La cuarentena aumentó la demanda en un comedor comunitario de Villa Floresta

El aislamiento social, preventivo y obligatorio por el coronavirus en Villa Floresta tiene su paradoja: por un lado condiciona porque afecta a los ingresos de las familias, pero por otro resulta una entelequia en sus calles populares y con pendientes escandalosas.
Personal de la Comisaría IV de la Policía de la Provincia confirma que en la villa ubicada en el ingreso a la ciudad de Salta, a un costado de la autopista de ruta nacional 9/34, hay al menos 4 organizaciones que funcionan como comedores comunitarios, cada una con más de 200 asistentes. Los números económicos de ese barrio deben ser uno de los más preocupantes en la ciudad de Salta.
El Tribuno fue invitado por el merendero “Pekitas” situado en la Hermenegildo Diez, la última calle asfaltada del barrio, para conocer la realidad de uno de los comedores comunitarios que no tienen asistencia alguna por parte de los gobiernos de Provincia y de Capital.


La organización lleva ya más de 10 años en el trabajo de dar un plato de comida a los que más necesitan, luego lo cerraron y hace dos años lo volvieron a abrir. Pero el trabajo se intensificó hace dos meses ante la catástrofe que causó la cuarentena en los ingresos de las familias cuentapropistas.
“Acá hay muchos vecinos que trabajan de la venta ambulante, en la construcción, en las changas, en el día a día. Esos son los más complicados y es por eso que decidimos abrir el comedor nuevamente. Ahora vienen las familias completas”, dijo Fernanda Guaymás, quien está al frente de una dotación de chicos jóvenes que la ayudan con la preparación de las comidas.


Emi, Zuleica, Gaudalupe, Miguel, Nahuel, Gustavo, Coti, son algunos de los chicos que se ponen al hombro el merendero que brinda cenas. La plata para mantener el comedor sale de rifas y sorteos que realizan. Además ayudan algunos vecinos con lo que tienen; en eso consiste el financiamiento.


Por ahora, brindan sólo tres cenas por semanas. Ellos quieren ayudar de lunes a viernes, pero no tendrían ni para llegar con la leña.
Los chicos de la esquina son jóvenes y todo el prejuicio podría caberles a primera vista. Sin embargo ellos son los encargados de trepar los cerros a buscar leña, cueste lo que cueste, haga frío, calor o llueva. Saben que tienen que buscar el combustible como sea.
“Necesitamos de todo. A la mala situación por los ingresos bajos debemos agregarle este golpe de la cuarentena. Antes venían niños y ancianos. Ahora vienen también los hombres. Necesitamos alimentos secos, carne, ropa de abrigo, calzados, colchones, frazadas, de todo. Gracias a Dios aún no hizo tanto frío porque tenemos a abuelos en muy malas condiciones. Uno vive prácticamente en un gallinero, tenemos a una familia viviendo en una zanja y a una mujer con 4 hijos le robaron hasta el techo. A toda esa gente contenemos”, dijo Fernanda.
Como dato para recordar, de allí salió como noticia central Magdalena, la adulta mayor, de 97 años que hace barbijos, o tapabocas, para venderlos y así ayudar a comprar cosas para el comedor.
Los abuelos son muchos y están pidiendo al Gobierno de la Provincia que les restituya el beneficio de los bolsones alimentarios que les dejaron de entregar en diciembre de 2019 por no tener personería jurídica.


“El merendero no tendrá personería, pero tenemos la necesidad”, dijo Fernanda mostrando la lista de los beneficiarios que quedaron sin nada. En esas planillas hay muchos adultos mayores que son analfabetos.
Con lo demás, el merendero Pekitas se encuentra funcionando. Tienen tablones, ollas y todo lo necesario para cocinar. A las 17 llegan los voluntarios y trabajan hasta pasadas las 21. Muchos realizan trabajos, pero la plata no alcanza. Como cumplen con el distanciamiento, los vecinos vienen con sus recipientes tipo “tapper”, retiran sus porciones y se van.

Los policías

Acompañan y apoyan con algunas cuestiones que no las quieren mencionar el personal de la Comisaría IV. Luis Horacio Yugra, Sergio Ortíz y Juan Carlos Tapia son los altos jefes que siempre están y que son valorados por Fernanda. “Nosotros partimos de la premisa de conocer lo que sucede en la calle y en estos lugares es en donde comenzamos a conocer los problemas de los vecinos. Por ejemplo, acá tenemos el problema de los grupos antagónicos que se pelean a cada rato. Desde el comedor podemos abordar la problemática desde otro punto porque comprendemos algunas cosas que antes no las teníamos en cuenta. Así también organizamos chocolates patrios y festejamos el Día de la Escarapela”, dijo el jefe de la Comisaría IV, comisario inspector Sergio Ortíz.


Para cualquier donación o información sobre cómo colaborar hay que llamarla a Fernanda al 0387 155 797140 o visitarla en el comedor ubicado en Hermenegildo Diez 1834.

 

Dos casos en un barrio con muchas necesidades
 

A lo lejos llegaba Adrián, un hombre de 28 años, sin piernas, en una silla de ruedas desportillada por las calles que son unas trepadas al mismo averno.
En su paso por eso que denominan “calles” del barrio las ruedas de su silla se fueron deshilachando y al día de hoy, una de ellas, la derecha, circula “en llantas”.
Adrián pela papas y cebollas, pero más llora cuando tiene que pedir por una silla nueva. Sabe en su interior que él va a trabajar por los más pobres, por los que no tienen para comer. Y entonces se muerde de dolor y no quiere pedir esa silla nueva que le aliviaría el camino porque sabe que si tiene que utilizar el espacio de un diario para pedir algo lo hace para que sus vecinos coman.
Las necesidades se multiplican al andar por las calles que son un laberinto, que tienen nombre que pocos recuerdan y que muestran a la ciudad muy a lo lejos, como en una realidad paralela.

El Tribuno sólo eligió a dos personas, pero son muchas las urgencias.

Daniela Villafón es una mamá joven de 32 años que tiene a cuatro hijos bajo su cuidado. Ella trabajaba en el campo recolectando mantillo que luego se venden en las casas de campos de Salta.
Por razones que no quiere explicar se vino hace dos años a su casa en Villa Floresta, una propiedad que tenía desde hace muchos tiempo. 
Cuando volvió se dio cuenta de que le habían robado las chapas del techo, las ventanas y las puertas. Así vive desde hace dos años porque lo único que tiene de ingresos son los planes sociales. Con dos hijos en brazos se hace imposible para una mamá sola.
Ella sí colabora como voluntaria en el merendero Pekitas, por lo que Fernanda es la conexión para la solidaridad.
La mujer está aturdida y asombrada por las cámaras que entran a su casa y sólo encuentran una cama, sin mueble alguno, sin pintura, sin luz; son solo 4 paredes y una parte sin techo. Es como la imagen de una guerra tras un bombardeo. Llora y dice: “Me falta de todo, no tengo nada. Si alguien me puede ayudar con ropa de abrigo para los niños. A los más grandes los mandé con mi hermana porque no tengo camas, dormimos todos juntos”, dijo la mujer. 
 

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