La paradoja de Lugones

El 18 de febrero de 1938, Leopoldo Lugones se suicida con cianuro en un hospedaje de recreo en el Tigre. Algunos creen que lo hizo por amor, por arrepentimiento político o por la gran melancolía que lo consumía y de la que daban cuenta algunos de sus textos...

Todos recordamos el magnífico prólogo de un libro también magnífico: "Lunario sentimental" (1909), de Leopoldo Lugones. Inmerso en la retórica modernista y simbolista, no deja de buscar y proponer formas desprejuiciadas y libres, propias de las vanguardias, por lo que este libro será de algún modo un ejemplo para los poetas ultraístas de los años 20 (Borges, Girondo, Raúl y Enrique González Tuñón, Roberto Mariani, Nicolás Olivari, Marechal, Pablo Rojas Paz), que intentan el acercamiento de planos diversos, mixtura de discursos, metáforas atrevidas e imprevisibles, abolición de nexos innecesarios en procura de una lógica distinta, coherente con una visión distinta de la realidad.

Desde el prólogo, Lugones aboga por el buceo incansable de la rima en lengua española, considera todas sus posibilidades y formas, a veces vertiginosas y extrañas a través de encabalgamientos y monosílabos, lo que es en sí ya revulsivo. Sin embargo, la novedad surge del tratamiento de los temas y motivos prestigiosos de la literatura con desenfado, con una importante carga de grotesco, ironía y humor, elementos que podrán auxiliarnos a desentrañar las palabras finales del prólogo que, en sentido estricto, parecen encerrar una equivocación:

Leemos en el prólogo:

"¿Existía en el mundo empresa más pura y ardua que la de cantar a la luna por venganza de la vida?

Digna sea ella, entonces, de mi maestro don Quijote, que tiene al astro entre sus preseas, por haber vencido en combate singular al Caballero de la Blanca Luna...".

La referencia es clara: el libro es un premio a don Quijote, el héroe de la ficción, a quien Lugones reconoce como su maestro, por haber vencido al Caballero de la Blanca Luna, en lid campal. Ya sabemos que, como lo señala el poeta, el apellido Lugones tiene que ver con la luna, la que aparece en sus blasones originarios.

Sin embargo, recordando y releyendo los capítulos LXIV y LXV de la Segunda Parte de "Don Quijote de la Mancha", encontramos que el Caballero de la Blanca Luna no fue vencido por don Quijote, sino al revés: El Caballero de la Blanca Luna, máscara que esconde al bachiller Sansón Carrasco, es quien vence finalmente al caballero manchego y lo obliga a abandonar sus aventuras por el término de un año. Don Quijote en cambio sí había vencido al Caballero de los Espejos, atuendo falso, vestido también por el mismo Sansón Carrasco.

¿Cómo hay que leer el texto de Lugones? ¿Qué pasó en la escritura del poeta en ese momento? ¿Acaso hacía de la derrota un triunfo? ¿Acaso anunciaba su fracaso victorioso? ¿Por qué se equivoca?

Don Quijote había sido vencido y Lugones, identificándose con él, sintió que la victoria y los triunfos y derrotas no existen, que son reversos de la cambiante materia humana. Al fin y al cabo, el maestro que reconoce Lugones es un ser de ficción, un sueño de Cervantes, confundido con la realidad y que, a la larga, resulta ser tan real como el autor, en suma tan real como todos nosotros que también resultamos ser sueños, fantasmas y sombras, como dice Joyce en "Los muertos" (y como dice el tango "Caminito").

La derrota que sufre don Quijote se confunde con una victoria, una victoria apócrifa sobre un caballero falso que evoca la tradición de los Lugones o Lunones, que traían a la luna en sus blasones, como reza el epígrafe transcripto de Blasones de Asturias, que elige el poeta para introducir el poemario.

De este modo, puede seguirse que la lectura de Lugones respecto del episodio quijotesco, proviene de ese lugar posible e imposible que es el lugar del fantasma, lugar que puede llevarnos por territorios ignotos, confusos, pero no menos ciertos que otros. En ese fantasma, don Quijote, el caballero soñador y enloquecido por su afán de justicia, fuera de época y ensimismado en su delirio, vence al caballero Lugones, vestido o enmascarado para una lid impar. Luego Lugones es vencido por la locura, por el ideal, por la literatura que representa don Quijote. Tal vez, esto conlleve la idea de que Lugones quería ser vencido por don Quijote.

Pero tornemos a los textos: don Quijote está dispuesto a perder su vida y le pide al Caballero de la Blanca Luna que acabe con él, pues nunca renunciará a alabar a su señora Dulcinea del Toboso como la mujer más bella y admirada del mundo. El de la Blanca Luna (Sansón Carrasco) le dice que alabará por siempre a la Señora Dulcinea, pero que se retire de sus aventuras a la tranquilidad del hogar. Don Quijote, entonces, logra que un valiente caballero, que lo ha vencido en duelo, reverencie a su señora. Ergo, don Quijote triunfa. El pedido de Sansón Carrasco es secundario o prosaico, pertenece al mundo doméstico y someterse a él es para don Quijote un paso hacia la cordura y el sentido común. Su gran desafío, su delirio ha sido cerrado, más allá de la victoria está el honor de su dama y eso no ha tenido menoscabo. Quizá Lugones vio en esto un extraño triunfo de don Quijote pues mantiene su ideal caballeresco al sostener la fama de su dama. ¿Qué leyó y cómo leyó Lugones ese episodio para sentir que don Quijote había triunfado?¿Qué voces fantasmáticas marcaron su interpretación?

¿O tal vez quiso mostrar al lector que su ironía iba más allá de la literatura misma, más allá de la convención literaria, lo que era el propósito final de su libro, escrito como venganza de la vida y la tradición literaria, gran retablo de máscaras y grotescos, desfile fantasmagórico de personajes en el escenario alucinado de un mundo poético que abunda en acrobacias verbales, juegos, antifaces, acertijos, pantomimas, irreverencia y fragmentos de posibles novelas? Aquí nos detenemos, pues Lugones propone un rasgo novedoso en la concepción de la literatura del siglo XX: la hibridez de género.

Un libro concebido como libro de poesía, acepta la descripción de psicologías y la narración como en “El solterón”, en “Luna ciudadana” que anticipa algo de la cotidianeidad de la serena vida burguesa del Ulises de Joyce que todavía no se ha publicado, la imagen fascinante y mortífera de la luna en el estanque (“La amada imposible”), los ambientes decadentistas, hipocondríacos y lánguidos donde el amor se ha callado largamente porque evoca relaciones prohibidas.

La imprecisión deliberada o no, aun el error, permiten leer (y escribir) al infinito en ese libro inacabado como el libro de arena, que es el libro del universo como quería Mallarmé. En esa vertiginosa lectura, en esa vertiginosa realidad donde todo es posible, aun lo absurdo e inimaginable, se encuentra el territorio de los sueños, los fantasmas y al fin el territorio del universo que no conocemos ni conoceremos jamás. Ese mundo imposible intenta ser dicho por la paradoja en Lugones, quien canta a la luna por venganza de la vida y quien confunde victoria y derrota en el “singular combate” de don Quijote con el Caballero de la Blanca Luna.

Así Lugones en esta “singular” lectura muestra al vencido como vencedor y viceversa, paradoja fascinante que muestra lo que es el Lunario: desmitificación de lo sacralizado, de lo romántico y lo clásico, a través de la sonrisa sarcástica, de la mirada incisiva y de la mueca humorística y a la vez atroz de Pierrot, en el escenario carnavalesco de las máscaras, el circo y los payasos, escenario que finalmente ocupan Nada y Nadie... vacíos cubiertos por los antifaces de la comedia italiana, Pierrot, Polichinela, Colombina, Arlequín, por la máscara del Caballero del Bosque o de los Espejos o de la Blanca Luna que ocultan la mirada comprensiva de Cervantes ante el sinsentido de la vida humana enmarcada en un tiempo también teatral y simulado, fantaseado e incierto, pues su héroe camina sobre una tierra de pasadas grandezas y dragones fantásticos, con castillos y castellanos inexistentes, y, en el propio caso de Lugones, vacíos “cubiertos” por las Odas seculares, El libro fiel, El libro de los paisajes, Las horas doradas, Sarmiento, Poemas solariegos o Romances del Río Seco, pero que confluirán trágicamente el 18 de febrero del 1938 en una isla del Tigre, donde finalmente surgirá lo real desde más allá del teatro, más allá de la máscara, más allá del ideal y el sueño...

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