China y la nueva globalización

Quince economías de Asia Pacífico subscribieron el mayor tratado de libre comercio del mundo, una asociación encabezada por China que deja afuera a Estados Unidos.

Tras un laberíntico trámite que incluyó ocho años de negociaciones, 31 rondas de conversaciones y 18 reuniones interministeriales, el acuerdo se suscribió en el marco de una reunión cumbre de la Asociación de Naciones del Sudeste Asiático (ASEAN), organizada por Vietnam. La Asociación Económica Integral Regional, denominada por su sigla en inglés RCEP (Regional Comprehensive Economic Partnership), agrupará a China, Japón, Corea del Sur, Australia, Nueva Zelanda y los diez miembros de la Asociación de Naciones del Sudeste Asiático (ASEAN), nacida en 1967, que incluye a Indonesia, Filipinas, Malasia, Singapur, Tailandia, Vietnam, Brunei, Camboya, Laos y Myanmar.

La India se retiró de las conversaciones en noviembre de 2018, preocupada ante la posibilidad de que la competencia de Australia y Nueva Zelanda pudiera afectar a su inmensa masa de pequeños agricultores y que otros países asiáticos con industrias más competitivas arrasaran con su producción manufacturera.

No obstante, los firmantes del tratado han dejado la puerta abierta para el caso de que decida unirse, una alternativa que todos los actores estiman inevitable.

El flamante bloque comercial representa un producto bruto de 26 billones de dólares -equivalente al 29% de la economía global- , el 28% del comercio internacional y el 30% de la población mundial, incluyendo a alrededor de 2.200 millones de personas. Cerca de la mitad de ese producto bruto y los dos tercios de esa población corresponden a China.

Pero esas cifras retratan la foto, no la película: por nuclear a la mayoría de las economías de más rápido ritmo de crecimiento, las proyecciones indican que en 2030 la RCEP acumulará cerca del 50% del producto bruto global. La incorporación de la India le implicaría también abarcar al 45% de la población mundial.

La puesta en marcha de la RCEP supone la progresiva reducción de las barreras arancelarias, el fortalecimiento de las cadenas de suministro basadas en reglas comunes en cuanto a la información sobre el origen de los productos y la unificación de las normas que regulan el comercio electrónico. La diversidad y complejidad de estos temas requirió una discusión farragosa, que se patentiza en el hecho de que sólo la parte del texto referida a las tarifas arancelarias de Japón tiene 1.334 páginas.

Este acuerdo entre estos trece países asiáticos y los dos de Oceanía podría colocar en una posición desventajosa a algunas compañías de Estados Unidos y a otras multinacionales occidentales que se encuentran fuera de esta zona de libre comercio, en especial tras la salida de Estados Unido del Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica (TPP), decretada en 2017 por el presidente Donald Trump.

Adquiere precisamente cierto simbolismo la circunstancia de que el acta de fundación de la RCEP haya sido firmada en Hanoi, la capital de Vietnam, un país cuyo nombre evoca en la opinión pública norteamericana el recuerdo traumático de la única derrota militar experimentada por Estados Unidos en toda su historia, aunque ambos estados superaron ya hace tiempo aquel desencuentro y hasta suscribieron un tratado bilateral de libre comercio.

El primer ministro vietnamita, Nguyen Xuan Phuc, subrayó que el acuerdo será ratificado rápidamente por los países signatarios y entrará en vigor a la brevedad "contribuyendo a la recuperación económica mundial tras la pandemia de COVID-19".

Esa alusión a la pandemia remite a las previsiones de los organismos financieros internacionales sobre que Asia, si bien experimenta una fuerte desaceleración económica, es el único continente que no padecerá este año un descenso en su producto bruto.

Para China, el nuevo bloque comercial afianza su imagen como abanderada de la globalización contra las tendencias proteccionistas que el avance del gigante amarillo promueve en Estados Unidos y otros países occidentales. Por ese motivo, el primer ministro chino, Li Keqiang, destacó que la "firma del RCEP trajo luz y esperanza al pueblo en medio de la grave situación actual internacional, lo que demuestra que el multilateralismo y el libre comercio permanecen en la dirección correcta para la economía mundial y el progreso humano".

La dinamización de las tratativas para la concreción del RCEP obedeció a la decisión de Trump de denunciar el Tratado Transpacífico, un ambicioso acuerdo comercial sellado en 2012 con la inclusión de Canadá, Australia, Nueva Zelanda, Japón, Vietnam, Singapur, Malasia, Brunei, Chile, México y Perú. En su momento, la firma de ese tratado fue considerada como un éxito de la estrategia de Barack Obama de introducir una cuña en el mundo asiático con la materialización de un tratado cuyo gran ausente era precisamente China. Esa retirada estadounidense favoreció los esfuerzos de la diplomacia de Beijing. Los aliados tradicionales de Washington, como Japón y Corea del Sur, siempre recelosos de la expansión regional de China, viraron hacia una posición más contemporizadora. Lo mismo ocurrió con Vietnam, cuya vecindad geográfica con China siempre fue un motivo de prevención, hasta el punto que Hanoi optó tradicionalmente por privilegiar sus vínculos económicos con Tokio y Seúl.

 Una novedad relevante es que la RCEP reúne a la segunda potencia económica mundial, China, con la tercera, Japón. El Ministerio de Finanzas de Beijing proclamó que “por primera vez China, Japón y Corea del Sur alcanzaron una cuerdo de reducción arancelaria, lo que constituye un avance histórico”. 
El acontecimiento, que representa un giro histórico para la diplomacia nipona, puede implicar el punto de partida para la negociación de un tratado trilateral de libre comercio.
Estados Unidos ha quedado afuera de las dos asociaciones comerciales que abarcan a la región más dinámica de la economía mundial. Difícilmente esto cambie en el corto plazo. Si bien el presidente electo, Joe Biden, fue el vicepresidente de la administración que impulsó el Acuerdo Transpacífico, es poco probable que su gobierno reincorpore rápidamente a Estado Unidos al TPP. Todo indica que la futura administración tendrá que lidiar con una conflictiva problemática doméstica que limitará su margen de maniobra en política exterior.
La irrupción de la RCEP ratifica la certeza de que el siglo XXI está signado por el ascenso de Asia. En pocos años, Estados Unidos será desplazado por China como principal potencia económica, aunque por varias décadas su ingreso por habitante siga estando por encima del chino. Europa perderá relevancia económica y el Océano Pacífico desplazará al Atlántico como la principal vía de comunicación marítima para el tránsito de mercaderías. Pero lo que para muchos es un problema, para otros aparece como una ventana de oportunidad. El incremento de la demanda alimentaria de los países emergentes de Asia, cuyas poblaciones elevan su poder adquisitivo, es una de las tendencias estructurales más sólidas de la economía mundial. El Mercosur, con Brasil a la cabeza, es el mayor productor y exportador mundial de alimentos. La posibilidad de abastecer la “mesa de los asiáticos” asoma entonces como una perspectiva estratégica que le puede permitir al bloque regional, asociado a Chile como vía de acceso al Océano Pacífico, adquirir un renovado protagonismo en este nuevo escenario mundial.
* Vicepresidente del Instituto de Planeamiento Estratégico
 

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