El aborto y la pobreza

Todavía resuenan los ecos del debate parlamentario de 2018 por la ley de aborto. Quisiera dirigirme a quienes no tienen una opinión definitiva para compartir estas líneas. La sociedad quedará escindida transversalmente y se verificará la división entre los partidarios de las dos vidas y aquellos que ven en el aborto la concreción de un derecho para la mujer, una cuestión de salud pública y/o un modo de evitar embarazos no deseados.

Existe una convicción generalizada acerca de la humanidad del embrión humano. Y de que por ello existe un mandato moral de no dañarlo. Para algunos ese mandato no admite excepciones, para otros sí. En cambio, constituyen sectores de ideología muy extrema y, por lo mismo, marginales, los que sostienen que el aborto es un bien en sí mismo. Porque la inmensa mayoría de las mujeres sabe que hacerse un aborto "no es como ir a comprar la leche al supermercado", como se dijera con mucha verdad. El mito de que "aborto" es idéntico a "libertad de la mujer" (aborto = libertad) es desmentido por la realidad de muchísimas mujeres que son presionadas a abortar por las circunstancias más variadas. En muchos, demasiados casos, la libre opción de la mujer pasa por disponer de la contención y los medios para cuidar de su hijo.

En tanto, el argumento de la "personalidad progresiva", postula que el embrión no es plenamente persona, que la personalidad, y por ende la protección de la sociedad, se va adquiriendo progresivamente, en etapas, hasta lograr la plenitud de la propia conciencia. Ahora bien ¿Quiénes programan y manipulan el "personalómetro"? Pues los que tienen el poder para hacerlo. Los peores crímenes de la historia se cometieron precisamente cuando se disoció el concepto de ser humano del de persona. Cuando se consideró que determinadas categorías de seres humanos que no alcanzaban a ser "persona", podían ser degradadas en sus derechos y hasta suprimidas. Todo queda en una cuestión de poder político, sin que exista respeto por ningún límite. En fin, el argumento destinado a acallar la conciencia pequeño burguesa de quienes sostienen que la vida que se elimina no cuenta porque no es completamente persona, es el principio de justificación de las peores aberraciones.

El argumento de la salud pública no termina de convencer a quienes recuerdan que existen decenas de causales de muerte materna más importantes que el aborto, sobre las que poco o nada se hace. Además, los protocolos de interrupción "legal" del embarazo son aplicados con tal desmesura que el aborto clandestino se ha convertido en algo absolutamente marginal. Lo anterior tiene que ver con otro argumento que, a mi criterio, es la motivación principal de toda ley de aborto. Que es la supuesta "necesidad" política de reducir nacimientos, en nuestro caso, entre el tercio de la población que se encuentra en la pobreza. La que -para peor- tiene la tasa más alta de natalidad. Cabe preguntarse: necesidad ¿para quién? Esto nos lleva a la geopolítica, más precisamente a la política demográfica global, que propugna la reducción de la población de los países periféricos. Una cuestión de puro interés del poder mundial que se traslada a los ámbitos nacionales: el crecimiento de los pobres los va a hacer en algún momento dueños del país.

Claramente, las razones profundas de los distintos estamentos sociales para la legalización del aborto son distintas y hasta incompatibles. Sobre todo entre quienes no piensan en solucionar las causas de la pobreza, sino en suprimir un efecto: que tengan descendencia. Una vuelta de tuerca a la idea de eliminar la pobreza eliminando a los pobres. Prefiero sostener la alternativa de eliminar la pobreza mediante una verdadera política de Estado de promoción integral de los humildes. Quienes defienden las dos vidas en los diversos estamentos sociales están más cerca de comprender esto. Aunque subsisten prejuicios en algunos, en el fondo está claro que hablar de la defensa de las dos vidas implica -necesariamente- la efectiva cobertura integral de las necesidades básicas de todos, en todas las etapas de la vida.

 

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