Hábitos nuevos. Con la llegada de la pandemia se da una reconfiguración de la vida cotidiana: el modo en que nos relacionamos y nos encontramos, algunas prácticas sociales, la manera en que nos vestimos para salir a la calle.

Para algunos, estos cambios pueden resultar muy a tono con el programa pulsional que les permitía encontrar satisfacción en la vida y para otros puede ir totalmente a contramano.

Los cambios están a nivel de las posibilidades.

Es posible, bajo nuevas condiciones, estar en contacto con los seres queridos: con distancia social, por ejemplo. Podemos comunicarnos, hacer reuniones de trabajo, visitar amigos o ir al colegio de una nueva manera, a través de los medios digitales. Es decir que la novedad está a nivel de las posibilidades.

Nos encontramos con nuevas maneras posibles, sobre todo a nivel de los lazos. Los nuevos hábitos introducen cambios en nuestros vínculos. Pero lo cierto es que las relaciones familiares, sociales y de pareja no se mueven sólo a nivel de lo posible.

Cada lazo tiene, desde siempre, un corazón de imposibilidad.

El imposible que importa

Algunas cosas se presentan como imposibles, pero en realidad son cosas difíciles.

Alcanza con localizar un deseo, despegarlo de la queja o la inhibición y querer con determinación eso que hace falta.

Así se sale de los atolladeros de la dificultad. Otras veces esos supuestos imposibles son más bien impotencias. Ya sea que, por cobardía, la tristeza gane terreno o porque que el aburrimiento no nos permita salir del circuito en el que se repite siempre lo mismo, quedamos atrapados en la impotencia.

Pero hay otra clase de imposibles que no son ni las dificultades ni las impotencias. Otros imposibles que no se resuelven con una evolución favorable ni con una remisión al estado anterior. Son como un callejón que nos obligan a inventar para encontrar la salida. Ese imposible es el que le importa a un psicoanalista. Cada relación tiene su propio imposible.

El malentendido, por ejemplo, no se puede eliminar. Siempre hay un margen de malentendido que puede dar lugar al peor de los infiernos, pero también a lo más creativo de una relación. ¿Ese imposible cambió con la pandemia? Cada uno podrá sopesar.

En la práctica del psicoanálisis

Al igual que ocurre en otros lazos, la transferencia psicoanalítica, ha tenido que darse nuevas tácticas para propiciar el encuentro. No siempre puede ser presencial, dependiendo de las aperturas y los cierres que se den en el orden de la ciudad, algunos encuentros se dan por teléfono o video.

Pero una vez más esas son las condiciones de posibilidad.

¿Hubo algún cambio a nivel de lo imposible? ¿Nos encontramos frente a nuevas condiciones de imposibilidad? Arriesgo mi respuesta, pienso que en un sentido estricto estamos frente al mismo imposible: no existe una relación de armonía entre los sexos, nadie es dueño y señor del sonido de sus palabras, imposible reflejar en una imagen todo lo que pasa en el cuerpo. Esas formas del imposible se mantienen intactas.

Nuevos combates

Otras cosas sí cambiaron. El psicoanálisis y su imposible enfrentan nuevos combates. En otras épocas, el psicoanálisis era rechazado en la ciudad por su valor urticante, porque hablaba de sexo y pulsión. Hoy, lejos de ese problema, la ciudad lo tiene asimilado y el psicoanálisis debe combatir, no contra una fuerza represora, sino contra una fuerza de asimilación que se propaga en el sentido común. Cualquier terapia dice que hablar mejora todas las cosas. Pero el psicoanálisis no es una parloterapia más que promete que todo es posible. Por el contrario, se empieza un psicoanálisis con una dificultad, con una impotencia y se termina inventando algo nuevo frente al imposible que realmente importa.

*Docente del Seminario Clínico 2020, Instituto Oscar Masotta,

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