Familiares de presos, preocupados por el  colapso en el penal de Villa Las Rosas

Los jueves y domingos de cada semana son muy esperados por los familiares de los presos del penal de Villa Las Rosas. Son días de visitas. Desde muy temprano, incluso desde las seis de la mañana, en su mayoría mujeres, niños y algunos hombres llegan al establecimiento, sobre la avenida Yrigoyen 831, cargados de bolsas y carritos de mano con comida, bidones de agua, botellas de gaseosas y jugos. Se apuestan en la puerta del establecimiento y conforman largas filas.

Esperan minuto a minuto poder ver a su familiar privado de la libertad. "La espera se nos hace eterna. A veces estoy desde las cinco de la mañana hasta las una de la tarde esperando", contó una mujer, cuyo esposo cumple una condena por homicidio. Cerca del mediodía, los guardiacárceles colocan carteles de señalización para diferenciar los grupos: visitas comunes y de menores; anticipadas; con carnés de penado; y especiales con certificado médico, embarazadas y adultos de edad avanzada.

"No se peleen por favor", les decía un efectivo el jueves a quienes aguardaban entrar, mientras colocaba uno de los carteles. Es que los roces, insultos, y disputas, que a veces terminan en agresiones físicas, por un lugar en la fila son constantes.

La situación en el sistema carcelario de Salta se está poniendo difícil. Es que en la provincia hay unos 3.500 presos, con una infraestructura preparada para 2.500 personas. Y en el penal de Villa Las Rosas es en donde más se siente esta situación de colapso.

Una mujer, cuyo esposo cumple una condena por violación y ya lleva 11 años preso calificó como "infrahumana", la forma en que viven los presidiarios.

"La comida que les dan es como para perros: porotos, garbanzos, guiso con una capa de grasa. Son raras las veces que les dan carne", aseguró.

En el pabellón donde está alojado su esposo "están todos apilados. Por cada celda que son pequeñas hay hasta cuatro internos. El algunas celdas hay dos camas, una para cada interno, pero si son tres, uno duerme en el piso con un colchoncito que parece lengua de gato, todo roto. En otras celdas hay una cucheta y cama y si son cuatro uno debe dormir en el piso", añadió.

Los conflictos son frecuentes en el penal. "Todo el tiempo hay problemas con algunos guardias. Hay peleas. Los internos que pelean se denominan "gatos", "cachivaches' y tiene beneficios por parte de los guardias. Reciben buen trato. En cambio a los que se portan bien, los que trabajan y hacen las cosas como corresponde no les quieren dar beneficio. Es injusto", hizo hincapié. Contó que pidió la prisión condicional para su marido pero se la denegaron "a pesar de que ya cumplió prácticamente toda su condena. A mi parecer, a los presos viejos que están hace muchos años les tendrían que dar el beneficio que se vayan a su casa y abandone el penal, así hay mas espacio. Siguen llegando presos nuevos y siguen estando los de hace añares”, finalizó. 
Otra mujer que visita a su pareja desde hace 20 años dijo que la cárcel está “colapsada” y que no pretende que “a mi marido le den manjares pero me indigna que le den guiso de maíz horrible. Además, los baños son un asco. Yo paso a la visita íntima y al pabellón donde está la celda de mi esposo y hay hongos por donde se mire y se rebalsa la cloaca”. 
María, una señora que también aguardaba en la fila para las visitas, relató que “hace seis años que vengo porque mi marido está preso por supuesta violación. Los internos están encimados, llenos de cucarachas. Si usted levanta un colchón se ven las chinches gigantes. La comida también la he visto y es guiso de poroto, garbanzo, papas o sino polenta, pero todo crudo. Les dan pizza de pan. Es como la comida para los chanchos”. 
La mujer considera que debe hacerse una revisión de causas. “Mi marido está en el pabellón de mayores que son como 30 y hay viejitos de entre 60 a 80 año enfermos. Nadie los visita. Les deberían dar la condicional para que pueden pasar sus últimos años tranquilos”, dijo. 
Lidia, en tanto, manifestó que su hijo “no come lo de acá. Yo le traigo porque me lo enfermaron del hígado de tanta comida con grasa y en mal estado. Me contó que de noche a sus compañeros no les dan cena porque no alcanza el presupuesto. Les dan de tomar el te, el almuerzo y a la tarde un poco de anchi o mazamorra que en realidad es pura agua. Mi hijo tiene la suerte de tenerme. Vivo cerca y cada vez que vengo le traigo la comida para tres días”. 

Lo que pasa y lo que no

Todas las mujeres que asistieron a las visitas el jueves pasado en el penal coincidieron en que los presos “son felices el día que venimos. Nos esperan con la mesa puesta bien bonita con manteles. Nos da pena los que no tienen familias”. 
Ellas llevan siempre tapers con carne o pollo. “Hacemos milanesas. Tiene que estar todo cocido. Hasta un pollo entero puede pasar”, explicaron.
Los alimentos con relleno están prohibidos. “No pasan los pasteles, las papas con queso, ni lampreados. El choclo solo para Semana Santa”. 
Las tortas están permitidas de vez en cuando y solo con dulce de leche. “Ellos tienen que hacer una nota por su cumpleaños y pedir la torta pero a veces traemos tapers con las rodajitas finitas de bizcochuelo y puede pasar. Con fruta no se puede pasar nada”, dijeron. 
“Los presos están bien gracias a las familias. Si no fuera por nosotras, ya no existirían. Hay muchos que no reciben visitas y sufren y toman decisiones drásticas”, finalizaron. 
Delia, tiene 60 años y es otra de las mujeres que también aguardaba en la puerta para poder entrar a ver a su hijo, quien cumple una condena por homicidio calificado aseguró que “a el lo maltratan. Ahora está castigado y no le dieron la comida porque lo acusaron de tener una pipa que en realidad era de otro compañero. Me duele lo que le hacen. Está pagando su culpa pero quiero que lo traten bien”. 

Cobran por lugares
Las visitas en la Unidad Carcelaria 1 son los jueves y domingos de 12 a 18.30. Familiares que esperaban entrar el jueves pasado al establecimiento expresaron a El Tribuno su malestar e indignación “porque hay señoras que venden lugares aquí. Te cobran 300 pesos. Para las fiestas cobraban 500 por hacer fila para otros. Se aprovechan y nos perjudican porque al guardar lugar para mucha gente nosotras vamos quedando cada vez más atrás de la fila. Todo eso tendría que controlar el servicio penitenciario”.
Una vez que comienza el ingreso, alrededor de las 12, los guardias llaman de forma intercalada a los visitantes según los grupos. 
 

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