“Sobre siglos de abandono del Estado los wichis viven la pandemia de Covid-19”

 

María de los Ángeles Rojas
El Tribuno

 


 Comprometidos con la realidad de los wichis y amigos, Osvaldo Villagra, miembro de la comunidad wichi Tsetwo P’itsek (La Puntana, Santa Victoria Este) y estudiante de Ciencias de Educación de la UNSa; Lourdes Rivera, diseñadora gráfica; Luis Colque, profesor de Artes Visuales; y Pamela Rivera, profesora y licenciada en Letras, donarán el premio de $30.000 para la compra de medicamentos del centro de salud de la mencionada comunidad. El Tribuno dialogó con Pamela Rivera. 


¿De qué se trata la historieta que presentaron?
Nuestro trabajo se titula Hätäy. Esa es la expresión con la cual la cultura wichi, en el Norte de nuestra provincia, nombra al hombre blanco. Los semas de esa palabra se relacionan con otro vocablo “häät” con el que los wichis nombran a los espíritus errantes del monte que pueden provocarles grandes daños. Ese es uno de los núcleos de sentido que reúne las dos historias de la primera y la segunda parte de nuestro trabajo: los efectos y dinámicas de la colonización que se mueven desde el plano histórico, económico y social de nuestro país hacia la vida cotidiana de las familias wichis. Los insistentes pedidos por sus tierras comunitarias, el respeto a la biodiversidad de su medio de vida, la conservación de su lengua y su cultura. En fin, el derecho a la existencia que tienen este y tantos pueblos originarios en América Latina frente a los avances del “progreso” del blanco, la cultura occidental.
En ese marco, estas ficciones tienen como protagonistas a dos mujeres jóvenes de la comunidad, Clara y Ema. Las mujeres tenemos experiencias diferenciadas del mundo y la vida en sociedad en las que se entrecruzan de variadas formas aspectos como la etnia, la cultura o la posibilidad de acceso a derechos básicos y fundamentales. Ese es el otro eje de sentido en Hätäy: la mujer indígena. Quisimos mostrar cómo desde niñas crecen en vínculo con la naturaleza y con otras mujeres adultas y ancianas, cómo los saberes que aprenden en su cultura son absolutamente disímiles a las lógicas de la medicina occidental, por un lado, y a la evaluación de los hombres criollos, por otro. La práctica del llamado chineo, por parte de estos últimos, expresa toda la degradación, desprecio y destrucción del racismo colonial sobre estas mujeres indefensas.
Desde mi punto de vista, estas historias tratan de enunciarse desde un vértice que deja ver el tema de la interculturalidad como una problemática, una pregunta. ¿Es posible convivir respetuosamente con los wichis, sin dañarlos, sin herir su salud, su lengua, su cultura? Transformo una afirmación del Dr. Julio Pietrafaccia que tomamos en la historieta de acuerdo con un presente que continúa el pasado de exterminio de las comunidades y los bosques del Gran Chaco. Sobre siglos de abandono del Estado, en medio del hambre y la sed estas personas hoy están viviendo la rudeza de una pandemia que golpea doblemente sobre sus cuerpos desnutridos.

 

¿La elaboraron especialmente para el concurso o ya estaba en desarrollo? 
Hace unos años, mi compañero, Luis Colque, me propuso escribir el guion para una historieta de corte antropológico. Él es artista plástico y era lector de la publicación de cómics e historietas Matemos al mensajero (Buenos Aires). Quería mandar un trabajo al concurso que lanzó esa revista hace unos años. Entonces armamos lo que ahora es la primera parte de “Hätäy” con el título “Cuidate, no te hagas daño”, retomando uno de los consejos que los wichis dan a sus niños cuando les enseñan cómo conducirse en la vida. Ya teníamos hábito de trabajar con mi amigo Osvaldo en distintos proyectos nuestros en los que él nos había permitido conocer su casa y su familia, aprender sobre su cultura. Entre ellos, varios viajes y dos murales en la comunidad T’setwo Pitsek, donde nacieron y crecieron él y Ervis, otro gran amigo. Osvaldo tradujo los diálogos de ese primer trabajo y nos asesoró sobre cuestiones de su cultura. Entonces se sumó mi hermana, que es diseñadora gráfica, para darnos sus aportes y digitalizar el trabajo. Para el concurso, les conté la idea de reformular esa producción y ponerla como primera parte, hacer la continuación y todos quisimos hacerlo. La segunda parte es más larga y está enmarcada en el panorama socioeconómico que se plantea en la primera. Siguiendo la línea anterior, tiene como título “No hieras a otro” y cuenta dos historias paralelas: la realización de un mural en la comunidad y la violación en manada sufrida por Ema, que se reúnen en un espacio fundamental para la comunidad, el río Pilcomayo.

 
¿Cómo es trabajar a doce manos, a cuatro en guion y a cuatro en dibujo?
Personalmente, creo que es un desafío escribir en coautoría, es la primera vez que lo hago. No obstante, sabía que no sería difícil porque tenemos una gran amistad y respeto mutuos con Osvaldo. Así también el vínculo es cercano y afectivo con mi hermana y Luis. Podemos intercambiar opiniones y más o menos vamos por líneas similares, son años de conocernos. Además, nuestra política no es imponer una mirada sobre otra, sino más bien complementarlas. Fue un gusto trabajar así.


¿Qué une a este equipo?
Creo que en aquella oportunidad empezamos a construir una unidad necesaria para la realización de este proyecto que requiere un compromiso ideológico con la temática elegida. Nos une el respeto por estas personas y su cultura, el agradecimiento a amigos que, como Osvaldo, nos han mostrado el valor de un pensamiento unido a la naturaleza, cargado de una ética y un saber milenarios. Hemos podido reunir nuestros conocimientos de distintas disciplinas para formular este llamado a la sociedad a propósito de todo lo que estamos perdiendo con la desaparición del monte y sus culturas. 

¿Son habituales lectores de historietas?
Por mi parte, más allá de haber devorado “El Eternauta” de Oesterheld (quién no) y de disfrutar los programas de Sasturain en el canal Encuentro no soy lectora habitual de historietas. No obstante, desde la primera versión de la nuestra hasta hoy no dejo de aprender sobre el lenguaje y las muchas formas y combinaciones que permite el género. 
La primera parte de nuestro trabajo mantiene una voz que narra a la par de los diálogos de los personajes que hablan en wichi y están subtitulados en la parte inferior de los cuadros. Al mismo tiempo, en recuadros desatacados gráficamente, introdujimos titulares de diarios que van dando un marco de actualidad a las situaciones que se van mostrando, esos textos se combinan y contrastan con otros que van distribuyendo la voz de los consejos de una mujer wichi. Con Lourdes fuimos resolviendo cómo disponer esas frases entre las imágenes para dar la complejidad que buscábamos sin confundir al lector.
En la segunda parte exploramos más el lirismo de las imágenes del monte y el río, nos animamos a las viñetas de una página completa y contamos únicamente con imágenes cómo hicimos un mural en la escuela de la comunidad. En los recuadros que acompañan las imágenes narramos otra historia, una violación en grupo. Para ello, tomamos un fragmento de la novela del médico generalista que nombré al principio titulada “La noche anterior había llovido”, experimentamos con algunas voces que desde los recuadros ingresaban a las imágenes. Quisimos que contrastaran, el amor y la amistad en torno de los murales y el horror y el dolor de aquellos otros hechos ocultos, injustos, naturalizados.
 
En tu caso, al haber ganado en Ensayo en 2014 con “El indio urbano en la poética de Jesús Ramón Vera: desplazamientos”, ¿hubo también una motivación de que se conociera otra faceta tuya como narradora?
La primera vez que me presenté a este concurso fue porque tenía algo que decir y buscaba la publicación, un libro que llevara eso que afirmé entonces hacia distintos lectores. Y así sucedió. Esta vez, somos varios los que coincidimos en esa misma motivación, en ese algo para decir. Nos pasaron y nos pasan cosas, individual y colectivamente, con esta temática. Buscando esta palabra literaria nos involucramos con nosotros y con los otros. Denunciamos una realidad social injusta, trajimos las voces y sentires de muchas personas para que las conociera el jurado y para que, cuando tengamos el libro, circule por muchos lugares, por muchas manos. Ese es el poder del arte: tomar lo que está y retorcerlo para que se vea lo cruel y lo bello de eso que permanece en la costumbre, en las noticias, en los diálogos indignados o cargados de lástima sobre qué tan pobres son y cómo mueren los wichis.


 

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