El país necesita conocer el plan para salir de la crisis

A poco más de una semana de asumir como presidente de la Nación, Alberto Fernández no ha dado señales claras sobre su proyecto para un país en crisis.

No solo es la deuda externa, sino la tendencia de los últimos 36 años, en los que el déficit fiscal, la inestabilidad cambiaria y la inflación han dado por resultado la degradación del empleo, la recesión progresiva, la desinversión e indicadores de pobreza como nunca antes había registrado la Argentina.

El nudo de la actual crisis bien puede encontrarse en carencias que ya llevan décadas. El caso más claro es el "tarifazo", que desencajó la actividad de las pequeñas y medianas empresas, pero que es la contrapartida del déficit energético que osciló durante varios años entre 7.000 y 16.000 millones de dólares anuales y la insostenible política de subsidios para abaratar artificialmente los servicios.

Las fallas del gobierno que se va explican solo en parte problemas que son estructurales, que desnudan una decisiva vulnerabilidad productiva y laboral, y que deben ser resueltos de inmediato.

En su disertación ante los industriales, el jueves pasado, Fernández prometió "que esta vez la mejora será para los que arriesgan, levantan empresas, producen y dan trabajo". Pero no definió cuál será el camino, cuáles los ministros y los instrumentos a que recurrirá: "El debate es qué tenemos que hacer para que la Argentina se ponga de pie y vuelva a producir", dijo.

En vísperas de iniciar una gestión, es el momento de la toma de decisiones; y todos saben con qué se van a encontrar, como lo sabía Mauricio Macri hace cuatro años.

Ante la falta de precisiones, muchas personas piensan que la nueva gestión intentará repetir experiencias anteriores. Pero el escenario ha cambiado en los 16 años transcurridos desde los comienzos del kirchnerismo.

Ya no hay posibilidad de captar divisas apelando a la exportación de commodities de buen precio.

La ilusión bolivariana se derrumbó y no queda ningún gobierno de ese signo, salvo la dictadura de Nicolás Maduro en Venezuela. Los países que habían logrado equilibrar sus cuentas, como Chile y Colombia, soportan impensados estallidos sociales, Evo Morales debió abandonar Bolivia y en Uruguay vuelven a gobernar los conservadores.

El Mercosur, una unión aduanera que apuntaba a convertirse en una sociedad de Estados, está en su peor momento. Fernández y Jair Bolsonaro han protagonizado un enfrentamiento que podría ser letal para los intereses en común de ambos países. En materia de política exterior, las designaciones (casi ciertas) de dos figuras sin experiencia diplomática, Felipe Solá como canciller y Daniel Scioli en la embajada argentina en Brasil, hacen suponer que el nuevo gobierno privilegiará la política por sobre la profesionalidad.

Pero la política exterior es clave para generar confianza en los centros de decisión del mundo. Sin inversión externa y sin crédito, la búsqueda de "un horizonte de crecimiento" -a la que el presidente electo convocó en la UIA - es una quimera.

Fernández dijo que no va aceptar más dinero del Fondo Monetario Internacional porque no está dispuesto a hacer más "ajustes". "Ajuste", se entiende, es la disciplina fiscal que el Fondo exige a quienes le deben. Y es cierto, en nuestro país no hay margen para más sacrificio de los asalariados, pero no pagar supondrá entrar en default. Las tasas que cobra ese organismo son las más baratas del mundo. Si nuestro país se ve obligado a recurrir a China, por ejemplo, las condiciones que deberá asumir serán mucho más onerosas.

Ante la ausencia de precisiones, el nuevo gobierno deja demasiado margen para las conjeturas.

Una mirada a nuestra historia reciente, a la región y al mundo de hoy muestra que los problemas que nos esperan son muy difíciles.

No basta con los buenos deseos. Seguramente, Fernández ya tiene un proyecto y sería muy bueno para el país que lo haga conocer lo antes posible.

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