Iglesia, sexualidad y represión

El papa Francisco está haciendo todo lo posible para encontrar una solución, no sé si justa pero por lo menos satisfactoria, al escándalo promovido por los sacerdotes pedófilos o pederastas. Convocar a las altas jerarquías de la Iglesia fue una iniciativa necesaria, pero sobre todo inédita. Un "cristiano viejo", como diría Cervantes, ¿hubiera imaginado alguna vez que la Iglesia Católica se reuniera con sus máximas autoridades para discutir sobre estos temas?

La respuesta a esta pregunta no es tan fácil como parecería al primer golpe de vista. Efectivamente, la iniciativa del Papa fue audaz, pero esta audacia está relacionada con la gravedad de la situación. Puede que el Papa esté convencido acerca de la necesidad de esta reunión, pero habría que preguntarse si después de los crecientes escándalos le quedaba otra alternativa. Es más, la pregunta de fondo es si con lo que hizo alcanza, o si es apenas el primer paso de un proceso que amenaza con ser mucho más escabroso que lo que se pretende observar al primer golpe de vista.

Por lo pronto, ya es una verdad admitida por la propia Iglesia que existió la pedofilia Y que existió la protección a los pedófilos.

¿Todos los sacerdotes están comprometidos? Por supuesto que no; una minoría si se quiere, pero una minoría consistente, una minoría intensa, escandalosa, porque se suponía que estos delitos sexuales podrían cometerse en cualquier parte menos en la Iglesia Católica.

Esto es así y no hay manera de relativizarlo diciendo, por ejemplo, que en cualquier parte pasan estas cosas. Y digo que el argumento es una coartada indigna porque se supone que la Iglesia Católica no es "cualquier parte"; porque nadie se puede defender argumentando que los otros son iguales o peores; pero además, se supone que una institución no protege a sus pederastas y la imputación histórica que tiene la Iglesia es que en más de un caso los ha protegido y tal vez los siga protegiendo más allá de las condenas que se publican en los diarios.

Lo cierto es que el escándalo está en la calle y aún no se sabe su desenlace y, sobre todo, no se sabe el precio que pagará la Iglesia.

Los problemas jurídicos ya se están tramitando, pero esta suerte de culebrón no termina con algunos sacerdotes, e incluso algún obispo, entre rejas. El problema de fondo, por lo menos para mí lo es, reside en la pregunta que debería hacerse la Iglesia Católica para explicar por qué le pasó lo que pasó.

Unas cuantas décadas atrás a los curas se les imputaba sus picardías sexuales clandestinas con mujeres solteras o casadas, lo mismo daba.

Después comenzó a trascender el tema de los curas homosexuales.

Un cura homosexual, a un laico solo le puede provocar a lo sumo un encogimiento de hombros. Ser homosexual no es delito y cada uno es libre de hacer con su sexualidad lo que mejor le parezca. El problema es que la homosexualidad es un delito para la iglesia, "una perturbación, un desarreglo moral". La gran paradoja de todo esto es que la institución que con más empecinamiento critica la homosexualidad, dispone de minorías intensas de homosexuales en sus filas, homosexuales que todos saben de su identidad y que la institución iglesia consiente y, en más de un caso, aprueba.

Pero la última vuelta de tuerca de este culebrón lo dan los pedófilos. A diferencia de la homosexualidad estamos ante un delito penado por la ley y, si se quiere, por la ley moral laica de la sociedad. Violar o abusar de niños o adolescentes es, entre otras cosas, una miserable y sucia canallada. Y protegerlos es una canallada por partida doble.

 

.

.

.

.

 

¿Qué te pareció esta noticia?

Sección Editorial

Comentá esta noticia

Debe iniciar sesión para comentar

Importante ahora

cargando...