Para los niños, la cuarentena no es el paraíso

Un día de verano nos despertamos con las noticias en los medios de que un nuevo virus enfermaba a los ciudadanos chinos.

Al comienzo nos pareció remoto, pero pronto la enfermedad causada por el microorganismo se propagó por todos los países de Europa y América. En un primer momento solo se sabía que se llamaba COVID-19 o coronavirus y que se transmitía de un cuerpo a otro.

La política implementada en la mayoría de los países para frenar los contagios masivos y no saturar los hospitales de enfermos fue el confinamiento. De este modo empezamos a vivir tiempos complejos; se podía salir de casa por muy pocas horas y para lo más necesario, para evitar el contagio masivo y para resguardar la atención en el sistema sanitario.

La cuarentena fue la estrategia más importante para enfrentarlo y nuestras actividades quedaron reducidas al espacio de la vivienda, que pronto se transformó en un espacio no métrico pues la misma podía transformase en un gimnasio y un balcón convertirse en un escenario para un DJ o correr maratones en un departamento.

Los padres inventaron juegos para los más pequeños y los niños mayores se dedicaron a cumplir con las clases virtuales, así se sublimó el encierro tratando de convencernos de que al estar impedidos de circular libremente era posible hacer muchas otras cosas postergadas porque antes no teníamos tiempo; pero cuando los meses transcurren ya no hay muchos recursos simbólicos para la sublimación. Si nuestra casa nos da placer es porque podemos "ir y venir" y estar fuera de ella nos hace extrañar su calma y su resguardo; pero si no podemos salir libremente pierde ese brillo agalmático y se convierte casi en una confortable prisión.

Niñez en época de pandemia

Para los niños y los adolescentes durante la etapa más estricta de la cuarentena el confinamiento fue total, mientras que sus padres podían salir a realizar compras esenciales. Los niños se han "sacrificado" al igual que los adolescentes para no contagiar a los mayores. Esta reclusión total y obligatoria sin mediación de la escuela y de lo social durante los primeros meses de confinamiento y los efectos observados nos lleva a postular que el clima familiar no siempre trae bienestar a los menores.

Contrariamente a la opinión generalizada, lo que inquieta a los niños no es lo nuevo o no familiar. Si bien entendemos por institución familiar aquella instancia que permite crecer y educarse, Freud se pregunta en qué condiciones lo familiar puede devenir extraño e inquietante y convertirse en siniestro. Se responde que cuando las historias que se guardan en secreto, que fueron reprimidas, que son parte de los pasados familiares y que el niño desconocía, salen a la luz, la casa se vuelve algo extraño y deja de ser lo íntimo, lo doméstico y lo que calma.

Esto puede suceder porque en la cuarentena los niños permanecen muchas horas en el hogar y es casi inevitable que escuchen la conversación de los mayores (la asistencia a la escuela protege a los niños de complicase en los conflictos familiares).

En algunos casos la cuarentena propicia que las neurosis vuelvan sobre sí mismas y se reediten situaciones penosas infantiles o conyugales sufridas que, quizás, el ritmo de la vida cotidiana hace olvidar.

Es sabido que el encierro familiar favorece los peores sentimientos cuando los lazos familiares son patológicos.

El confinamiento puede ser uno de los modos seguros para vencer al COVID-19, pero para algunos niños que se encuentran en vulnerabilidad social, la casa familiar es un lugar peligroso. Si los padres ya sufrían desavenencias familiares con la cohabitación, los niños serán testigos de conflictos que no pueden comprender.

Por lo tanto, en la cuarentena absoluta el amo será más amo y arbitrario encarnado en padres adictos o violentos o un hermano que puede convertirse para el niño en un ser terrorífico. Para estos casos la seguridad está fuera de casa, en la escuela que limita y separa; por lo tanto el mejor lugar para un niño es el que él elige, que no lo angustia y donde se siente escuchado y valorado. La ausencia del lazo social y las familias complejas agudizan los trastornos en la infancia como las enuresis, el insomnio, la anorexia o el exceso de comida y los desbordes.

Se puede representar el confinamiento familiar estricto de los niños con el apólogo y metáfora de Jacques Lacan, el de la mantis religiosa que es un insecto parecido a la langosta. Expresa Lacan la siguiente escena: me encuentro encerrado en un cuarto sin salida y aparece este insecto gigante como tres veces más grande que yo y no tengo escapatoria, no sé si va a ser inofensivo o va devorarme. Eso fue la cuarentena para algunos niños a expensas del deseo, a veces, arbitrario de los padres, porque es angustiante no saber que van a querer de él y cómo responder a las expectativas para que sus padres se mantengan tranquilos

Tiempo y espacio en la infancia

El confinamiento es una ruptura con el espacio y exige adecuarse a reglas y rutinas determinadas por cada país.

Cuando se le dice a un niño de 4 años que falta poco para que vuelva a ver a sus amigos, para él es un tiempo no métrico, porque aún no incorporó lo cronológico.

El espacio se construye en la infancia. Se comienza por delimitar los bordes de la cuna, luego los bordes la vereda, el espacio de la escuela es diferente del de la casa. Cuando un niño pequeño pega a un compañero aún no ha diferenciado el cuerpo propio del semejante.

Cada ser humano construye de modo distinto el tiempo y el espacio; algunos disfrutan de estar encerrados en un avión mientras que una gran mayoría sufre y se angustia, otros pueden permanecer o vivir mucho tiempo alejados del grupo familiar mientras que para ciertas personas es un imposible. Existen adultos que tienen dificultades con el tiempo y se desesperan si no reciben una respuesta a su demanda en el momento en que lo esperan y lo desean. Por ello es necesaria la construcción del tiempo y del espacio en la infancia para que estos no sean un obstáculo para arreglarse de la mejor manera con la propia vida.

Los niños que ya están sujetos a las leyes familiares, ahora dependen de este otro tiempo, de esta doble regulación del tiempo y el espacio. 

Por otro lado, la cuarentena viene en sentido contrario a los esfuerzos que hacen los padres para que un hijo con inhibiciones en el lazo social logre superarlo. La cuarentena refuerza el aislamiento. El confinamiento tiene un efecto sobre el cuerpo porque los niños en espacios reducidos tienen restringido los movimientos y las palabras. 

Los más pequeños preguntan: ¿cuándo voy a la escuela? sin comprender el aislamiento y el encierro y los padres notan la nostalgia por el espacio y el lazo perdido con la maestra y los compañeros. 

La escuela, irremplazable

Las clases fueron interrumpidas hasta el presente pero se implementó la modalidad virtual para dar continuidad a la enseñanza. En la Argentina no siempre es posible; ni todos los niños pueden acceder a la enseñanza virtual. Las clases por Zoom no han sido aceptadas y toleradas por todos los niños, algunos se sustraen a la pantalla y otros que no participaban en clase presencial, se manifestaron activos en la escuela en línea. La educación presencial es necesaria para aprender y se compone del espacio del aula, de la relación con los compañeros, de los recreos que alternan presencia y ausencia y el tono de voz y la mirada de la maestra. Todas estas variables sostienen el aprendizaje. La escuela presencial representa la responsabilidad, los horarios, los límites, pues la autoridad implica confrontarse con el compañero que lo inquieta y con el que lo reconforta. En la escuela los niños se angustian por una nota, por un compañero que dejó de hablarles y encuentran soluciones y salidas a esa angustia. 

En nuestro país la escuela puede ser inclusiva si es presencial, la escuela virtual está sometida a las desigualdades socio económicas que no van a ser superadas en corto tiempo. 

La infancia determina la vida futura de una persona y los primeros años son cruciales, por ello es importante la transmisión que hacemos los adultos de lo bueno y lo malo. Por lo tanto es necesario ante este imprevisto de la naturaleza estar atentos sobre qué mundo le ofrecemos a los niños y si podemos ser optimistas ante la adversidad sin estar tomados por la incertidumbre. La pandemia tiene a favor que, por un tiempo, dejamos a un lado nuestra propia neurosis para tener un solo enemigo en común: el coronavirus. 

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