Opinión
¿Ha claudicado la socialdemocracia?...

¿Qué es la socialdemocracia? El término "socialdemocracia" es tal vez algo difuso, aunque, sin pretender rastrear los orígenes de este posicionamiento ideológico, podría sostenerse en trazo grueso que inicialmente representó un alineamiento con la economía de mercado dentro de un paraguas keynesiano que adhiere a una presencia del Estado que evite los desbordes de sectores dominantes de todo tipo, a la vez que procura una razonable distribución del ingreso, especialmente en el sector inferior de la escala de retribuciones a las actividades productivas.

Aunque la socialdemocracia está asociada con los partidos políticos que explícita o implícitamente adhieren a ella, su núcleo duro es "era", sería más apropiado decir, fundamentalmente dictado desde la Economía.

En efecto, sin duda el "mejor" socialdemócrata fue el propio Keynes quien, aunque se definía a sí mismo como "moderadamente conservador", sostenía que no era aconsejable que exista una distribución del ingreso exageradamente despareja, o sea, una brecha demasiado grande entre el nivel de ingresos más elevado y el más reducido. Al mismo tiempo, proponía, como forma de evitar las crisis recurrentes en las economías, la "socialización de la inversión" que el propio Keynes se apresuraba a advertir no tenía nada que ver con el colectivismo soviético de su tiempo sino más bien con que el gobierno, disponiendo de las herramientas de política económica apropiadas, pudiera inducir subas o disminuciones de la inversión privada para evitar que las economías se estanquen o "se pasen de raya", como le ocurre hoy a China continental.

En resumen, Keynes sostenía que, lejos de auspiciar el "ping-pong" entre mercado y estado, o sea, el todo o nada para alguno de los dos "contendientes", como especialmente en la Argentina se discute todos los días, "el Estado no está para reemplazar lo que tiene a su cargo el mercado, sino para estar presente en aquello que nadie hace".

Como se decía, los destinatarios -no explicitados sin duda- de estas propuestas, fueron los partidos políticos, especialmente los justamente llamados socialdemócratas de los países nórdicos, el Partido Demócrata en Estados Unidos y -en menor medida- el Partido Laborista en el Reino Unido. Por su parte, los economistas, luego de que la Segunda Guerra Mundial exhibiera contundentemente que el gasto del Estado, en ausencia (o con restricciones en caso de guerra) del gasto privado en consumo e inversión, podría dar pleno empleo a los recursos productivos, se volcaron en su gran mayoría a las propuestas que Keynes no había prescripto para situaciones "generales", sino "especiales", esto es, dinamizar el gasto público, pero cuando justamente el consumo y la inversión están deprimidos precisamente por las crisis, y el único actor que puede tener una visión de conjunto es el estado.

Aun así, las economías europeas, pasada la guerra, lograron un sostenido e importante crecimiento, sumadas a la de Estados Unidos y muchos otros países (los "tigres asiáticos") que se sumaron al club de países desarrollados, lográndose este crecimiento con pleno empleo y reducida inflación, al mismo tiempo que la distribución del ingreso lucía razonablemente equitativa.

Desafortunadamente, un exceso de gasto provocado por la burocracia gubernamental que engordaba mientras sostenía que "todavía falta" para llegar al pleno empleo, junto a la Guerra de Vietnam, a lo que se sumó la crisis del petróleo en la década de los setenta del siglo pasado, generaron un episodio no previsto que fue la inflación.

Este fenómeno pilló desprevenidos a los partidos políticos de orientación socialdemócrata que no disponían de respuestas conceptuales para el fenómeno, pero encontró especialmente desprovistos de respuestas a los economistas que, aunque en gran parte se consideraban a sí mismos "keynesianos", no encontraban en las ideas de Keynes explicaciones a este fenómeno desconcertante. En realidad, Keynes sí explica en sus libros y artículos en qué consiste la inflación, pero, sin duda, su esfuerzo principal era explicar "la desnutrición", o sea, la parálisis de las economías severamente golpeadas por la crisis de 1929, más que "la obesidad", esto es, la inflación, que iba a producirse, por otra parte, cuando él no estaba para dar su opinión al respecto (falleció en 1946).

Como quiera que sea, los economistas ultraortodoxos que abominan de la presencia del Estado y que no habían desaparecido sino que estaban agazapados a la espera de su oportunidad, la aprovecharon muy bien para proponer su propia medicina, vale decir, que la inflación es solamente un fenómeno monetario y que, si se elimina el dinero, o mejor aún, el banco central, no podrá haber inflación.

Curiosamente, una parte importante de los socialdemócratas, otrora defensores de las ideas a las que Keynes adhería, como la libertad de mercado, la ausencia de controles en los mercados de cambios, el comercio libre entre las naciones y otras muchas de las ideas tradicionales del liberalismo económico, en la actualidad han dado un giro copernicano en sus ideas y defienden ahora en su gran mayoría las hipótesis del proteccionismo, “vivir con lo nuestro” y propuestas por el estilo, lo que no sólo desnaturaliza su otrora “núcleo duro” económico, sino que desdibuja sus contenidos “sociales”, tales como una distribución equitativa del ingreso, porque, excepto por una ignorancia supina, no puede sostenerse que esta socialdemocracia trucha, que estrictamente no es otra cosa que “populismo”, esté en condiciones de honrar tales compromisos que se logran respetando las ideas que defendían los “viejos” socialdemócratas.

¿Qué pasó entonces? Probablemente, nuevamente la explicación provenga desde la Economía, que no fue capaz de dar respuestas por fuera de la ultraortodoxia al problema de la inflación que, como la Argentina lo experimenta crudamente, no parece deberse -o no exclusivamente, al menos- a un problema de índole puramente monetario sino que reúne otras causas, como las subas ininterrumpidas en los costos (por ejemplo, las tarifas) o la concentración monopólica (alrededor de la Capital Federal) que puede incrementar los precios tanto “porque” sube el dólar como “porque” no sube el dólar.Sin duda, hay un debate teórico que está faltando y evidentemente la responsabilidad principal de esta omisión le cabe a los economistas. No obstante, esta orfandad de “libreto” no habilita a la validación de “los chiflados famosos” -como les decía Joan Robinson, una economista también keynesiana, a los que proponían ideas absurdas- que, en nombre de una ideología que evidentemente desconocen, proponen “soluciones” que han sido recurrentemente probadas y reprobadas por el populismo y han demostrado que traen más calamidades que las que supuestamente ofrecen solucionar. Claramente, los buenos políticos son aquellos que, aunque no dispongan del arsenal teórico para proporcionar soluciones a los problemas, cuentan con la sagacidad y sensatez para advertir lo que “no” debe hacerse o, peor aún, repetirse.