Moneda falsa en Salta, luego de la derrota de Sipe Sipe

Después de la derrota sufrida por el general José Rondeau en Sipe Sipe, en noviembre de 1815, el Ejército del Norte debió abandonar Potosí, que de inmediato cayó en poder de los realistas. Como se recordará, en esa ciudad altoperuana funcionaba la única casa de monedas que proveía de dinero al Virreinato del Río de la Plata. Por lo tanto, un año después de aquella derrota comenzó a escasear la moneda en las Provincias Unidas, especialmente en Salta y Tucumán, donde se vivieron situaciones harto difíciles. Y esta carencia resultó mucho más grave en Salta, que con su actividad económica paralizada, sobrellevaba la mayor parte del peso de la Guerra de la Independencia.

A tanto llegaron los inconvenientes causados por la falta de dinero que los regimientos patrios, obligados a proveerse de cabalgaduras, arreos, pertrechos y víveres para poder continuar en actividad, tuvieron que llegar a requisar bienes particulares, afrontando de este modo, altos costos políticos por medidas tan extremas. 

Pese a todo, los salteños, con escasos recursos, con el comercio casi quebrado, siguieron soportando el peso de una prolongada guerra que cada vez los empobrecía más. Fue justamente en estas circunstancias, cuando la situación parecía haber llegado a un límite ya insoportable, que comenzaron a aparecer y circular en nuestro territorio, las “macuquinas” falsas.

El bando 

Mientras tanto, a Buenos Aires llegaban continuas quejas por la invasión de monedas falsas, ya que a la falsificación introducida en Salta, pronto se agregaron las falsificadas hechas en Tucumán y Santiago del Estero. Ante ello, el gobernador Güemes, quizás aconsejado por la cruda realidad resolvió, mediante bando dado a conocer el 26 de octubre de 1817, ordenar el curso forzoso de este dinero falso, previa aplicación de un resellado o contramarca. 

Obvio, Güemes pretendía evitar que continuara la falsificación de monedas, en tanto permitía una inyección de circulante que posibilitaría revitalizar el alicaído comercio salteño.

El bando de Güemes que prometía cambiar la moneda resellada tan pronto como hubiere fondos disponibles, establecía además, la pena de muerte y confiscación de todos los bienes a los falsificadores. No obstante esta drástica medida, don Martín de Pueyrredón, Director Supremo, ordenó a Güemes que suspendiera el bando hasta tanto el Congreso se expidiera sobre el asunto. 

La desobediencia 

El gobernador salteño ignoró la orden y desde Jujuy contestó a Pueyrredón con un oficio fechado el 3 de enero de 1818 donde decía: “... he tenido el honor de recibir la nota de V.E. en la que se sirve prevenir la suspención de la licencia que por bando publicado el 26 de octubre, otorgué para que circulase la moneda cortada y de cordón de falso sello; bajo las precauciones que expresa el citado bando. Desde luego conosco y confieso lo acertado de esta suprema resolución, pero como el dinero se halla hoy, sino todo al menos maior parte, en manos inocentes que con el fusil y la espada detienen las marchas del enemigo; me es indispensable presentar a la alta consideración de V.E. que su pronta prohibición en las presentes circuntancias ocasionaría un clamor general, o el desmayo y desaliento de mis bravos comprovincianos, que con la más emulable energía, sobstienen la libertad de los demás; sin embargo, luego que me restituya a Salta, o luego que el Exmo. Señor General en Gefe del Ejército Auxiliar, a quien he consultado sobre la materia, por hallarse plenamente orientado de las circunstancias, me diga su sentir, se cumplirá y executará lo mismo que V.E, ordena. Dios guarde a V.E. muchos años”. 

¿Quiénes falsificaron? 

Según don Atilio Cornejo, las monedas falsas fueron introducidas por los realistas para desprestigiar a Güemes, ya que ellos contaban con el metal y los instrumentos necesarios al estar ocupando la Casa de Monedas de Potosí.

Para don Bernardo Frías la falsificación fue obra de altoperuanos que conocían las técnicas de fabricación y que se estaban radicados en Salta, Tucumán y otras provincias del Norte.

Lo cierto es que los enemigos internos de Güemes aprovecharon esto para desprestigiarlo. 

Güemes y el primer intento de concertación 

Ante el fracaso, el gobernador pidió ayuda al Gobierno nacional.

Luego de la correspondencia enviada por Güemes a Pueyrredón, este resolvió poner la cuestión en manos de la Junta Económica del Congreso, ente que luego de largas deliberaciones, resolvió que el dinero falso fuese retirado de circulación. Dispuso además, indemnizar a los tenedores con el valor intrínseco del metal al precio corriente. En cuanto al castigo que Güemes había impuesto a los falsificadores -pena de muerte y confiscación de bienes- la Junta dijo: “con la pena de muerte, sin necesidad de confiscación, estaría suficientemente penados”. 

Luego del dictamen de la Junta Económica, el Congreso de Tucumán ordenó a Güemes cumplir con esta disposición a la mayor brevedad.

Intento de concertación

Ante esta gravísima situación, Güemes resolvió organizar una reunión con los principales comerciantes para informarles de la resolución del Congreso de Tucumán, y también, para proponerles la formación de un fondo especial con buena plata, con el fin de rescatar el dinero falso que, mayoritariamente estaba en poder la gente pobre. Pero los comerciantes, alegando miles de razones, dijeron a Güemes que no podían proporcionar dinero para tal fin, rechazando así lo que se considera fue el primer intento de consertación. Luego de ello, el gobernador Güemes no tuvo más remedio que comunicar al pueblo los resultados de su propuesta, a través de un bando que difundió 24 de mayo de 1818. Y por supuesto, también puso al tanto a Pueyrredón diciéndole: “En las vísperas de celebrarse con el mayor entusiasmo de alegría el aniversario de las fiestas mayas, se cubrió esta ciudad de luto y casi por todas partes brotaban lágrimas y suspiros; veíanse muchos niños tiernos, jornaleros, artesanos y dilatadas familias, buscar el pan y la carne y no poderla encontrar por el ningún valor de sus monedas...”.

Pero no solo hubo lágrimas y suspiros, los gauchos, la gente que combatía a diario con los realistas, se reunió frente al Cabildo para pedir una solución al problema. Ante este reclamo popular, Güemes prometió gestionar una solución por parte de las autoridades porteñas. 

Y así fue que el 1 de junio de 1818, Güemes se dirigió a Pueyrredón para ponerlo al tanto de la situación y reclamar una solución inmediata: “...puede calcular V.E. -le escribe- cuan grande, cuan heroica y virtuosa ha sido la admisión y circulación de estas monedas y cuan distante el dolo y la malicia, especialmente en aquellas personas que no tienen más recursos para socorrer su causa alimentaria, que una tristísima pieza de plata le entregaron al monedero. Debo sí excluir, algunos que se atrevieron a la falsificación por una maligna codicia y perversidad que es la que forma los delitos y arma el brazo de los jueces para castigar a los delincuentes.... Pero por las operaciones de unos cuantos plateros, ¿será posible que el artesano, el labrador, el peón, el pordiosero y el padre cargado de una numerosa familia, sean penados y castigados con la pérdida de una tercera parte del precio de tales monedas? ¿Será posible que inutilizadas éstas y reducidas a unos miserables fragmentos de chafalonía, tengan en suspensión sus exigentes alimentos hasta que se abra para nosotros la Casa de la Moneda de Potosí, o han de caminar 450 leguas en busca de Chile? 

La humanidad, equidad y prudencia que se admiran en V.E. no pueden permitir tanto mal”, concluye. 

Llega la solución 

Días después que Pueyrredón recibiera la nota de Güemes, el Gobierno nacional otorgó un subsidio a la provincia de Salta, de $ 26.000 de entonces. El decreto indicaba que el Cabildo de Salta debía administrar el monto, “bastante para remediar los males y las miserias”. 

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