En tiempos de netbooks, los muñecos de tela reviven en el taller de Cecile y Alfonso

Cecile Charré, conductora de uno de los programas infantiles argentinos ícono de los 80, Telejuegos, que se emitía por ATC, junto a su perrito Alfonso dialogaron con El Tribuno acerca de su visión sobre los programas de televisión que se producen para los niños del siglo XXI. 
“La definición más simple es que los programas para niños hoy se hacen sin amor”, expresó. La ventrílocua y titiritera aseguró que ahora “solo se piensa en el negocio”. 
Lejos de las grandes ciudades y de los medios masivos de comunicación, Cecile vive en las afueras de un pueblito serrano, Villa Rumipal, en el Valle de Calamuchita, Córdoba. Allí, en su quinta, tiene un pequeño taller en el que fabrica muñecos para ventriloquia que luego recorren el país y el mundo.

 


Cecile y su perrito Alfonso fueron un verdadero suceso en los 80. ¿Hoy podrían estar en televisión?
Ahora no hay nada igual, ni parecido. Hoy en día cuando se piensa en los chicos, lamentablemente, lo primero es el negocio. Poco se tienen en cuenta sus gustos y necesidades. Suelen aparecer señoritas llenas de colores que cantan y bailan. Lo importante después es vender CDs y Shows. A los chicos se los ve como a consumidores cautivos. Tristemente tengo que decir que poco y nada queda de la vocación artística en la pantalla, lo que prima es el negocio. Pero ojo, estos productos se hacen para que los consuma quienes puedan pagarlo, con lo cual también hay una barrera discriminatoria. La gran mayoría queda afuera, con la ñata contra el vidrio. Todo esto bajo el falso argumento de que “es lo que les gusta”.

 

 Foto: Chaco día a día

 

¿Cuáles crees que son las demandas de los chicos del siglo XXI?
Se los ha volcado mucho a la tecnología. Les están robando la infancia. Se están olvidando de cómo jugar, de cómo crear. Y no es que los niños quieran eso, sino que no se les da otra opción, otras posibilidades. A Elvira Romei y a mí, aún ahora, con 70 años encima, nuestros chicos de ayer nos piden que volvamos a la televisión. Que lo hagamos por sus hijos y nietos. 

 

Los chicos de los 70 y 80 querían bailar, cantar y jugar... 
Sí, pero no sólo cantar y bailar! Los ‘alimentabas‘ con otras cosas, los enriquecías, aprendían jugando. Con un dibujo animado como Heidi, aprendían sobre valores, amistad, afectos... Es lo que le está haciendo falta a toda la sociedad, a grandes y chicos. La definición más simple es que los programas para niños hoy se hacen sin amor.

 


¿Cómo es tu día a día lejos de las grandes ciudades y de la pantalla?
Vivo en las afueras de un pueblito serrano, Villa Rumipal, en el valle de Calamuchita, Córdoba. Es todo muy apacible, una elección de vida. Mi día se reparte entre mi trabajo en el taller y la quinta. Mi marido, Tito Bleuville, también como yo es titiritero y artesano juguetero. Entre ambos, cada uno con su especialidad, somos fabricantes de muñecos para ventriloquia.
Además, cuando cosechamos frutas hacemos dulces y licores. Y si nuestros amigos nos traen leche de vaca recién ordeñada, hago dulce de leche con chocolate y nueces de nuestro nogal. Así transcurre mi vida.

 

 

¿Das funciones para los chicos de tu pueblo y de la provincia?
La edad comienza a pasar factura, ya lo hacemos poco. Y este año con la pandemia de Covid 19 se complicó aún más la cosa. En las funciones de títeres ves a los chicos de ahora, ultra tecnologizados, siendo niños! Participan espontáneamente y se emocionan. 
Por otra parte, seguimos con nuestro trabajo de hacer títeres y juguetes para vender y enviar a todo el país.  Y muñecos de ventriloquia para todo el mundo. De hecho, hay dos de ellos en Salta. Aprovecho para mandarle un abrazo a Rodolfo Aredes y a Pepito. También al “Coco” Barraza, muy amigo de mi marido.
Lo bueno es que el arte aún vive, le sigue luchando a la tecnología. El arte no muere, aunque intenten matarlo.

 


 

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