Se identificó como policía para ocultar su oscuras intenciones

Los maniáticos sexuales son personas que tienen una enorme capacidad para coptar a sus víctimas, sean estas menores o mayores de edad. Para lograr su cometido, aprovechan cualquier circunstancia y lo consiguen porque están dotados del “arte de la actuación”. 

Desarrollan con tanta perfección esa “virtud” que sus víctimas no pueden advertir sus reales intenciones. Por el trastorno bipolar que padecen no tienen remordimiento y utilizan el poder de manipulación como su principal herramienta para atacar a sus víctimas. 

Según los estudios médicos, existe una gran diversidad de variables que influyen a la hora de cometer tan atroces actos. De igual modo, no se puede hablar de un único perfil de violador, y es posible localizar una serie de variables que son comunes entre todos los tipos de agresores sexuales.

El mes pasado se ventiló en la Ciudad Judicial el caso de un joven de 22 años, oriundo de General Güemes, que puso en práctica una regla elemental del maniático: el oportunismo. En una de sus rondas nocturna, en busca de alguna presa, advirtió que una pareja discutía acaloradamente a la salida de un boliche bailable. Montado en su moto de alta cilindrada se acercó hasta el lugar y se identificó como policía de la Brigada de Investigaciones. 

Puso cara de enérgico, al observar que el novio de la muchacha estaba “sacado” y con signos evidente de haber consumido una cuantas copas. El falso “sabueso” aprovechó la coyuntura para exigirle que se fuera a condición de verse obligado a detenerlo en caso de no obedecer. Y como estaba preparado para estas eventualidades extrajo de la cintura un walky talky conectado con la red policial, unas esposas, mientras dejó ver la culata de una arma de fuego.

La puesta en escena armada por Josecito era perfecta y por eso la parejita no tuvo ninguna duda que estaban frente de un “servidor público”. Con ello, el protagonista de esta historia consiguió dos objetivos: que el novio emprendiera la retirada y que la mujer se quedara con él. Ella estaba angustiada por el comportamiento de su consorte, quien le hizo una escena de celos dentro del bailable y amenazó con golpearla. 

La joven interpretó que el “policía” la había salvado de una inminente agresión y por eso le agradeció su oportuna intervención. “De no haber sido por usted, seguro que terminaba molida a golpes, como ya lo hizo otras veces...”, le expresó.

Con semejante reconocimiento, Josecito se sintió a sus anchas y aprovechó la coyuntura para montar la escena de lobo disfrazado de cordero. Lo primero que hizo fue mostrarse comprensivo, solidario, simpático y así logró tranquilizar a la dolida mujer. Para no despertar ninguna sospecha permaneció con la mujer varios minutos y cuando comprobó que se había ganado la confianza puso en marcha su plan. 

Como la víctima no tenía dinero para regresar a su domicilio en Campo Santo, el “amable” joven se ofreció a llevarla en su moto, a modo de rescate de la situación que atravesaba. 
Ella aceptó sin dudar y se terminó de convencer de que estaba en buenas manos cuando su rescatista hizo el clásico saludo a algunos policías con los que se cruzaron en las calles del pueblo. Todos lo conocían porque siempre se mostraba como un chico simpático y muy respetuoso. 

El ataque

Con la excusa de que debía entregar unos papeles que le requirieron de urgencia desde el destacamento policial de Campo Santo, Josecito arrancó a toda velocidad su potente motocicleta en dirección a esa localidad. “Después te dejo en tu casa”, le prometió. 

La chica no puso ninguna objeción, ya que luego del incidente con su novio no tenía apuros en regresar temprano a su casa. 

Sin embargo, la actitud del “generoso” muchacho cambió de manera abrupta cuando al llegar a la altura de la finca La Población, se desvió de la ruta e ingresó a un descampado. Allí el sujeto mostró su “verdadero yo”, el del perverso que habitaba dentro de sí. 

La mujer intentó escapar, pero el individuo le dio alcance, la agredió a golpes de puños y la sometió sexualmente. 

Tras el hecho, y ante el ruido del motor de un vehículo, la víctima alcanzó a desprenderse de las garras del perverso y corrió en dirección a la ruta. Con la ropa desgarrada, la víctima tuvo la suerte de encontrarse con un grupo de feligreses que participaban del “milagrito”, una ceremonia previa a la procesión del milagro, la que tradicionalmente se realiza en Salta en septiembre. 

De inmediato, alertaron al sistema de emergencia 911 y recién entonces la víctima fue, efectivamente, rescatada de la agresión que había sufrido a la salida del boliche. La Policía lo buscó por todos lados y no lo pudo encontrar.

Pasaron varios días, hasta que un tarde la joven reconoció al violador en inmediaciones del complejo deportivo de Campo Santo, lo que posibilitó que fuera detenido. El imputado negó la acusación y adujo que el día y hora del hecho se hallaba junto a un grupo de amigos en esa misma localidad y negó que haya salido en su motocicleta. Pero su coartada fue desechada por el fiscal con el testimonio de los amigos, quienes confirmaron que el acusado estuvo con ellos, pero que no permaneció toda la noche en la reunión. Además, aseguraron que el sospechoso se movilizaba en su moto.

Con estas pruebas y otras acumuladas durante el proceso, el fiscal Federico Obeid dio por probada su participación en los hechos y solicitó una pena de 8 años de prisión por los delitos de “abuso sexual con acceso carnal y lesiones”. 

El juez José Luis Riera resolvió condenarlo a 6 años y 10 meses de prisión. Con ello, la Justicia puso fin a la andanzas de este “pescador” de río revuelto.

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