Sin movilizaciones  en las calles, los desaparecidos siguen marchando

Los desaparecidos siguen caminando por la memoria de sus seres queridos y en la lucha de las organizaciones de derechos humanos. La historia reciente es el campo de batalla y la memoria, las armas con las que cuentan. A 44 años del último golpe de Estado genocida, muchas son las madres, padres, hermanos y compañeros que siguen buscando y esperando alguna respuesta para sus incertidumbres.

Florentina Martínez, a sus casi 80 años de edad, saca una silla a la vereda y se sienta en el umbral de su casa en Cachi y cruza sus manos en el típico gesto de una madre que espera a su hijo. Ella espera a César Quipildor, su adolescente hijo, desde hace más de 42 años. Tiene el dolor de una herida invisible que la deja sin habla; ella casi nunca nombra a César. Los años de terror marcaron a fuego su boca y su alma.

  Florentina Martínez, espera sentada en la puerta de su casa.

Según consta en la denuncia realizada ante la Conadep (Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas) en el expediente 1.197, César estaba en una fiesta de cumpleaños en un domicilio de la calle Corrientes esquina Junín, de la ciudad de Buenos Aires, cuando se retiró a su lugar de residencia en el sur del conurbano bonaerense. Eso fue a la 1 del 15 de enero de 1978. El cacheño subió en el 60 rumbo a Constitución para tomar el tren a Berazategui y nunca más supieron nada de él.

Tenía solo 17 años y el 23 de ese mismo mes recién iba a cumplir la mayoría de edad. César vivía en la casa de su tía Martina Lera, quien hizo la correspondiente denuncia ante la Policía Bonaerense, que ingresa luego ante la Conadep. Con los años, su hermano Luis Quipildor presentó otra denuncia ante el Juzgado Federal de Salta, el 15 de abril de 2008, y por la cual lo llamaron a declarar a uno de los asistentes a la fiesta. Se presentó únicamente Paulino Bonifacio Morales, quien estaba junto a Norma Luz y Ramón Bazán. Paulino contó los detalles y dijo que él acompañó a César hasta la parada del colectivo y lo vio subirse a una unidad de la línea 60. Esa fue la última vez que lo vieron. Dijo, además, que desconocía si militaba en alguna organización o participaba en algún sindicato. En el Registro Nacional de las Personas, a pedido también de la Justicia, informó que no se registraron datos de defunción de César. La Anses informó que el adolescente había prestado servicio para la empresa Abeca SRL y Marcuzzi Conrado, entre los años 1976 y 1977. Luego de eso no se sabe más nada de Quipildor.

En el pueblo vallisto de calles de piedras el silencio es ancestral: "De esas cosas no se hablan". Luis, uno de los más chicos de los diez hermanos, que nació recién en 1982, cuenta: “Yo era el segundo más chico y quería saber de mi hermano, a dónde estaba, qué había pasado con él y de eso nunca se hablaba en la familia. En el pueblo menos, no sé si por miedo o por vergüenza”. Se lo nombraba, pero nadie preguntaba ni cuestionaba nada; inclusive en plena democracia nadie se preguntaba a dónde estaba César Quipildor.
A Florentina el dolor la deja sin palabras mientras espera sola en su casita de barrio Pueblo Nuevo. El papá de César, Rufino Quipildor, vive en Payogasta también ahogado por el dolor. 
De algún modo extraño y equivocado, las culpas cayeron sobre él porque como César no consiguió trabajo en el Valle emigró a Buenos Aires en búsqueda laboral. Lo que se tiene que entender es que el culpable fue el plan sistemático del terrorismo de Estado que impuso la dictadura cívico militar.

Recuerdo

A 44 años del golpe de Estado, las organizaciones de derechos humanos de Saltas siguen con su tarea de exigir al mismo Estado las políticas de memoria, verdad y justicia. La idea de instituciones que funcionen democráticamente sigue estando en la agenda de lucha, el respeto a los derechos humanos y combatiendo el negacionismo instalado aún en la sociedad de toda la provincia de Salta. 
En ese campo de luchas, la escuela es una institución clave en una formación democrática.

Presos políticos

En la provincia de Salta se reconoce a 200 personas desaparecidas por el terrorismo de Estado durante aquellos años, a más de 1.000 presas y presos políticos y aún no se sabe cuántas personas afectadas por el exilio, entre los que se encuentran trabajadores, sindicalistas, estudiantes, docentes, miembros de las comunidades originarias, a campesinos, mineros, feministas, militantes de las disidencias sexuales que legaron su impronta con su lucha, la siguieron las Madres y las Abuelas con pañuelos blancos, la siguen con los verdes, los naranjas y multicolores Hijos y la continuarán las nuevas generaciones. 
Mientras tanto, ni la cuarentena por el coronavirus puede detener el paso de los desaparecidos por las calles de toda nuestra provincia.
 

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