Otro gesto de total  desconcierto

Da la impresión de que "el gobierno de científicos" tarda en aparecer. La descoordinación y la improvisación pasan a convertirse en un hábito. El canciller no estuvo en el encuentro virtual de Alberto Fernández con Joe Biden. No estuvo porque fue a Olivos y la reunión era en la Casa Rosada. Parece increíble, pero es real.

Esa tarde del lunes, a las 19.30, la Cancillería difundió un comunicado oficial donde consigna que "Fernández le pidió a Biden "la colaboración y la buena voluntad del director representante de Estados Unidos en el FMI, porque actualmente no estamos teniendo mucha suerte con el actual director, que deberá cambiar después del 20 de enero'". El comunicado afirma que "Biden dijo que iba a tratar de saldar -esa fue la palabra que usó- los problemas financieros de América Latina". El presidente Alberto Fernández debió reconocer después que no era cierto. Claro, no tuvo ninguna posibilidad de decir que era "fake news" pero, aunque admitió que el canciller fue "imprudente", aseguró que "no es tan grave".

No solo es grave: es una muestra de la falta de seriedad con las que se maneja la política exterior argentina. Al representante del Gobierno de EEUU en el FMI no lo cambia un presidente porque se lo pida la Argentina. El FMI tiene muchas razones para llegar a un acuerdo con nuestro país, porque el volumen del endeudamiento también condiciona al acreedor. Incluso, hay indicios de que estaría dispuesto a liberar los cinco mil millones de dólares aún pendientes del acuerdo con el gobierno de Mauricio Macri. Pero también necesita la certeza de que, cuando llegue el momento, le van a pagar. ¿Qué confianza puede inspirar un país cuyo canciller miente? Porque el comunicado mencionado, por cierto, también llegó a las autoridades del EEUU y del FMI.

Difícilmente la diplomacia estadounidense haya olvidado aquella imagen de 2011 cuando Héctor Timerman, con un alicate, encabezó el descabellado operativo en un avión militar norteamericano al que, para entusiasmar a la militancia y embelesar a iraníes y chavistas, le secuestraron secretos de Estado, generando así un conflicto diplomático grave.

La inserción internacional no es un tema secundario, porque ningún país, y menos un país periférico, puede arreglarse solo. Este es un punto muy débil de nuestro Estado: la discontinuidad de perspectivas y metas. El alicate de Timerman y el desaguisado de Solá derivan de una ideologización infantil de la política. La política exterior no puede depender del capricho o el humor de un gobierno, porque la diplomacia necesita estar regida por criterios que trasciendan a cada período.

Alberto Fernández nunca aceptó este criterio. Por más respeto que merezca Lula, aquel, como presidente electo, no debió visitarlo en la prisión y entrometerse en los asuntos internos del país vecino sino, también, en una megacausa por la cual hay decenas de presidentes, empresarios y funcionarios de Latinoamérica procesados y presos. Fernández ya era presidente electo y necesitaba llegar a acuerdos comerciales y estratégicos con el presidente de Brasil, le guste o no le guste el personaje.

Los intereses nacionales deben estar por encima de la retórica. De la misma manera, las ambigedades expuestas en la OEA y en la ONU con respecto a la violación de los derechos humanos en Venezuela son indicios de inconsistencia, no solo diplomática, sino ideológica: los derechos humanos, si no son universales, no son más que papel pintado.

Nuestro país necesita, imperiosamente, definir sus objetivos en materia de política exterior. Debe tener claro su lugar en el mundo y su proyecto de desarrollo, con una mirada nacional que trascienda la grieta. Hoy, con niveles de pobreza cercanos al 50% y los índices más bajos de inversión de nuestra historia, la ilusión estatista es irresponsable.

Entonces hay qué definir qué producimos, a quién se lo vamos a vender, cuáles serán los requisitos de sustentabilidad y trazabilidad ambiental, sanitaria y social y contar con ministros capacitados profesionalmente para cumplir esas funciones. Y hace falta reconstruir los vínculos regionales, hoy completamente destruidos.

Ante el desconcierto, es claro que el presidente necesita fortalecer su gabinete, no con militantes sino con funcionarios idóneos..

 

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