Algunos detalles del golpe contra Yrigoyen

Aquella mañana del sábado 6 de septiembre de 1930, en la esquina de Entre Ríos y Victoria (Hipólito Yirigoyen), el público se movía con cierto nerviosismo. “Hay movimiento de tropas...” comentaban los peatones. “Hay revolución” decía otro en voz alta. 
¿Qué es eso de revolución? preguntan los más jóvenes, pero los más veteranos sabían de lo que se estaba hablando. Muchos aún guardaban en la memoria los recuerdos de la última revolución, de aquella del 4 de febrero de 1905 en Buenos Aires. De la sublevación cívico-militar que fue organizada por la UCR y dirigida por Hipólito Yrigoyen, cuando reclamaban elecciones libres y democráticas. Y claro, los jóvenes del año 30 ni la conocían. 
Pero ante los rumores de “revolución”, la gente común que desde temprano caminaba Buenos Aires, se preguntaba: “¿qué va pasar?”. 
Y claro, el temor a lo desconocido, solo hacía echar mano al instinto de conservación y tratar de comunicarse con los propios o de regresar cuanto antes a sus casas. 
Pero cuando el rumor creció, los comercios comenzaron a bajar las persianas de sus vidrieras, una tras otra. Fue fácil imaginar entonces una descarga de fusilería. Ante semejante ruidaje, la gente apuró el paso mientras la inquietud se generalizaba entre los que trajinaban desde temprano la ciudad. Y pronto, los nervios se confundieron con el miedo.

Los aviones
En eso, desde lo alto del cielo comenzó a escucharse ronquidos de motores. Era el Cuerpo de Aviación del Ejercito -como se llamaba por entonces la Fuerza Aérea- que también se había sublevado. Al paso de las máquinas, una densa lluvia de papeles quedó aleteando en el cielo. Eran volantes de propaganda que arrojaban desde los aeroplanos militares. Lo hacían tal como los aviones privados volanteaban sobre las canchas de fútbol, para publicitar circos o anunciar las “liquidaciones” de las grandes tiendas de Buenos Aires. 
Pero estos aviones militares con esos volantes, estaban anunciando otra “liquidación”. Era la que con el tiempo se convertiría en una verdadera vergüenza nacional.

En el Congreso Nacional 

A todo esto, a los empleados del Congreso se les había pedido que abandonen sus trabajos y que cuanto antes vuelvan a sus casas. “Es mejor que se vayan... total hoy es sábado ‘ingles’ y, con el susto que hay, poco y nada se podrá hacer hoy aquí... Y quien sabe si más tarde correrán los tranvías y los trenes...”. Eran los consejos que se escuchaban en los vericuetos del Senado y de la Cámara de Diputados.
El clima enrarecido de los últimos días, con manifestaciones reprimidas por el “escuadrón”, a puro sablazos en la Plaza de Mayo, había ido preparando el ambiente propicio para lo que se avecinaba.
En corrillos y cafés el comentario más escuchado era: “esto va en serio”, pero nadie era capaz de explicar que era el “esto” y el “serio”.
Lo cierto fue que aquella mañana el general Uriburu se había sublevado y ya marchaba sobre Buenos Aires al frente del Colegio Militar. Los más informados ya sabían que a las doce del día ya estaría en Palermo. Y allá hay que ir.

La mula y el cañonazo

Y mientras Uriburu y Justo van hacia calle Mitre, el coronel Bautista Molina, haciéndose el artillero, acciona un cañón. El tiro da en una ventana del Congreso, justo en el bloque radical, sobre Entre Ríos. Pero el malogrado artillero, por no “clavar el arado”, recibe un golpe terrible por el recule del arma. El retroceso le quiebra el brazo y lo arroja sobre una mula herida, que desde el suelo lo muele a patadas, quizás por golpista. 
Más de un cuarto de hora dura el asedio contra el Congreso hasta que cesa el fuego. Entonces Uriburu ordena a su ayudante ir espiar lo que pasa en el Congreso. A su regreso informa: “Mi general, el Congreso está tomado”. 
“Vaya a ver adentro” le ordena. Pero cuando vuelve, el general Uriburu ya está en la Casa de Gobierno.

Cuando el Colegio Militar marchaba sobre Buenos Aires, la gente quería verlo pasar

Los aviones militares volantean contra el gobierno radical. 

™Al mediodía del 6 de septiembre la gente se concentró en el Monumento de los Españoles para ver las tropas que marchaban sobre Buenos Aires. Allí, el doctor Manuel Carlés -presidente de la Liga Patriótica- les dio la bienvenida. Pero muchos no pudieron llegar. Es que en la avenida Alvear, el Escuadrón de Seguridad no dejaba pasar a nadie. Además, estaba tratando de dispersar a un grupo de jóvenes “revolucionarios” que con una bandera argentina y escopetas al hombro, también intentaban llegar al monumento. El jefe del escuadrón les ordenó no avanzar pero como se desacataron, el pelotón de policía alistó sus armas y se dispuso a disparar. En eso, se interpuso un componedor al grito: “¡No haga eso comisario... son revolucionarios, no les disparen!”. El uniformado dudó por un instante y ahí la escena se interrumpe: una caravana de camiones de la marina no los atropella por casualidad. Los vehículos iban con soldados bien armados rumbo a la Casa de Gobierno. Luego de la caravana, uno de los “revolucionarios” reclamó en voz alta: “Estamos sin dormir, venimos de sublevar los cuarteles y todavía casi nos sacan a los tiros...”. Pero el policía no se conmueve. No los dejan pasar, y allí se queda el grupo alrededor del palo con la bandera, armas al hombro. 
Pasan las horas y crece la zozobra crece hasta que un coche llega con un emisario. Es el teniente coronel Fassola Castaño. Los “revolucionarios” lo rodean y aclaman. El habla y les dice: “El Colegio acaba de desviarse. Es que en el puente de la estación Hipódromo están las tropas de infantería para impedir el paso, y por eso tomó por la calle Rivera”.
La gente escucha y se va hacia la calle Rivera donde por fin ven pasar al Colegio Militar. Al principio, lo desconocen pues los soldados están con ropa de fajina, muy distinto al vistoso uniforme de los desfiles. La gente les ofrece refrescos que los muchachos aceptan sin entusiasmo. Cuando alguien pregunta hacia adonde van, con una mueca dicen ignorar, y de la misma forma cuando escuchan “¿para qué los traen?” 
“Hay que defender a la Patria”, es lo que les dijeron cuando a las 4 de la mañana los levantaron y escucharon la orden: “¡A formar!” 

Parecía una fiesta
La avenida parecía de fiesta, sus aceras estaban colmadas de gente. Las mujeres miraban a los soldados y no disimulan su desilusión: “No parecen los del Colegio Militar...” . 
La tropa marcha en silencio, los muchachos van con sueño y entre los mirones corre un rumor: “Yrigoyen salió para La Plata con el ministro Oyhanarte”.
En Callao y Córdoba, Uriburu es informado que salvo el Colegio Militar y la aviación, ninguna otra fuerza se plegó a la “revolución”. “No importa -dice- sigamos adelante. Para atrás no podemos volver. Dios dirá”. 
Y las tropas toman por Callao. En la Plaza del Congreso, la multitud dificulta su paso y ahora están frente a la Confitería del Molino. De repente se escuchan disparos y entonces, parte la orden: “¡Alto! ¡Alto!”.
“Hay que contestar el ataque” dice Uriburu. La gente corre despavorida, unos se tiran al suelo y son pisoteados por la caballada. Hay ruidos de vidrios, puertas, cortinas que se cierran y mujeres que gritan. Un “revolucionario” vocifera: “Nos atacan desde el Congreso” y señala la esquina de Entre Ríos y Rivadavia. Uriburo y Justo, sorprendidos por el tiroteo, se apean del coche frente al Instituto Biológico y toman por Rodríguez Peña hasta Bartolomé Mitre.

Uriburu en la Rosada y Marcelo de Alvear “fusilado” en el Senado

El tiroteo frente al Congreso dejó dos soldados muertos.

™Mientras el ayudante del general Uriburu inspeccionaba el edificio del Congreso Nacional para informar la situación, el líder del alzamiento, ubicado al frente de la Confitería del Molino, recibe la información de que en la Casa de Gobierno habían izado una bandera de parlamento (blanca). Los informantes se ofrecen para llevar a Uriburu hasta Plaza de Mayo. Este, ni lerdo ni perezoso, con ellos partió sin esperar a su ayudante. 
Cuando Uriburu llega a la Casa de Gobierno, el gentío ya había ingresado al edificio. Ante ello, el brioso jefe salteño, revolver en mano de inmediato impone su autoridad: “Silencio señores!” dice. “Aquí mando yo!” . Y mirando altivamente a los presentes, requiere la inmediata presencia del vicepresidente, doctor Enrique Martínez que ese día estaba a cargo del Poder Ejecutivo Nacional. Cuando llega el mencionado mandatario, Uriburu le exige la renuncia y el doctor Martínez renuncia. No quiere el vicepresidente tomar la responsabilidad de convocar a la guardia militar para repeler la presencia de un general rebelde. Evita con esa actitud un posible enfrentamiento armado y el tiempo dirá para justificarse “que un padre radical, lo había increpado y lo hacía responsable de lo que pudiese pasar con su hijo que venía entre los muchachos del Colegio Militar con Uriburu”.

En el Congreso Nacional
Y mientras Uriburu tomaba la Casa de Gobierno revólver en mano, en el Congreso Nacional se buscaba afanosamente al responsable de haber disparado contra los rebeldes en inmediaciones de la Confitería del Molino. Pero ni en el Senado ni en Diputados se encontró un solo proyectil o arma. Pese a ello un empleado, que no se había retirado a su casa, fue torturado para que confiese y delate a los autores del inicio del tiroteo. Tiempo después se supo que los tiros habían partido de los pisos altos del Molino y no, como se había creído en un primer momento, desde los ventanales del Congreso.

El balazo en el pecho
La requisa del palacio del Congreso permitió constatar que el retrato de Marcelo T. de Alvear pintado al óleo por Nagy, en 1923, que formaba parte de la galería de expresidentes y que estaba colgado en el propio despacho de la presidencia del Senado, en la esquina de la calle Victoria (Hipólito Yrigoyen) y Entre Ríos había recibido un tiro en el pecho (foto). Una bala que había conseguido colarse por la persiana de la ventana, había logrado “fusilar” a Marcelo T. de Alvear en la tela. 
¿Estará aún ese testimonio en el Congreso Nacional?

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