OpiniĆ³n
Anticlericalismo de opereta

La estrategia anticlerical, muy visible en Salta, es pertinaz pero inconsistente. Tanto que la presencia de uno de los mentores del laicismo terminó en un "blooper legislativo" del que salieron mal parados los diputados salteños y en especial el presidente de la Cámara, Manuel Godoy.

El convocante Horacio Verbitsky no se hizo problema: en una columna conocida ayer, en un sitio de nombre poco rutilante ("El cohete a la luna") se desentiende del retiro del crucifijo ubicado junto al escudo y las banderas, atribuye la decisión a personas que no identifica y luego se despacha con un escrito de escaso brillo, pero inequívoco, donde fundamenta -tácitamente- que le pareció muy bien la ausencia de ese símbolo, ya que ratifica su animadversión a la Iglesia católica. En ese artículo, titulado "El crucifijo y el supermercado" ironiza contra el sacerdote Oscar Ossola y contra los habitantes de San Lorenzo y, en definitiva, le echa la culpa de todo a Godoy: "... el presidente de la Legislatura, Manuel Santiago Godoy, respondió que no sabía quién había pedido el retiro del símbolo cristiano. Como la Legislatura no es una institución religiosa, si lo desean se puede sacar el crucifijo, dijo el Indio Godoy" (sic).

La primera pregunta que surge es: ¿cuál es la razón para que Verbitsky use la Legislatura para presentar un libro de su autoría? ¿Cuál es el aporte académico que puede esperar el cuerpo parlamentario de ese autor? ¿Cuál es la contribución de Verbitsky a la paz social y a los derechos humanos? Algunos le reprochan su pasado montonero y muchos más lo consideran un doble agente. Pero el problema es otro.

En la Cámara hay 60 diputados, algunos de los cuales probablemente consideren que los símbolos religiosos deben reservarse al ámbito privado. Están en su derecho para plantearlo, pero quienes conocemos a los legisladores sabemos que esa decisión no va a tener votos ni quórum.

¿Cómo se explica que el presidente de la Cámara, presente en el recinto, haya aprobado que un extraño ocupe su lugar, haya permitido que alguien no identificado haya retirado el crucifijo y que considere que como no es un lugar religioso "cualquiera puede sacarlo".

Hace dos semanas, Godoy planteó una cuestión de privilegio contra una diputada que dijo que "los fueros terminan convirtiendo las cámaras en aguantaderos". Ese mismo día impulsó una sanción a otro diputado porque había agraviado a un sector de la comunidad. ¿No correspondería suponer que el retiro del crucifijo agravia a cientos de miles de personas que el sábado participarán de la procesión del Milagro?

Cabe señalar que la decisión de poner o sacar un crucifijo del recinto legislativo es facultad del cuerpo, ni siquiera del presidente. Además, ¿cuál es el criterio para que en el espacio de representación ciudadana se preste a una personalidad o a una agrupación? Creer que el Estado debe ser laico no es lo mismo que avasallar el sentimiento de los creyentes.

Salta afronta un momento conflictivo en el que la religiosidad ha quedado expuesta. Se prohíbe la enseñanza religiosa en las escuelas y, al mismo tiempo, se incorporan cultos a la Pachamama. Se reclama absoluta tolerancia hacia las nuevas identidades de género y prolifera la intolerancia contra quienes no están de acuerdo con la filosofía que las inspira. Mientras que las iglesias del mundo, desde hace medio siglo, cultivan el ecumenismo y la pluralidad, proliferan en nuestros días consignas superficiales contra el derecho del creyente a creer. Se ataca a la religión católica porque es la más numerosa en nuestro país, pero al mismo tiempo se instaura un sistema de consignas que funcionan como disparadores de la acción política. Son "nuevos dogmas", impuestos por "nuevos profetas". Al debate se lo reemplaza por "Bajada de líneas". La democracia no es solo poder; es gobierno y exige dos cosas: pluralidad y pensamiento crítico. Pretender arrasar con las creencias, de las minorías o de las mayorías, es retroceder un milenio en el tiempo, en nombre del progresismo.