La mudanza del “Duende del Mercado San Miguel”

Como contábamos hace unos días en esta misma columna, el famoso duende de la panadería El Cañón se había mudado por razones de fuerza mayor al viejo edificio del mercado San Miguel. Lo hizo luego de que don Domingo García le demoliera el viejo horno donde se había aquerenciado desde hacía tiempo.

Al mudarse al mercado, el duende se apropió de la leñera de una antigua patilla que, según decían, era donde la “Coya Bola” cocinaba sus exquisitas empanadas fritas. 
El hecho es que cuando el carbón reemplazó a la madera, esa leñera quedó en completo desuso hasta que el mequetrefe resolvió adoptarla como nueva querencia.

Y desde esa residencia, contaban los viejos puesteros, el “Duende del Mercado” urdía las más increíbles travesuras de las que se tenga memoria en Salta y alrededores. 

Luego de penar por años, los puesteros lograron desalojarlo. Pero hasta que eso ocurrió, en la vieja feria no quedó perro ni gato con sus colas sanas, pues una de las travesuras preferidas del sádico era pillarlos descuidados y torcerles el rabo con su recalentada mano metálica. De modo que estos animales no solo quedaban con sus colas quebradas, sino también pilas, pues donde el maldito tocaba con su mano ardiente, nunca más crecía ni la más mísera pelusa.

Otras travesuras

Pero este duende no se contentaba solo con eso. También se le daba por jugar con los triciclos de reparto, los carros, jardineras y coches de plaza que pasaban la noche adentro o en las calles aledañas al mercado San Miguel.  Era un maestro en el arte de conducir bueyes, caballos y mulas de tiro. 

Rebenque en mano, era capaz de hacer retroceder una cuadra a una doble yunta de bueyes, tarea imposible hasta para el más pintado de los carreros de antaño. Y también tenía habilidad de sobra para dirigir las más briosas mulas vareras o parejeras por el interior del mercado. 

No había nadie como él para pilotear una jardinera, un mateo o hacerse el cochero.

Pero lo que realmente aterrorizaba a puesteros y policías de la subcomisaría del mercado era cuando el maldito, trepado en cualquier carruaje, rienda en mano, lo hacía marchar sin que ningún animal lo traccionara. Era algo insólito pues eso nunca se había visto antes y seguramente no se volverá a ver nunca más. Atropellaba y desparramaba todo lo que se le ponía por delante de manera que al amanecer, cuando se abría el mercado, toda la mercadería estaba en el suelo y dispersa y, para peor, sin que los puesteros pudiesen reconocer la que les pertenecía. 

Y así, al confundir las cosas, el duende lograba desencadenar grescas y bataholas descomunales, mientras él se desternillaba de risa en el interior de su patilla preferida. 

El caso de la jardinera

Don Eusebio Toconás era el sereno del mercado San Miguel. Sus noches transcurrían tranquilas cuando se apagaban los faroles, no bien la campana de San Francisco anunciaba la medianoche. Entonces, la oscuridad más negra caía sobre la ciudad. Era cuando los animales vagabundos salían a buscar sustento por los empedrados y el ruido más insignificante se escuchaba desde lejos. 

Y así fue que en una de esas noches negras y silenciosas, don Eusebio salió de ronda farol en mano a recorrer el interior de la feria. En eso estaba cuando de improviso escuchó que una de las jardineras se movía. Aligeró el paso, cruzó el patio y con la escasa luz de su farol pudo distinguir que se trataba del carruaje que don Jacinto Abraham, de Limache, dejaba todas las noches para salir al otro día de reparto.

Pero lo que más le extrañó fue que la jardinera se moviera sin que ningún animal la tirara desde las varas. La situación le puso los pelos de punta, pero aun así siguió acercándose al carruaje. Farol en alto, achicó distancia hasta que distinguió que en el asiento estaba sentado un petiso. Lo miró bien y vio que tenía sombrero alón, botas grandes y un chicote largo que meneaba con su mano izquierda. Y así es que castigando sin piedad a un caballo inexistente o invisible, vociferaba a lo carrero nomás. Toconás cayó en cuenta que estaba frente al mequetrefe del duende, de quien los puesteros siempre se quejaban. 

El encuentro lo aterrorizó y lo primero que a lo que atinó fue cruzar el patio a las zancadas y meterse en la oficina policial, donde estaban de guardia el cabo Irineo Yapura y el agente Fermín Sarapura. 

Ni bien ingresó, tras sus talones sintió que pasaba a gran velocidad la jardinera. Entreabrió el postigo y a través del vidrio pudo ver que el mequetrefe, a todo lo que daba, hacía girar el carruaje sobre una sola rueda, para de inmediato regresar sobre sus pasos y volver a pasar frente a la puerta policial.

Los agentes salieron a ver lo que pasaba, pero al darse con la jardinera que parecía endemoniada y sin caballo que la tirase, reingresaron a la oficina para trancar la puerta. Afuera, mientras tanto, el duende hacía de las suyas. Atropellaba todo y no bien los milicos querían asomarse para ver los estropicios que el adefesio estaba haciendo, ahí nomás enfilaba con la jardinera para el lado de la repartición, amagando arrollar a los agentes.

Y así los tuvo como dos horas, a las idas y venidas, hasta que por fin un gallo de la vecindad los liberó, pues sabido es que cuando el crestudo canta, duendes, faroles, condenados, espantos, mulánimas y fantasmas, en el acto se hacen repelús. El duende desapareció al canto del gallito, pero el desquicio de la agitada noche quedó a la vista de todos.

Los puesteros se reunieron enfurecidos y resolvieron buscar un experto para que los ayudara a desalojar al mequetrefe. Acudieron a un cura de la vieja iglesia de La Merced para que les diera una mano y éste les dijo que destruyeran las viejas patillas de la feria. A los dos días, de estas añejas hornallas no quedaba ni un ladrillo, pero el ladino se las ingenió para escapar a bordo de un carro. Lo hizo escondido entre los escombros que por entonces se tiraban a orillas del tagarete que bajaba de las lomas de Medeiro (Avda. Entre Ríos).

Una nueva vida en el palacio legislativo

Cuando el traslado ocurrió, al pasar frente al palacio legislativo, en un descuido, el tarambana logró apearse y aquerenciarse en los sótanos del flamante edificio. Y fue entonces que para el viejo duende de la panadería El Cañón primero y del mercado San Miguel después, comenzó una nueva vida. 

Llegada la noche, en medio de la oscuridad salía de su escondite, trepaba taconeando las escaleras de mármol y se apropiaba del hemiciclo. Subía a la cátedra y desde allí se le daba por hacerse a veces el diputado y otras el senador, según sea. 

Hablaba de corrido, con engolada voz, dando la sensación de que parlaba echado para atrás. Hubo veces que hasta llegó a usar acento rioplatense, arrastrando las eres, como locutor de carpa. Otras, hablaba como vallisto, pronunciando con gran señorío la palabra “capazmente”. Por ahí también se le daba por hablar como indio y en otras, alzaba su voz con una acentuada tonada siriopichanense, al tiempo que arrastraba una muletilla harto curiosa. Am, am, decía, sonido que nunca nadie pudo traducir, ni siquiera las personas recién venidas de Orán, el Líbano salteño.

Y, a decir verdad, desde que el duende se aquerenció en la Legislatura, nunca le faltó a quien imitar, pues al parecer encontró harta materia prima. Pero algo hay que reconocerle: con el tiempo se transformó en un experto orador, a punto tal que se llegó a sospechar que era de extracción filorradical, dada la elegante verba barroca con que arengaba un recinto vacío y a oscuras.

Según dicen, aún hoy, cuando las luces del palacio legislativo se apagan, se lo puede escuchar hablar con voz alzada o si no teclear nervioso en las viejas planilleras Olivetti, mientras un olor a café aromatiza al silencioso y oscuro edificio. Pero bueno, esa es otra historia que contaremos el año que viene, si es que el coronavirus no se lleva antes a este travieso duende legislativo. 
 


 

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