Tres miradas humorísticas sobre el genio y figura de las queridas maestras 

Hoy, Día del Maestro, no es posible soslayar las escenas que los educadores ven en sus aulas y que les impactan a diario: el empobrecimiento, la marginalidad, los cambios en las familias, el cuestionamiento del saber letrado y un rol docente que debe rearmarse día tras día bajo enormes presiones. Sin embargo, en este merecido paréntesis, el homenaje de El Tribuno viene en clave de humor. 

Los actores Cristina Idiarte, en la piel de Dorita Barrios Espeleta, y Sebastián Simón con su creación, la señorita Tita, ambas maestras normales argentinas, afirman nostálgicamente las fronteras tradicionales de lo escolar, pero también ponen sobre el tapete la (no) pertinencia de las demandas que les hace la sociedad a los maestros desde la ética de quienes participan ubicados a los costados. Por su parte la comediante Graciela Quipildor hace un fresco que nos recuerda que no todo lo viejo envejece si somos capaces de leerlo con los ojos del presente. Y cada lector paladeará las entrelíneas, porque en definitiva lo interesante del humor no es lo que dice, sino lo que permite pensar. 


Cristina Idiarte estrenó los ropajes de Dorita Barrios Espeleta en el espectáculo “Las hijas de la aspirineta: secuelas de una generación automedicada”, que hacía con Gabriela Vázquez y Sebastián Simón. Al crearla, sintió que podía desdoblarse y mirar su rol docente desde un sitial crítico. “La patria es rubia”, el unipersonal de Dorita, se basa en una anécdota personal. Refiere Cristina que ella -alta, morena y de cabello corto- era escogida sin titubeos para encarnar a los héroes de la gesta independentista: José de San Martín, Manuel Belgrano y Martín Miguel de Güemes, pero cuando solicitó el papel que el tono declamatorio y pulido de que era capaz meritaba: el de la patria, recibió de su maestra una cortante negativa: “No, la patria es rubia”. “Para mí fue el momento cuando empecé a plantearme qué importantes eran y son las cosas que uno puede expresar a un alumno y qué fundantes. Tal vez otra persona se hubiera deprimido.

En los actos del colegio Santa Rosa, al que iba, hice de negra candombera, vendedora de velas o pastelitos calientes... Y para mí fue un lugar primero vergonzante, esa vergüenza ilógica de pertenecer a la clase obrera, porque quería hacer de dama antigua o un personaje más etéreo como la patria y por otro lado ha sido una manera de construirme yo”, rememora. Añade que en estas representaciones de 25 de Mayo y 9 de Julio se jugaba inconscientemente “el ejercicio de la empatía, que ha sido comenzar primero como actriz y luego como docente porque tenía la urgente necesidad de contarle a la gente que había otra manera de enseñar y otro mundo por descubrir.

Por estas ansias naif de querer cambiar el mundo y para mí la educación es uno de esos bastiones y el teatro el otro”. Por ello, “La patria es rubia” es un puzzle celebratorio de las maestras que Cristina ha conocido. “Ellas han marcado gran parte de mi vida, desde lo teatral y lo escénico. Siempre les agradecí el haberme mostrado el lugar de lo masculino, que era como se contaba la historia, y que de otro modo no lo hubiera conocido nunca”, señala o en palabras de Dorita: “Las maestras guiamos el camino de todos estos borregos, por esto nuestra labor es sumamente importante. Respeten a su maestra”.

El regalo más grande

“Vemos a las mamás que mandan al chico con un regalo bueno para la maestra y les dicen: ‘Dale el regalo a tu maestra, mirándola a los ojos y repetile tu nombre para que no te olvide...’. Tengo una idea para que les regalen a las maestras cosas que les sirvan. ¿Por qué no empiezan ellas tipo en agosto a hacerles la cabeza a los niños? Sutilmente un dictado: ‘Había una vez una señorita Mirta, sacrificada y muy, muy buena, que andaba flojita de sandalias animal print, número cuarenta’”. Con la agilidad de expresión que la caracteriza y la usina imaginaria a mil por hora anticipándose al remate, la comediante y standapera Graciela Quipildor desgrana consejos para que el Día del Maestro cada docente reciba un regalo a la altura de su rendimiento frente al aula. 

“Creo que el desafío más grande de la docencia es hacer un trabajo ingrato: desde el salario hasta lo que se espera de ellos. Dedican horas fuera de la escuela y esa labor no es valorada ni reconocida”, define Graciela, que enseguida vuelve a dar rienda suelta al humor:  “Las maestras también tienen un lado maligno. Cuando organizan un acto escolar y le dicen a la madre del niño más insoportable que tiene una semana para disfrazar a su hijo de ‘libertad’. Eso solo puede ocurrir en una mente perversa. ‘¡Ah! ¿Sos la mamá del nene que se porta mal? Disfrazame el nene de impuesto automotor, de viento, de AFIP”. 

A Sebastián Simón le salían tan bien las imitaciones de sus maestros y profesores en el colegio San Alfonso, que ellos mismos le otorgaban quince minutos de la clase para verlo en acción. “La señorita Tita es una maestra todoterreno, de esas que te enseñaban todas las materias hasta música”, define él. Su personaje nació hace tres años para intervenciones en cumpleaños, fiestas institucionales y eventos como el Día del Amigo o el Día del Maestro. Dice que se inspiró en Carmen, la directora del colegio primario al que él iba.

“Ella ya está jubilada, pero la recuerdo impecable, correcta para hablar e imponía una presencia que daba miedo, respeto, pero sabías que ella te amaba y que entregaba todo de sí. Te enseñaba con la vara recta, pero con amor”, sintetiza. De Tita cuenta que cultiva dos obsesiones: “que el alumno la escuche, porque el bullicio la desespera, y el cuidado del maquillaje, las alhajas y el pelo ordenado”. Justamente estos días Sebastián va a actuar de Tita en La Rioja. “Me encanta lo que genera en el público cuando la hago. Al ser un grotesco desde la imagen y la voz, los niños terminan obnubilados con la imagen que proyecta e imagino que la recepción para ella en un aula real sería acogedora porque a través de la risa uno puede transmitir mucho”, comenta


 

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