisas Franciscanas Misioneras tienen en Buenos Aires, el colegio del Santísimo Sacramento, como profesora de Ciencias Naturales.
Promediaba 1962 cuando arribó a Tartagal para desempeñarse como directora del Colegio Santa Catalina de Bolonia. Paralelamente, era docente del tercer ciclo (Magisterio) a la vez que en su tarea religiosa se desempeñaba como superiora provincial de la congregación de Jesús Sacramentado de Argentina y Bolivia.
Dicho así, parecería el trabajo de cualquier religiosa que inspirada en su vocación, emigra desde Europa hacia cualquier país emergente; pero si se mira a María Antonieta Sangermano un poco más de cerca aparecen en ella valores que cualquier mujer -religiosa o laica- querrían poseer. 

Antonieta no era solo la directora, la apoderada legal de un colegio religioso, la superiora de una orden religiosa; era mucho más que eso. Nunca necesitó levantar su voz con ese acento italiano tan característico -que algunos de sus alumnos solían imitar y ella lo sabía-, porque el respeto que inspiraba provenía de su autoridad tan dignamente ganada. 

En tiempos en que a las mujeres no se les ocurría reclamar por sus derechos, Antonieta los ejercía para sí pero también para las cientos de alumnas y docentes que pasaban por las aulas del Colegio Santa Catalina. Su visión se prolongaba de tal manera en el tiempo, que el colegio que dirigía fue una de las primeras instituciones educativas religiosas de Argentina en ser mixta porque seguramente entendió el sinsentido de aislar a varones de mujeres.

Cuando poco se hablaba de ecología, impuso como uno de los principios rectores -en sintonía con el carisma franciscano- el cuidado y la preservación del medio ambiente. Solo basta ingresar a las instalaciones del colegio, de la capilla, del gimnasio, de la vivienda de las religiosas, para entender lo que la naturaleza significaba para ella. 
Se puso sobre los hombros la responsabilidad de darle a la educación física las instalaciones que los alumnos del colegio pero también de otras instituciones educativas necesitaban, como canchas, una piscina olímpica que demandó una gran inversión, un gimnasio y un minicomplejo.

Cuando la tecnología se perfilaba como el gran desafío en materia educativa, dotó al colegio de un laboratorio de informática y contrató el personal que esta actividad moderna requería. Recorría con entusiasmo las obras cuando se construía un sector exclusivo para las salas de nivel inicial que hace tantos años reciben a niños de 4 años, o cuando caminaba otros espacios a medio construir con los que hoy cuenta el colegio, una de las instituciones mejor dotadas a nivel edilicio de toda la región.
Era una mujer incansable que comenzaba su actividad antes del amanecer y solo se entregaba al descanso bien avanzada la noche. Visionaria, innovadora, tenaz. Se interesaba por todo lo que le pasaba a Tartagal, Aguaray, Mosconi, Campamento Vespucio, de donde provenían sus alumnos. 
Estaba pendiente de cada docente, de cada religiosa. Cuando una tragedia empañaba la vida de una familia, la acompañaba con una entereza tal que será muy difícil volver a encontrar. Todo, absolutamente todo lo hacía con serenidad, con alegría, con humildad y una gran sencillez.
Los católicos sabemos que esa fuerza arrolladora, esa audacia misionera no venía solo de ella. A Antonieta Sangermano la inspiraba el Espíritu Santo que aplicaba, trabajaba en ella cada día de su vida, fecundando en su alma valores y virtudes inéditos. Si cometió errores, apenas serán una línea en el libro de su impecable vida.
La gente que la acompañó durante la misa de cuerpo presente en la capilla del colegio, concelebrada por los sacerdotes de la región, derramaron sinceras lágrimas por la madre Antonieta. Partió rodeada por sus hermanas más entrañables de la congregación religiosa, quienes llegaron de Argentina y de Bolivia para abrazarla. Seguramente sintió el amor, la gratitud que todos le expresaron en silencio. Con un cerrado aplauso que retumbó con fuerza dentro de la capilla y del alma de los presentes, le dieron ese último adiós. 
Quienes somos orgullosos exalumnos del Colegio Santa Catalina sentimos que con la desaparición física de la hermana Antonieta algo se pierde dolorosamente en Tartagal, su lugar hace casi 60 años. Decirle gracias por su entrega total sustentada en sus votos de pobreza, obediencia y castidad, parece muy poco para tan grande figura. Solo imitándola -aunque sea mínimamente- en la tarea que a cualquier norteño le toque desempeñar en esta sociedad, será una buena forma de honrar la memoria de esta sor italiana que dejó por siempre su huella imborrable de amor en Tartagal, su pueblo, su lugar en el mundo. 

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