La pobreza no se arregla con milagros

Por primera vez, al menos en muchos años, la celebración del Milagro cobró impacto nacional no por el extraordinario número de creyentes sino por una inusitada politización de la procesión. El arzobispo Mario Cargnello recomendó al presidente Mauricio Macri que mirara “el rostro de los pobres”. Antes, el sacerdote Raúl Méndez, uno de los intelectuales más importantes de la Iglesia salteña, se había pronunciado a título personal contra la visita presidencial por considerarla “oportunismo de campaña”. Esta definición había dividido las aguas entre los católicos, porque son muchos los que apoyan al actual presidente, y muchos también los que ven con buenos ojos que las autoridades participen de la Liturgia, sean o no creyentes y sean o no personas de prácticas cristianas.

Cargnello había invitado personalmente al Presidente y dejó la impresión de que, ante el cuestionamiento de Méndez, optó por sumarse a la crítica. Lo cierto es que este tipo de incidentes obliga a repensar la participación de las autoridades políticas. A nadie se le puede prohibir que participe, pero la cabecera en estas fiestas debería prescindir de jerarquías laicas.

La pobreza, que no empezó ahora, no ha sido una preocupación destacada en las dos décadas de gestión del arzobispo.

Salta, al igual que las provincias del NOA y el NEA, soporta niveles de pobreza mucho más elevados que la media nacional y representan una grieta agobiante que hace del país federal un mero deseo.

En el país, los datos técnicos sobre la evolución de la pobreza en las últimas cuatro décadas deberían ser un llamado de atención muy fuerte para la dirigencia. Esa información, de base objetiva, es mucho más elocuente que las marchas de organizaciones políticas como “los cayetanos” (CTEP, CCC y Barrios de Pie, a los que se vincula con el papa Francisco). 

La pobreza es un problema político y una interpelación ética. Es habitual que se tomen los datos del Observatorio de la Deuda Social de la Universidad Católica Argentina, cuyo trabajo es sistemático e insobornable. Pero, además, organizaciones como la CTA, Unicef, el salteño Ielde (que dirige Jorge Paz), los trabajos del actual ministro Dante Sica, el exministro Remes Lenicov y otros que abordan la situación social argentina como hecho y no como pretexto ideológico coinciden en que la pobreza es multidimensional. Describen signos de decadencia. Algunos parten de la crisis del petróleo en 1974, otros del “rodrigazo” que abortó la economía peronista clásica en 1975 y, la mayoría, a partir de la democracia, pero en todos los casos, desempleo, pobreza y profundización de la crisis macroeconómica van de la mano.

La realidad es cruel: Salta recibe el 4% de la coparticipación, tiene el 3% de la población y participa con un aporte del 1,5% en el PBI. Algo similar, o peor, prolifera en todo el Norte Grande y es la fórmula ideal para generar una economía rentística, clientelar y sin empleo genuino. Una “fábrica de pobres”. La metáfora evangélica de “la multiplicación de los panes y los peces” no sirve en la política. De igual manera, Macri debió darse cuenta de que el objetivo “pobreza cero” era una enunciación noble, pero utópica.

La consultora E&R, en su último informe, señala que el Gobierno partió de un mal diagnóstico económico.

Para alcanzar aquella meta hay que entender que se trata de un problema de perfil social, educativo, laboral y económico. La pobreza se duplicó desde la hiperinflación de 1989 y el año 2015.

La “timba financiera” no es inocua como un bingo, porque tiene efecto expansivo. Desde abril de 2018, a partir de una serie de saltos ornamentales sin red de protección, la política económica de Cambiemos arrasó con miles de pymes, generó inflación y dolarizó bienes y servicios esenciales.

El economista Carlos Melconián, expresidente del Banco Nación que renunció por desacuerdos de fondo con el equipo de gobierno, explica la estanflación de los últimos 8 años: “Recibiste un agujero y fracasó la idea de financiarlo con emisión directa y reservas, tomaste deuda en dólares para financiar gasto en pesos, y generaste atraso cambiario y emisión indirecta... un intríngulis macroeconómico”.

Un país necesita políticas de Estado que aseguren la generación de recursos. Todos, desde José Martínez de Hoz a Hernán Lacunza, prometieron milagros, pero nadie la tuvo clara.

Macri falló en los objetivos de “pobreza cero”; sus antecesores bloqueaban el Indec y se ilusionaban con vivir en niveles propios de los países escandinavos y, en definitiva, la pobreza es un drama nacional, que reclama trabajar por un país posible y equitativo, sin rencores ni oportunismo.
 

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