La peste ya está para quedarse un largo tiempo afligente, con todos los lazos -familiares, sociales, comunitarios- puestos a prueba. Y todavía no llegó lo peor.

Ocurrió, sí, el terremoto. Preparémonos para un tsunami de consecuencias inimaginables. Más allá de contagios y muertes, que tanto dolor ocasionarán, lo dramático será levantar una economía devastada no solo por una enfermedad sino por gobiernos y dirigencias que no estuvieron a la altura del mandato conferido, incapaces de construir un proyecto nacional aglutinador y de largo alcance. Los responsables circulan, también, como el coronavirus.

¿Estamos preparados para lo que vendrá? La filosofía de cafetín, tan argenta, usaba un recurso retórico con el que se explicaría nuestro eterno despiste: "Lo que pasa es que nunca padecimos una guerra como en Europa". Bueno, finalmente se instaló una guerra sin cañones ni misiles, una contienda que nos encuentra con la guardia baja, poniendo bajo el sol lo que todos sospechábamos: carecemos de infraestructuras para soportar los cimbronazos que se avecinan.

Churchill, en el momento justo, ofreció a su pueblo sólo sangre, sudor y lágrimas; era lo que se imponía en aquel conflicto inhumano. El presidente Fernández no puede ofrecernos la tríada de aquel primer ministro inglés, pero asumió con decisión el protagonismo que marcan estas horas aciagas. Sin embargo, no fue contundente para reclamar en estas instancias responsabilidad, solidaridad y patriotismo. Tales valores contienen componentes que contribuyen a caracterizarlos. Podríamos proponer otros de igual intensidad, pero bastan esos a los efectos de esta nota.

Veamos entonces, ¿se puede ser responsable sin asumir que la responsabilidad presupone una obligación moral indicativa de cómo afrontar una cuestión determinada? Asimismo, siendo que la solidaridad implica acompañarnos dentro de una comunidad de intereses, ¿se puede ser solidario en una sociedad que detesta las reglas y, más aún, cumplirlas? Por último, ¿juega para algo el patriotismo? ¿es válido invocarlo? Patriotismo significa sencillamente amar a la patria, y existe cuando tomamos conciencia del amor por todos, excelsa expresión de la caridad; no hay patriotismo sin desprendimiento personal o, desde otra perspectiva, sin objetivos generales trascendentes.

Alguien imaginaría que los argentinos con sueldos y jubilaciones privilegiados, jueces, funcionarios públicos y legisladores, ofrezcan un cuarto de sus emolumentos para destinarlos a desocupados y cuentapropistas, durante el tiempo que sea menester. ¿No sería eso un signo del nuevo tiempo al que aspiramos? Millones de compatriotas caerán en tropel en la indigencia.

Por eso tantas peguntas que carcomen, pero apuntan a constatar si espiritualmente estamos preparados para reclamarnos responsabilidad, solidaridad y patriotismo a nivel de virtudes.

Los discursos del 24 de marzo y la alianza entre pañuelos blancos y verdes son un signo claro de que la obcecación ideológica goza de buena salud y transcurre esta tregua de mala gana.

Cuando esto se aplaque y, mejor, concluya definitivamente, ¿superaremos las confrontaciones radicalizadas que nos arrinconaron en la visión agonal de la política, "nosotros" y "ellos", las dos veredas? ¿hay margen para la política arquitectónica? ¿cuánto más tardaremos en asumir que nuestro frágil entramado político institucional está por estallar?

Alberto Fernández tiene la mejor ocasión, quizás única, para construir su liderazgo planchando a los ultras de su promotora, cualquiera fuese el destino de las causas judiciales que la tienen a mal traer, por un lado; por otro, poniendo en caja al empresariado "nacional" que se la gasta (a él) tan mal como lo hicieron con Macri. Esto dicho, asumiendo que populistas y neoliberales son dos caras de la misma moneda. Obviamente, el mismo reclamo de liderazgo superador debe ser ejercido por nuestro gobernador Sáenz. Salta está corroída institucionalmente y la mitad de su población resignada a la pobreza. Las condiciones para un salto cualitativo están dadas, pese a las nubes de tormenta.

Dos breves comentarios finales sobre la salud pública y la educación, las cuales junto con la seguridad- son funciones elementales de todo gobierno.

Es obvio que el principal motivo de la contundente reacción gubernamental fue evitar lo de Italia, cuyo componente de indisciplina social y corruptelas es muy similar al nuestro. La urgencia de adecuar salas, camas, respiradores y vestimenta, se espeja con la bajeza mercantil de escamotear productos y cobrar a precio de oro alcohol en gel y barbijos. La contención del COVID-19 podría haber saltado por los aires por la mera imposibilidad de detectar a tiempo la enfermedad. No sólo faltan reactivos sino que contamos con ­un solo instituto en condiciones de practicar análisis! Ni qué hablar de fabricar aquí una vacunal contra las gripes y endemias del mundo. Descentralizar es un modo de federalizar.

En cuanto a lo educativo, está a la vista que por falta de infraestructura y de preparación niños y jóvenes de establecimientos públicos seguirán en notoria desventaja. Incluso no todos los colegios privados pueden atender las exigencias de las currículas para no perder el año. Transcurriendo el primer tercio del siglo XXI seguimos con modelos del siglo XIX. El daño que esto ocasiona a largo plazo es equiparable al daño sanitario sobreviniente.

La maldición del coronavirus debe tener por principal consecuencia… que haya consecuencias. Es lugar común aquello de que toda crisis encierra una oportunidad. Estamos en un punto de inflexión histórica; ojalá sepamos darnos cuenta y aprovecharlo.

 

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