“En tiempos de barbijo, la expresión que nos queda está en la mirada“

La historia de Elizabeth Abán lejos está de ser un culto a la meritocracia. Es, en realidad, una historia de amor.

Con sólo 25 años de edad es por hoy una de las referentes en Salta en pestañas. Sí, así como lo leyó. Para el mundo que está fuera de la estética se debe decir que es un campo importante por el campo laboral y por el dinero que mueve.

“Yo me especializo en las miradas”, dijo Elizabeth seriamente. Ya tiene muchos años de experiencia. Entonces habla y luego explica: “En tiempos de pandemia se volvió algo muy importante porque de un día para el otro se comenzó a usar el tapabocas y el rostro quedó con mitad cubierto. Las miradas entonces adquirieron mucha más importancia. En tiempos de barbijo, la única expresión que nos queda está en la mirada y nuestro trabajo es embellecerlas”, dijo Elizabeth.

Hoy, con tan poca edad, es ya una empresaria del make up, tiene un centro de estética, con varias trabajadoras y además enseña a futuras profesionales. 

Su local está ubicado en pleno centro de Salta y es todo un mundo nuevo por descubrir.

Unas escaleras hacia un primer piso brinda privacidad. Adentro casi todo es rosado: las flores, las camillas, el reloj y los ventiladores, un dispenser y las cortinas; hasta la música es rosada, tranquila. La ambientación brinda calma. De un lado están las pestañas, del otro las uñas. Mientras trabaja explica. 

Una luz como de quirófano centra todas las miradas en las manos de Elizabeth y un rostro tapado se entrega a su destreza.

“Acá hacemos un tratamiento de extensiones de pestañas en donde trabajamos una por una. Nos destacamos en renovar miradas en lifting, hacemos extensiones de pestañas con técnica clásica y volumen ruso. Hacemos perfilados con Henna y alizados en cejas”, dijo mientras tejía pestañas.

Ella se sienta en la punta de la camilla en donde tiene la cabeza de su clienta y trabaja con santa paciencia.

Va agregando pestaña por pestaña. Lo hace tan fácil, tan natural, que demuestra los años de trabajo. “Por la pandemia paramos casi tres meses, pero luego los recuperamos porque la belleza de la mujer es algo que no se puede detener. Acá vienen mujeres de todas las edades y a toda hora. La demanda, a pesar del aislamiento, nunca bajó”, aseguró.

Del lado de las uñas es lo mismo. Extrema atención al trabajo; especialmente con la de los pies. El ambiente ayuda y las clientes tienen paciencia de oro. Quizás porque es un espacio de tiempo, una cápsula de aislamiento, una guarida perfecta para alejarse de lo cotidiano, de los problemas, de lo mundano. Las clientas llegan con su vida a cuesta, se entregan a sus manos y se retiran con una sonrisa. Ella destila tranquilidad y esa es quizás su cualidad que la hace particular.

Trabajan desde las 10 y muchas veces se pasan de las 20, que es la hora de salida, porque le siguen llegando más y más clientas.

Elizabeth posa para el lente de Pablo Yapura.

Historia

Mientras trabaja con pestañas de seda cuenta y no tiene complejos al contar cómo llegó hasta el día de hoy a ser una referente en la estética salteña.

“Yo comencé a trabajar por necesidad. A los 16 años quedé embarazada y tuve mi primer hijo a los 17. Así fue que lo primero que hice fue estudiar peluquería y maquillaje. Andaba casa por casa visitando a las clientas con mi panza. Mi compañero, y padre de mis hijos, siempre me apoyó en todo. Yo sabía que por más que lo tenga a él yo debía trabajar, por más que estuviera embarazada, que tenga al bebé, lo mismo tenía que trabajar. Él también piensa lo mismo así que siempre estuvo acompañándome en la crianza de nuestros hijos”, dijo.

El papá se llama Arturo Gómez y hoy tienen a tres hijos. Kevin fue el primero y hoy tiene 8 años. Luego vino James y Eluney que tiene 3 años. En realidad los dos son muy jóvenes y su historia viene desde que Elizabeth tenía 13 años. Luego se pusieron de novios y cuando quedaron embarazados ella tenía 16 y Arturo 20. Así comenzaron.

“Somos los dos de la zona oeste. Yo de 17 de Mayo y él de Cuchi Leguizamón. Yo lo conocía de chiquita y siempre lo miraba. Luego me hice un poco más grande (15 años) y en una fiesta del barrio comenzamos a salir”, dijo riendo. 

“Tuvimos que salir a trabajar los dos porque éramos muy chicos”, agregó.

Con el acompañamiento de la paternidad de Arturo, Elizabeth pudo viajar a Buenos Aires a seguir capacitándose y logró egresar del Instituto Internacional de Extensiones de Pestañas Sauee. No tenía ni 20 años. “Allí conocí a Ángeles Barro que es mi mentora y que me enseñó muchísimo. Estoy muy agradecida a ella. Hoy tengo mi propio local y soy independiente”, dijo.

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