La historia de un pan de sal

Las cuencas y depresiones cerradas de la Puna han sido lugares de almacenamiento de grandes volúmenes de sales. Así se formaron los salares propiamente dichos y en otros casos lagunas, barreales, arenales y otros ambientes propios de una región desértica.

En muchos salares se explotó la sal gema para su uso en la alimentación del ganado, la alimentación humana o bien para diversos procesos de conservación de carnes, cueros, fiambres, pan, etcétera.

Para los españoles fue crucial en la metalurgia de la plata. También se usa en la fabricación de papel de bagazo en los ingenios azucareros. Por su bajo costo generalmente no paga el flete hasta los centros de consumo que la necesitan.

Prácticas milenarias

Una actividad que se realiza desde tiempos milenarios es la explotación de la capa superficial de los salares que se corta en panes para el consumo del ganado. Actualmente se sigue haciendo tal como se practicaba antes de la llegada de los españoles. Los indígenas cortaban los panes de sal y los llevaban a lomo de llama hacia los valles abajeños. Ello daba pie a un intenso comercio de intercambio de la sal con productos vegetales o animales que se transportaban hacia la Puna.

Mazorcas de maíz, plumas de colores, maderas, alfarería y otros elementos se encuentran en yacimientos arqueológicos de la Puna producto de ese intercambio o trueque prehispánico. Al día de hoy se siguen cortando los panes de sal y ya sea a lomo de burros o en camiones, se transportan para su uso ganadero. De allí que la explotación de la sal sea probablemente la actividad minera más longeva y continua que se registra en la región.

El trabajo tradicional de los salineros debería declararse de interés histórico. Visitar esas explotaciones podría constituir un atractivo turístico más a los que ya tienen las salinas. Tal como es el caso de Salinas Grandes en la Puna salto-jujeña.

Antiguamente los panes de sal eran cortados por los indígenas utilizando hachas fabricadas en piedras duras y filosas. En la actualidad se usan hachas de metal, pero el tamaño, la figura y la forma de cortar los panes no han cambiado en siglos.

Puna, sol y frío

El duro trabajo del salinero está reflejado en su piel y en su vestimenta.

En el salar se registran fuertes cambios de temperatura y las amplitudes térmicas propias de la Puna. Al despuntar el sol se tienen temperaturas extremas bajo cero, todo el año y, por las tardes, el termómetro sube hasta 25 o más grados centígrados. Con frío o calor el hombre debe estar completamente envuelto en sus ropas y llevar protegida la cabeza de los rayos quemantes del sol. El reflejo de la superficie blanca y especular del salar obliga a usar anteojos muy oscuros para evitar la enfermedad del surumpio, que puede llevar a la ceguera.

La piel se reseca como un pergamino por la extrema sequedad.

La sal es, además, una sustancia muy corrosiva que ataca todo lo que toca. Perdidos en la inmensidad blanca del salar, donde los espejismos deforman la visión, los salineros parecen figuras fantasmales de un mundo onírico. Allí pasan sus vidas trabajando y cumpliendo con un oficio ancestral heredado de sus mayores y que transmiten a sus hijos a través de las generaciones.

Del vientre de la tierra

La sal es un producto del volcanismo y del lavado de las rocas y se ha estado depositando en la Puna desde hace unos 15 millones de años. La deformación andina hizo que muchos viejos salares se hayan replegado y que sus capas salinas se encuentren apiladas en serranías de su borde oriental como ocurre en los salares de Arizaro o Antofalla. O bien en serranías de su interior tal el caso de los salares de Pastos Grandes y Hombre Muerto.

Esas viejas capas de sal también fueron explotadas por los indígenas que las cortaron en bloques. Es lo que se conoce como sal de roca y que hasta hace algunas décadas se explotaba en los cerros vecinos a Tolar Grande. Todavía quedan allí las viejas cicatrices de extracción.

El lavado de esas antiguas capas salinas hace que los materiales disueltos alimenten a los nuevos salares en un reciclaje de sales que ocurre desde millones de años atrás. Los salares conservan en su interior la memoria del clima desde que comenzó su relleno. Esa memoria histórica está preservada en las sales, en los sedimentos y en las capas de cenizas volcánicas allí intercaladas como producto de las erupciones en los volcanes cordilleranos.

Las cenizas volcánicas son además útiles para obtener la edad en que ocurrieron esas erupciones ya que contienen cristales minerales que se comportan como relojes atómicos. Ello ocurre como producto de la desintegración radiactiva de ciertos elementos químicos como el potasio, el argón, entre otros.

Aquellos cambios climáticos

Polen, diatomeas, materia orgánica, ostrácodos, gasterópodos, etcétera, ayudan en la reconstrucción del clima y en los cambios que acontecieron al convertirse los salares en lagos y, viceversa. Ello en razón de los procesos de glaciación del periodo Cuaternario con sus etapas de glaciaciones y desglaciaciones. Cuando se observa los panes de sal que cortan los mineros de los 20 o 25 cm superficiales de la costra evaporítica, es fácil distinguir que dichos panes están formados por capas blanquecinas y capas marrones. También que éstas, con un espesor de pocos centímetros cada una, son más gruesas o más delgadas. En unos casos las capas blancas son más gruesas y en otros casos lo son las marrones.

Ello está relacionado con periodos más húmedos seguidos de otros periodos más secos y así sucesivamente. Durante los periodos húmedos se disuelve la sal del salar y vuelve a precipitar en capas claras. Cuanto más largo sea ese lapso, más gruesa será la capa clara. En cambio, las capas oscuras o marrones están relacionadas con un periodo seco más prolongado en donde se acumula lentamente el polvo eólico o sea el transportado por el viento y depositado sobre la superficie del salar.

El Niño y la Niña

El grosor de la capa indicará la duración del lapso seco en relación al húmedo. Lo interesante a señalar es que existiría una clara correspondencia con los “años Niño” y con los “años Niña”, los cuales están separados a su vez por los “años normales”. Durante los años-Niño llueve mucho en la llanura y poco en las altas cumbres y menos aún en la Puna. Esos años son buenos para la agricultura de las regiones bajas del Chaco y de la Pampa gracias a los importantes rindes de las oleaginosas. Los salares de la Puna se mantienen secos y comienza a acumularse el polvo eólico.
 Esto favorece a los procesos de beneficio de las salmueras de litio al haber mayor evaporación y permitir el trabajo interno en los salares. En sentido contrario, durante los años-Niña, las regiones bajas se mantienen secas y en cambio llueve mucho en las partes elevadas de las montañas y también en la Puna donde las nubes altas logran superar el contrafuerte montañoso.
 De acuerdo con la intensidad, durante esos años los salares pueden quedar completamente inundados afectando los procesos de concentración y beneficio del litio.
 Las sales superficiales se disuelven y recristalizan en una capa más gruesa. La cosecha de soja y otros granos se ve resentida al estar secas las regiones bajas.
 En cambio, en la Puna, en esos años se recargan los acuíferos, reverdecen los campos y hay mayor “multiplico”, como dicen los nativos, para referirse a una mayor procreación de los animales.
 Es importante señalar que, en general, no estamos hablando de años calendario, sino de periodos que pueden afectar varios años tanto en un caso como en el otro.
 Las cenizas volcánicas, producto de las erupciones regionales de volcanes activos, dejan también su marca en el registro y constituyen un elemento disruptivo al par químico-evaporítico de sal blanca versus sal marrón.
 La repetición cíclica da lugar a una “ritmita evaporítica” de origen climático, formada por sal limpia (blanca) y sal sucia (marrón). Estas ritmitas se observan también en los bancos de sal fósil demostrando un origen similar.
 En síntesis, la historia climática queda reflejada en los salares y, los panes de sal, son como las hojas de un libro donde se puede escudriñar y leer los eventos del pasado cercano y lejano.

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