Pandemia: ranking de liderazgo

No es casualidad que los sondeos de opinión pública en la Argentina posicionen al presidente Alberto Fernández con niveles de aprobación altos, rondando el 75-80% durante los últimos meses de pandemia. La teoría política -y la sociología- hablan sobre la necesidad de comunidades organizadas de virar hacia liderazgos contundentes, fuertes y claros en épocas de crisis.

La comunicación de riesgo -como la expone el profesor Riorda- también subraya que cuando estilos de gestión política logran marcar un rumbo discursivo con un mensaje claro, prudente y empátíco, esa figura política puede capitalizar un apoyo esencial para navegar la incertidumbre creciente.

Este análisis es exacto a los primeros momentos y meses de la vida institucional y política de la Argentina durante la pandemia. Quizás estas líneas de análisis sean menos sofisticadas en momentos actuales donde la pandemia pierde el centro de escena política, mediática y social. Los temas económicos, como lamentable consecuencia de la pandemia, tomaran preponderancia en la construcción poscoronavirus. La "nueva-normalidad" pondrá en riesgo los apoyos positivos masivos que actualmente disfrutan el presidente, como también el gobernador de Salta.

Fuera del país

En contraste al caso argentino y salteño, la mayoría de los líderes políticos de la región no cuentan con niveles altos de aprobación por parte de la ciudadanía. Todo lo contrario, fijándonos particularmente en el caso de Brasil, la imagen negativa del presidente Jair Bolsonaro roza el 60%, la gestión de su gobierno es vista en un 43,4% como pésima o mala. Con casi 340.000 casos confirmados y 24.000 muertes por COVID-19, la Organización Mundial de la Salud decretó a América Latina -con énfasis en Brasil- como el próximo foco de la pandemia.

Saliendo de la región y mirando hacia Estados Unidos, encontramos un panorama similar. La imagen de Donald Trump -en un año electoral- evoluciona de un 48% de imagen negativa prepandemia a un 55% en mayo. Famoso por sus exabruptos, Trump gobierna el país con más casos confirmados de coronavirus y más muertes en el mundo, pasando los 100.000 fallecimientos.

Consecuentemente, aunque políticamente hablando Estados Unidos y Brasil tienen afinidad política mediante la hiperpersonalidad de Bolsonaro y Trump, a este último no le quedó más remedio que cerrar las fronteras aéreas con Brasil para minimizar el contagio.

Rusia, castigada

Cambiando de continente, hacia Asia, la Rusia del eterno Vladimir Putin mantiene la mayor cantidad de casos de contagio y muertes confirmadas por COVID-19 después de Brasil. Cifras catastróficas en comparación con la Argentina con 371.000 contagiados y 4.000 muertes.

El análisis sobre el gobierno de Putin debería extenderse desde su rol en el pasado Estado soviético y su posterior toma de poder en año 2000: 20 años de poder ininterrumpidos. El sitio The Moscow Times publicaba en los primeros días de mayo que el nivel de imagen positiva de Putin caía a niveles récord posicionándose en un 59%. Para el gran universo de líderes políticos, un 59% de aprobación sería un número para festejar y mantener, pero no es el caso de Rusia con niveles históricos de secretismo, violación a derechos civiles y políticos y la inexistencia de medios de comunicación totalmente libres.

En este contexto, y tomando en cuenta los problemas políticos y financieros de Rusia antes de la pandemia, los números de Putin no son alentadores.

Girando hacia Europa, como último caso de comparación, el gobierno del primer ministro Boris Johnson obtiene un 39% de aprobación con 267.000 contagios y 37.000 muertes confirmadas por coronavirus. A comparación de países vecinos como Italia y España, el Reino Unido inicialmente predicó una estrategia de contagio controlado sin forzar un aislamiento obligatorio. Tal estrategia duró pocos días al ver la curva exponencial de casos crecientes afectando a la credibilidad de primer ministro. En una revelación reciente mediante una investigación de los diarios The Guardian y Daily Mirror, durante la etapa de cuarentena inflexible, el asesor principal (y cerebro detrás del Brexit), Dominic Cummings, violó las reglas de aislamiento para viajar más de 400 kilómetros a la casa de sus padres a una finca. Aun después de seis días consecutivos de quejas dentro de su partido, la oposición y la opinión pública, Boris se niega removerlo del cargo.

Estos ejemplos tienen dos aspectos en común. El primero es la descripción de un liderazgo parco, autoritario y devenido a responder la existencia de un virus mortal como una amenaza política y no una cuestión de salud pública. El segundo aspecto es que Donald Trump, Jair Bolsonaro, Vladimir Putin y Boris Johnson lideran los países con más casos confirmados de COVID-19 y más muertes en todo el mundo. Este ranking nefasto no es casualidad. Los modelos y características de liderazgos que priorizan el ego, la autorreferencia y supervivencia política por sobre cualquier amenaza es causa de imperdonables ineficiencias y decadencia en la toma de decisiones que fallan en proteger a toda la ciudadanía más allá de exigencias de simpatía política. Posiblemente encontremos críticas muy válidas a la respuesta del gobierno de Alberto Fernández y Gustavo Sáenz a la pandemia del coronavirus. Pero por lo menos tenemos la fortuna de iniciar un diálogo crítico en búsqueda de aprendizajes sabiendo que la prioridad del liderazgo político que hoy nos representa comprendió la necesidad de priorizar el bienestar y la salud del pueblo.

No es así en el país hermano brasileño donde Bolsonaro sigue pensando que el coronavirus es una "gripecita".

 

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