Federico Lorenz: "El docente es un artesano del saber"


Los saberes no necesariamente son siempre “formales”, sino que muchas veces tienen que ver con la convivencia, indica Federico Lorenz, historiador, educador y autor de “Elogio de la Docencia”, un libro que rescata la tarea de los maestros con el valor del oficio y que es el resultado de los más de 25 años que tiene de ejercicio. Este volumen reivindica la docencia como tarea artesanal, en el extremo opuesto de los imperativos que emanan del mundo virtual. “Nos ayudaría mucho pensar nuestras prácticas con la lógica de la resistencia en tanto defensora de cuestiones que nos definen como personas”, le dice Lorenz a El Tribuno, y reflexiona sobre la importancia de la empatía “a escala humana”, el impacto de los tecnologías y los momentos pedagógicamente “poderosos entre profesores y alumnos”.

En las primeras páginas trazás un recorrido para fortalecer el intercambio generacional y el aprendizaje ¿por qué es importante que exista un itinerario para reforzar el diálogo, la empatía?
Pienso que una característica negativa de esta época es que refuerza las actitudes individuales y egoístas, tanto por una lógica de mercado (cada uno de nosotros es un consumidor y es a la vez mercancía) como por la escasez de alternativas viables que sean una opción a la hegemonía del mercado. El diálogo me reafirma en mi individualidad, es verdad, pero es una singularidad construida en articulación con los otros. La empatía es, como instancia siguiente, el ubicarse en el lugar de ese semejante, reconocer sus deseos, sus necesidades, saber que acaso sean las mismas. Y entonces allí está la posibilidad de organizarse, de tejer y densificar una trama social que discrepe con este estado de cosas, que parece definitivo pero que no lo es.

Desde tu vasta experiencia profesional ¿qué te llevó a ensayar este elogio del trabajo artesanal de los que enseñan hoy en día?
En primer lugar reivindicar el oficio, nuestra condición de artesanos del conocimiento en una época de gran rutinización. Hablar de oficio, de artesanía, rompe la lógica de la masificación, que tras la satisfacción de deseos individuales (no son ilegítimos, por supuesto) trae el achatamiento de las desigualdades, la disolución de los conflictos. Luego, el hecho de que socialmente se ejerce sobre los docentes una gran demanda y presión, que convive con lugares comunes contradictorios sobre maestras y profesores: que trabajan poco, medio día, que viven de paro, etc. Mientras que los trabajadores de la educación nos piden cada vez más cosas (como resultado del abandono por parte del Estado y de los adultos de algunas de sus responsabilidades), y se plantea a la educación como vector del desarrollo individual y estratégico a nivel nacional, los salarios y las condiciones de trabajo, el lugar de la ciencia y la investigación, son cada vez más precarios.
Entonces el texto es una orgullosa reivindicación de un oficio imprescindible en un contexto en el que es atacado simbólica y materialmente pero en el que, a la vez, nunca fue tan necesario.

Afirmás que en el mundo hiperconectado la escala humana es fundamental para pensar en lazos razonables. En ese sentido, ¿considerás que se hace un uso irracional o poco adecuado de las nuevas tecnologías que repercute en lo vincular?
Las nuevas tecnologías no son ni buenas ni malas en sí mismas, lo que es peligroso es el uso que se hace de ellas, o su instalación no ya cómo única o privilegiada ventana al mundo, sino como “el” mundo. El mundo de las redes es el de la instantaneidad, la falta de verificación, la emoción (“me gusta” o “no me gusta”) como criterios dominantes. La escala humana es un llamado de atención para decir que somos agentes de cambio, pero que esos cambios requieren reflexión, diálogo, maduración, que crecen con nosotros. Nada reemplaza el contacto humano, en el mejor de los casos lo potencia o lo complementa. Pero las redes anulan una cantidad de matices elementales en cualquier intercambio, y lo que es más grave: potencialmente, borran aquello que constituye el pensamiento histórico: las dimensiones de tiempo y espacio. Y si no me puedo ubicar ni en tiempo ni en espacio, ¿a cuánto estoy de pensar que es todo lo mismo, o de que siempre fue así, y entonces no lo puedo modificar? 

Retomás la historia de Moby Dick para hablar de una épica humana y la pasión docente, de estar atentos a las señales. Entonces ¿cómo podemos repensar la enseñanza hoy, en un contexto donde a veces hay incomprensión social para con los jóvenes? 
Yo aprendo de mis estudiantes todo el tiempo. Porque el mundo cambia, y sus urgencias y los desafíos que enfrentan no son “los míos”, pero pueden ser “los nuestros”. Ver las señales significa desde una clase en la que logramos articular un razonamiento común, para llegar a la epifanía de emocionarnos juntos con un texto, hasta ver las caras de aburrimiento por algo que uno plantea o por la forma en la que organiza la actividad. No se trata de estar al servicio de esos humores cambiantes, sino atentos a la realidad. No es muy difícil, lo hacemos todo el tiempo, pero significa correrse de un lugar de autoridad que todavía hoy es visto de manera bastante tradicional. Quien diseña políticas para los jóvenes, desde una clase hasta un programa nacional, y los incluye en esa mirada solo como objeto de sus prácticas, fracasa. Ahora bien, “aggiornarse” no significa “rejuvenecer”. Articular con los jóvenes es mantenerse vivos, atentos a los puntos de encuentro entre las generaciones.
La literatura, por plantear problemas universales, o ciertas situaciones históricas dilemáticas (trabajar totalitarismos con el caso del equipo de fútbol Dinamo de Kiev, por decir algo) muestran que lo que llevamos al aula es algo vivo, de utilidad para imaginar presente y futuro, y no solo para “aprobar”.
 

¿Cómo llegaste a la hipótesis de lo vital que resulta aprender a escuchar y de qué forma podrían aplicarla los padres con sus hijos, más allá del aula? 
El libro es el resultado de muchos años de trabajo y aprendizaje con colegas y estudiantes. Como digo por ahí, es la constatación de que este es un oficio que solo se aprende “oficiando”. En ese recorrido de dar clases (y si le agregás los que pasé como alumno) hubo momentos pedagógicamente poderosos en los que profesores y alumnos me enseñaron algo: que estaban escuchando, o que lo que decía era importante para ellos.

Por otra parte, sos historiador especializado en Malvinas y el Atlántico Sur. ¿Creés que el reclamo por las Islas tendrá un resultado favorable en algún momento?
Deberíamos definir qué entendemos por “favorable”. Pienso que una primera instancia es entender que hablamos permanentemente de negociación pero pensamos Malvinas desde la lógica del “todo o nada”, lo que es contradictorio con lo que implica “negociar”. Solo resolver esa contradicción para mí ya sería favorable. Ahora bien, en ese proceso, descentrarnos para pensar el reclamo (vernos como país atlántico) es otra etapa del proceso para que algún día la disputa se resuelva. No será pronto e, insisto, tampoco en los términos binarios con los que a veces se la concibe.

 ¿Cuáles son las herramientas más interesantes para enseñar historia en este siglo reciente?
Creo que la propia experiencia, el fomento del diálogo intergeneracional, la reflexión sobre los medios y su tratamiento de procesos sociales aún no cerrados. La literatura y el cine, como vehículos privilegiados. Si te fijás, las nuevas tecnologías son entonces vehículos de esas herramientas. En manos de un artesano, de un docente, son potencialmente liberadoras.
 

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