Tras la muerte del cuidador del oratorio de Juana Figueroa, dos hombres seguirán con la misma tarea

Y un día murió Ernesto Maciel, el custodio de la Juana Figueroa, y el eucalipto lloró sus hojas y por un tiempo nadie más las pudo recoger. Si hasta el malvón tanguero se puso opaco y su flores huérfanas se cayeron al suelo.

Ese oratorio, que es una cápsula de tiempo ubicada en cercanías de la terminal de ómnibus de Salta, fue hasta hace unos días una tierra de nadie. El “siervo y guardián” de la mujer milagrosa había fallecido el 23 de septiembre tras haber batallado contra dos accidentes cerebrovasculares (ACV). 

La muerte siempre gana, pero la vida le sube el canto.

La historia

A los 75 años, Maciel era el hombre que cuidaba el oratorio de Juana Figueroa. Primero vino el traslado, hace unos años. Antes el oratorio estaba sobre avenida Yrigoyen y era utilizado por los enajenados de la vida “normal” como refugio. Luego, con la ayuda de la Municipalidad, se trasladó hasta la calle Talavera, a unos 50 metros, en inmediaciones a la estación de servicio de GNC.

Allí los changos que trabajan en esa playa acompañaron el diario ritual de Maciel de llegar por las tardes con su bicicleta para podar las plantas, limpiar las hojas del eucalipto, prender velas y mantener ese universo de recuerdos, fotografías, oraciones escritas, placas, santos, vírgenes, agradecimientos a esa mujer víctima de un femicidio.

Juana Figueroa fue asesinada de un martillazo en la cabeza por su esposo Isidoro Heredia el 21 de marzo de 1903. El brutal hecho se produjo muy cerca de ahí, donde termina la calle Pedro Pardo y comienza el puente.

Desde ese tiempo se volvió milagrosa y Maciel recurrió a ella tras un accidente laboral que sufrió en el camino a La Pedrera. Cuando nadie apostaba por su salud, el y su familia recurrieron a la Juana Figueroa y por obra de algún inexplicable milagro sobrevivió. Ahí fue cuando decidió ser su “siervo y esclavo”.

Un día, la bicicleta de Maciel dejó de llegar.

El primer ACV lo agarró en el camino al oratorio, en plena calle y por la velocidad de la asistencia lo pudo superar; aunque quedó “golpeado”, con su motricidad disminuida.

Tomar la posta

Ahí fue que entraron en escena su hijo Jorge Maciel y Jesús Delgado, que es un ingeniero electrónico. Jorge es uno de los cinco hijos que tuvo Maciel con su esposa Candelaria. De pronto aparecieron un paraíso, un mandarino y un limón. Los arbolitos jóvenes que le renovaron la cara al oratorio. Los muchachos comenzaron a ayudar a Maciel, que muy poco podía hacer.

Eso fue así hasta que en los últimos días de septiembre otro ACV le dio un segundo jaque, que fue mate, que le dio descanso a su tarea. Estaba a punto de llegar a los 76 años.

Y los muchachos no tuvieron otra idea que cremar su cuerpo y mantener sus cenizas en el oratorio por el que tanto luchó, trabajó y peticionó ante las autoridades de turno.

En el recuerdo

El 8 de octubre Maciel hubiera cumplido 76 años. No hubo tristezas, hubo festejos porque ahí estuvo presente.

Para el que quiera hoy ir a visitar el lugar, Juana Figueroa está junto a Ernesto Maciel y seguramente comenzarán a desandar ese viaje hacia la eternidad acompañando al que menos tiene, al que le falta la salud, al que lo ataca la injusticia, y mucho más a aquellas tantas mujeres, chicas trans y prostitutas que son víctimas de la violencia machista aun en la Salta de nuestros tiempos.

Ernesto Maciel, en la última nota que dio a El Tribuno en 2017. Jan Touzeau

Personas que dan clase
Jesús Delgado es un hombre que se sienta en un banco de una plaza que alguien seguramente le donó a Maciel. Con lápiz en mano se asienta en una mesa plegable de madera de pino con patas de cabrito recién nacido. Y cuenta: “Yo lo conocí a Maciel cuando internaron a mi mamá en el San Bernardo por un mal en el páncreas. Estuvo grave tres meses y yo la cuidaba por las noches. En las tardes, buscando salir un poco, despejarme, encontré este oratorio y a Maciel. Me contó, me contuvo y me enseñó a orarle a Juana Figueroa. Mi mamá no tenía un buen pronóstico por lo que los médicos me pidieron una autorización para una última operación desesperada. Yo los autoricé confiado en el apoyo de Juana. La operación fue de urgencia y por su milagro todo salió bien. A las horas estaba ya pidiendo comida”, dijo el hombre riéndo y llorando a la vez.

Nunca más se fue del oratorio. Ahí fue que comenzó a ayudar a Maciel desde hace ya más de un año. Ahora da clases de apoyo en esa mesa destartalada, a partir de las 19, de lunes a viernes, de matemáticas, álgebra, química, estadísticas, dibujo técnico, circuito electrónico y dispositivos electrónicos. También sueña con un techo y con tener luz para poder seguir con su tarea pedagógica.

Las clases son libres y el costo siempre es un compromiso de velas o de alguna tarea para cuidar el oratorio.

Buscan que las obras continúen en estos días

Maciel quería terminar el cerco perimetral y hacer una habitación. 

Las obras que tenía proyectada Maciel siguen en carpeta. En los últimos tiempos de don Ernesto todo el oratorio se vino abajo y era porque muchas cosas no podía realizar. 

Jesús y Jorge lo apuntalaron, pero tampoco podían hacer mucho porque no le quería quitar el protagonismo a Maciel.

El hombre quería terminar el cerco perimetral y hacer una habitación pequeña que sirva para guardar las herramientas de trabajo. Medio metro de ripio abandonado y unos fierros acostados son el indicio de que quería pero no podía. 

Lo que falta

Hoy, los changos se preparan para comenzar esa tarea aunque hay muchas cosas que faltan. 

“Maciel llevaba un cuaderno donde registraba a todos los fieles de Juana Figueroa. Básicamente anotaba las profesiones de las personas porque, muchos, luego agradecían colaborando con tareas. Nosotros mejoramos ese registro y tenemos sus contactos. La idea es comenzar a trabajar con los voluntarios y ver si la gente solidaria nos colabora con los materiales que nos hacen falta. Vamos también a pedirle a la Municipalidad que nos habilite para poder bajar la energía eléctrica y le vamos a pedir a Aguas del Norte que nos habilite aunque sea un grifo. Cuando uno está acá se conmueve con el trabajo de Maciel, que hizo todo con muy pocas cosas”, dijo Jesús Delgado a este medio.

Para cualquier consulta, para dar una mano o simplemente ir a visitarlos, ellos están siempre por la tardes, aunque sea uno de ellos, en el oratorio.

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