¡Echale la culpa al dólar!

Como es una obviedad, la inflación golpea de lleno a todos los sectores y hace cada vez más difícil la vida diaria a millones de argentinos. Pero, más allá de los factores económicos causantes de la escalada, la actitud de muchos comerciantes y de otros actores de la cadena tornan la realidad insostenible. 
Mientras muchos economistas hablan en los últimos días de remarcaciones promedio en torno al 10% en los alimentos y otros artículos, la realidad es más cruda y desgarradora: en muchos casos son del 30 y de hasta un 35%. 
Sin ir más lejos, ayer en un corralón del Valle de Lerma a un cliente le aplicaron al precio de lista (vigente hasta el viernes último) de una lata de 4 litros de impregnante para madera un 26%, aduciendo la inestabilidad del dólar; mientras que en un supermercado en cuya góndola ofrecían una mermelada de segunda marca a $29.90, en caja la cobraban $41. Esto representa un aumento superior al 27%. 
Un simple bombón en el kiosco pasó en tan solo 24 horas de $10 a $15. Y como para muestra solo hace falta un botón, se puede concluir que los costos reales que impactan en la billetera y en la cartera de los ciudadanos y ciudadanas de a pie en sus compras cotidianas coquetean con el 30% de incremento, en menos de una semana.
Es así que con actitudes especulativas de esta índole no solo se afecta la economía hogareña, sino que deteriora aún más el consumo y se profundiza una delicada situación, que no se sabe en qué puede terminar.
En los últimos tiempos los análisis especializados han incorporado al lenguaje cotidiano palabras que hacen alusión al movimiento, como “fluctuación”, “flotación”, “escalada”, “remarcaciones”, “bicicleta” o “carry trade”, entre muchas otras. 
Sin embargo, los trabajadores y asalariados están completamente seguros de que, desde el lunes negro a la fecha, sus ingresos no se han movido ni un céntimo y permanecen estáticos, aunque su capacidad adquisitiva haya caído a niveles astronómicos. A los efectos nocivos de una economía un tanto desquiciada, solo faltaba agregarle más especulación. Y no hablamos en este caso de “los mercados”, de las entidades financieras foráneas ni del equipo económico nacional, sino de nuestros propios vecinos y de nuestros “kiosqueros amigos”. 
En estos tiempos difíciles, solo resta apelar a la prudencia y al sentido común, para que no seamos tarde o temprano víctimas de nuestras propias acciones.

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