Votar más allá del estómago

Como cualquier decisión, sufragar implica elegir una de entre varias opciones, desestimando las demás. En contra de lo que se piensa, para ese acto volitivo no actuamos en forma tan racional y meditada, sino más bien como "seres emocionales que razonan". Como enseñan Manes o López Rosatti, por citar a dos especialistas actuales, generalmente nuestras emociones guían nuestra conducta, en tanto que los actos concienzudos requieren mayor tiempo de procesamiento, análisis, y elaboración. El corazón decide y la razón justifica.

Votamos en gran medida influidos por lo que nos dicta la memoria, sobre la cual operan emociones y sentimientos positivos y negativos: tristeza, alegría, decepción, satisfacción, preocupación, tranquilidad, angustia, o entusiasmo, entre otros. En tiempos de marketing, donde la imagen importa tanto o más que la realidad, elegimos un candidato porque nos cayó bien o nos atrajo su forma de hablar, su tono de voz, su mirada, o su postura firme y segura. La propaganda y los actos de proselitismo apuntan a que el candidato inspire confianza, y se presente como alguien amigable y esperanzador. El lenguaje gestual en discursos, entrevistas o debates es objeto de estudio exhaustivo.

En el mundo y aquí son pocos los que leen, estudian y comparan plataformas electorales, proyectos y propuestas, planes económicos, de política exterior, de justicia, educación, salud pública, y demás áreas de gestión, que evalúan los antecedentes e idoneidad del postulante, o que ponen en la balanza la coherencia entre lo que dijo y lo que hizo.

Lo económico

La realidad económica, del elector, de su grupo familiar y del país, es un factor tan importante que suele determinar un resultado electoral. El conformismo o no del ciudadano varía según haya estabilidad o inflación, producción o recesión, si la actividad comercial o industrial aumenta o disminuye, si los puestos de trabajo crecen o se pierden, o cómo están los índices de pobreza y miseria. Todo lo cual se agrava cuando nos toca de cerca, si corremos riesgo de perder el empleo, o nos cuesta cada vez más afrontar los gastos corrientes.

Nada nuevo bajo el sol. "El bolsillo es la víscera más sensible del cuerpo humano", Perón dixit. Al momento de emitir el sufragio, el estómago y la billetera son elementos que acercan o repelen al votante. Si las cosas van mal y la plata no alcanza, el ciudadano obviamente criticará todo lo hecho y no hecho, y buscará en los políticos a los culpables y también al salvador providencial que le solucione el problema a él y a todo el país.

De allí provienen los interminables reproches cruzados: la herencia recibida, los errores propios (reconocidos u ocultados), la falta de acompañamiento legislativo, los índices y datos reales o adulterados, las culpas de las crisis recurrentes, sus causas y la época a la cual se remontan De hecho, por lo menos en la Argentina actual, ningún gobierno le deja un lecho de rosas al siguiente.

En efecto, quien resulte electo a fin de año deberá reformular o afrontar la pesada deuda contraída estos últimos años, o volveremos a caer en default.
Se dice que el actual gobierno erró malamente en el diagnóstico y el tratamiento de la enfermedad. Sobre todo, por confiar en inversores temerosos de un país que merecidamente se ganó fama de poco confiable, subestimar el control de la inflación, adoptar un gradualismo exagerado, y recurrir a parches cortoplacistas y recetas monetaristas (léase, tasas y encajes, letras del tesoro, bonos, leliq, letes y demás obligaciones), que se parecen más al azar de la perinola, que a una solución seria y de raíz a los problemas de fondo. 
Pero también es cierto que tuvo que pagar para salir del default y volver a los mercados de capitales, recomponer reservas agotadas, y afrontar deudas previsibles e inimaginables, tratando de no desproteger a los más vulnerables, con incremento de subsidios y asignaciones. Por las estatizaciones de YPF, Aerolíneas Argentinas, o las AFJP hay litigios potencialmente muy costosos. Se recurrió al FMI que siempre condiciona, pero cobra intereses más bajos que los de los bancos o la Venezuela chavista, cuando tenía liquidez. 
Escenario verdadero, pero incierto y difícil con vistas a las próximas elecciones. 

Hipótesis para pensar

Ante este panorama desalentador, propongo al lector un ejercicio de reflexión basado en una narración hipotética pero no utópica. Expongo el caso teórico con dos aclaraciones previas: la idea fue tomada del economista Manuel Adorni, y después, le hice algunas modificaciones que no alteran lo sustancial, para que sea más ilustrativa. 
Un día cualquiera Dalmiro se levanta con “la pata izquierda”, con el hartazgo de un problema tras otro, y paranoico, en un día de furia, decide tirar todo por la borda. Vende su casa, el auto, todos los muebles, deja su trabajo, y retira todos sus ahorros. Liquida todo el capital que atesoró durante años. Con su familia, abordan un avión y ¡se van a vivir a Barcelona! A disfrutar la vida se ha dicho, mientras se pueda. Con los euros, alquila un departamento frente a la playa, compran ropa nueva, comen en los mejores restaurantes, pasean y conocen todo, y encima, tienen plateas para ver al Barça con Messi. No hay película, obra de teatro o espectáculo que se pierdan. Todos felices y contentos. 
Después de un año estupendo, la plata se termina, tienen que regresar, y empezar de cero. Con suerte consigue un trabajo pero el sueldo no alcanza. Alquiler, tarifas, alimentos, medicamentos, cuotas, y una lista interminable de gastos son inaccesibles. Las privaciones se multiplican, y la familia desespera y hace fila para insultarlo. 
Se cruza con un amigo que le interroga: ¿es verdad que en Barcelona se vive mejor que aquí? Después de un suspiro, Dalmiro responde; “sí, pero depende cómo y con qué”. Su cara desanima al amigo de la pregunta subsiguiente: “¿estaban mejor entonces o ahora?” Moraleja: dilapidar hasta las joyas de la abuela por un gustito tiene su costo, duele reponerse, y no hay vuelta atrás ni derecho al pataleo. 
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